Carta de Anselmo Lorenzo a Federico Urales (18/03/1900) [pdf]

(Fuente: Federico Urales, La evolución de la filosofía en España.)

Querido Urales:

Tu demanda me pone en un verdadero compromiso, porque ha pasado tanto tiempo y he andado tan desarreglado en punto a lecturas, que he de remover montones de recuerdos y aun echar mano de muchos de ellos completamente abandonados y relegados al olvido para componer algo que pueda serte útil.

De muchacho, al entrar en la adolescencia, pasé una enfermedad que me duró unos cuatro años, y que más de una vez me tuvo a punto de liquidar; siempre que podía, ayudaba a mi madre en su trabajo, y cuando no, leía; entonces leí mucho, aunque con escaso provecho; todo lo nacional y extranjero editado a cuartillo de real la entrega, pasó ante mí, apelando a parientes, amigos, conocidos y vecinos para tener provisión abundante de lectura.

Por entonces vino a mis manos un tratado de astronomía popular, escrito por un canónigo de Toledo; la idea de la pluralidad de los mundos, admirablemente expuesta a lo que recuerdo, caída de improviso sobre mi pobre inteligencia cuando yo sólo tenía la ligera idea de cosmogonía genesíaca contenida en el catecismo, me cambió por completo. Con ingenua espontaneidad y rápida concepción se me representaron las humanidades o como se llamen los conjuntos de habitantes que pueblan el número infinito de mundos que ocupan el espacio sin límites, y consideré que si la segunda persona de la trinidad cristiana ha de andar por esos mundos sufriendo muerte y pasión para redimirlos del dominio del diablo —y así debe de ser, porque en ningún mundo puede existir la perfección cristiana y el nuestro, tan enclenque y desmedrado, comparado con esos otros que brillan como estrellas de primera magnitud, no puede ser una excepción privilegiada—, tiene faena para toda una eternidad, trabajo evitable con sólo que el autor de todo lo creado diese un poco más de formalidad y continencia a los Adanes y a las Evas universales. Con esto se me evaporó mi cristianismo; cuando poco después leí Las Ruinas de Palmira y otras obras de ilustración y propaganda, no hallé más que confirmación de mis pensamientos.

Mi iniciador en las ideas de reforma social fue Eugenio Sue. El judío errante y Los misterios de París me dieron una triste idea de la sociedad, produciéndome asombro y desconsuelo tan refinada maldad empleada en la lucha de pasiones e intereses tan discordantes. Martín el expósito fijó mis ideas: cuando vi a Martín, educado como un santo, frente a un comisario de policía, recibiendo esta respuesta: “Si no puede usted vivir, arréglese como pueda; la ley no puede preverlo todo”. Y luego apelar al suicidio, porque no tiene más medio de vida que el crimen, me hice un juicio y un propósito que con los años no ha hecho más que fortalecerse, el cual bien a la vista está para cuantos me conocen; desde entonces soy anarquista.

En posesión ya de estas ideas, desdeñé la novela. Pasaron muchos años y fue necesario mucho tiempo de sufrir la influencia de la crítica y aun del reclamo de la nueva literatura para que me decidiese a leer a Galdós y a Zola, y con ellos a otros autores de la novela que pudiéramos llamar científica, por cuanto más que la observación de caracteres y de grupos de hechos se propone la demostración de tesis racionales.

Tuve ocasión de leer a Pi y Margall en sus buenos tiempos, cuando era pensador revolucionario y no había descendido a jefe de partido. Leí La Razón, revista revolucionaria, La Reacción y la Revolución, y devoré con ansia su campaña socialista en La Discusión y el Homo sibi Deus de Hegel, tan magistralmente expuesto por Pi, se me metió en la cabeza de modo tan fuerte y arraigado, que no lo sacaría ni el casco de hierro que empleaba Portas en el castillo maldito.

Proudhon acabó de remachar el clavo: leí casi todo lo que de él tradujo Pi, pero lo que me impresionó más fue una obra que creo no ha sido traducida, y que yo traduciría de buena gana si hubiera editor que quisiera publicarla, titulada: De la creación del orden en la humanidad.

Así se hizo mi iniciación y mi educación revolucionaria. Preparado de ese modo y cumplidos mis veinticuatro años, que recuerdo por el hecho de que para la votación de los Constituyentes de la gloriosa pude echar en las urnas un manifiesto abstencionista en lugar de una candidatura, me encontré entre los iniciadores y organizadores de la “Internacional”, y entonces las circunstancias me obligaron a ser orador y escritor, haciendo mi debut de lo primero en las reuniones librecambistas de la Bolsa de Madrid, y de lo segundo, en La Solidaridad, órgano de la sección internacional madrileña en 1869. De ello conservo gratísimos recuerdos, y cuando pasados treinta años comparo mis entusiasmos y mi fe en la revolución y en el progreso de entonces con mi fe y mi entusiasmo de hoy y me veo fuerte como si no hubiese pasado el tiempo, me siento feliz, me respeto y casi me admiro; te lo confieso con toda sinceridad.

De tal modo juzgué entonces los hombres y la sociedad y formulé mis pensamientos, que hoy, viejo y achacoso, paréceme que tengo los veinticuatro años de entonces, y estoy por asegurarte que no he sufrido desengaños, por la sencilla razón de que de joven no me engañé en mis juicios.

No sé si es eso lo que me pides; tal como es, recibe este recuerdo de amigo y compañero de fatigas.

Anselmo Lorenzo.

Marzo, 18, 1900.