Carta de Bakunin a Anselmo Lorenzo (10/05/1872) [pdf]

(Fuente: IISG)

Al ciudadano Lorenzo, delegado de la Región Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores en la última Conferencia de Londres.

10 de mayo de 1872, Locarno.

Estimado ciudadano:

Algunos amigos de Barcelona acaban de comunicarme, sólo ahora, que, preguntado por ellos sobre mi persona, a su regreso de Londres, usted les habría respondido con esas palabras:

Si Utin dijo la verdad en Londres, Bakounine es un miserable. Si no es la verdad, Utin sólo es un vil calumniador”.

Seis meses transcurrieron, aproximadamente, desde que usted planteó ese dilema. Y si los amigos de Barcelona no se hubieran decidido al final avisarme hoy yo ignoraría aún que el señor Utin se divirtió en calumniarme de modo infame en Londres lo que por lo demás de parte suya no me sorprende, puesto que cada hombre hace por naturaleza lo que su propia índole le manda. Ahora sé por lo menos que me calumnió, pero desconozco el tenor de sus calumnias. En efecto usted debe saber, ciudadano, que mis compañeros y amigos, los herejes de la Federación Jurasiana, que la ortodoxia oficial e inquisitorial del Consejo General de Londres acordó castigar con la excomunicación mayor, colocándoles con arbitrariedad fuera de la Internacional, y yo que, desde hace tres años, vivo casi aislado en Locarno, no sabemos casi nada de lo que pasó, se dijo y fue resuelto ya sea en las sesiones oficiales, ya sea entre bastidores y en los conciliábulos más íntimos de aquella famosa Conferencia de Londres que, lo temo mucho, no fue más que un golpe de estado montado por gentes hábiles, para establecer en la Internacional la dominación de una pandilla excesivamente intrigante y ambiciosa y autoritaria hasta el supremo grado.

Vuelvo a mis calumniadores. Hablo de ellos en plural, porque usted no debe imaginar que ese mezquino judío ruso que se llama el señor Utin sea el principal y el único. Lo que dice y lo que hace no puede tener importancia sino porque es el instrumento del gran jefe de la sinagoga, el ciudadano Marx. Le dije a usted que ninguna mentira, ninguna calumnia, ninguna infamia procedente de Utin podrían sorprenderme; atormentado por una ambición y por una vanidad que sólo se igualan a su nulidad; la boca siempre llena de palabras pomposas, que aprendió al dedillo, y que va repitiendo como un papagayo, con la voz sonora, los ademanes patéticos, pero con el corazón absolutamente vacío de todo otro objeto que sí mismo, y con la cabeza incapaz de concebir y desarrollar una idea; superficial sin vergüenza, descarado mentiroso; cobarde y poltrón cuando no se siente sostenido, pero con una arrogancia fabulosa, del todo judía, cuando hay una masa muscular detrás suyo; versátil y muy falso, inclinando el lomo ante quien le parece influente y brillante, lisonjeando al proletariado con las burdas manifestaciones de una humildad y un respeto hipócritas, cambiando al fin los principios como otros cambian de ropa, según las exigencias del medio y del momento, ese diminuto miserable no tiene otra fuerza que su rematada altivez, su consciencia sin vergüenza, su incontestable talento para la intriga y una docena de mil libras de renta que le colocan muy bien dentro del partido de la reacción hoy dominante en la Internacional de Ginebra. Nuestro amigo, Pellicer Farga de Barcelona, le podrá dar una idea perfectamente justa del partido de que le hablo, por haberlo visto proceder tanto en Ginebra como en el Congreso de Basilea. Ese partido, del que el señor Henry Perret que usted debió de encontrar en Londres es un muy digno representante y que se compone de la flor y nata de los ciudadanos-obreros de la relojería, se ha vuelto hoy muy poderoso en la Internacional de Ginebra, gracias al doble apoyo de los burgueses radicales para quienes acepta servir de instrumento y estribo, de un lado, y del Consejo General de Londres dirigido por la pandilla marxiana, del otro. Aprovechándose de esa alta protección, transformó no al pueblo, sino la organización de la Federación Romanda, dado que está representada por sus comités y su periódico oficial, L'Egalité, en una muy sucia intriga reaccionaria, y el señor Utin se encuentra naturalmente en su lugar.

Para acabar con él, añadiré que habiéndole hallado por vez primera en 1863 en Londres, y apreciado a su justo valor, siempre lo mantuve alejado de mi intimidad lo que valió por supuesto de parte suya un odio atroz. Ese odio lo había incubado silenciosamente en su pecho mientras no había encontrado un apoyo formidable en el odio mucho más serio que me dedica el ciudadano Marx. Sé de fuente segura, y podré probárselo de ser necesario, que Marx no sólo acogió favorablemente, sino que provocó las calumnias de Utin. Ya en 1870, cuando en nombre del Consejo General, Marx remitía a todos los Consejos o Comités regionales de la Internacional, una circular confidencial, redactada en alemán y en francés al mismo tiempo y llena, al parecer, de invectivas injuriosas y calumnias contra mí. Es un hecho de que sólo tuve conocimiento hace unas semanas, gracias al último proceso de Liebknecht. En los primeros meses de 1870, Marx escribía ya a Utin, encomendándole que reuniera cuantos documentos pudieran servir de base a una acusación contra mí ante el próximo Congreso. ¡Usted puede imaginar cómo Utin se las ingenió para hallar e inventar algo! Y a fuerza de falsedades consiguieron, dicen, fraguar todo un sistema de calumnias que, por ridículas que son, no dejan de ser odiosas calumnias en las cuales ellos mismos tan poco confían, que nunca se atrevieron a publicarlas, conformándose, ¡digna gente es esa!, con propagarle confidencialmente por medio de sus circulares, sus agentes y sus cartas, a espaldas mías. Ahora bien cómo forzarles a osar.

Usted me ha de preguntar ¿cómo pude atraerme ese odio terrible de Marx? Para hoy no puedo ni deseo entrar en los detalles, si bien sé que, por mucha repugnancia que siento por introducir cuestiones personales en los debates de la Internacional y di una gran prueba de esta repugnancia, puesto que, a pesar de todos los ataques de mis enemigos, he guardado el silencio durante casi tres años, estaré en la obligación de hacerlo dentro de poco. En esta carta, que considero como el inicio de una lucha que deploro, pero que no puedo ya evitar, me conformaré con indicarle a usted las dos principales causas.

Mis amigos y yo, cometimos dos grandes crímenes: uno personal, y otro relativo a los principios. Pese a rendir completa justicia a la inteligencia, la ciencia del ciudadano Marx, así como a los servicios que prestó a la causa del proletariado, nunca quisimos inclinar nuestras cabezas ante él, ni reconocerle como nuestro jefe, por tener todos la idolatría en horror, y una aversión profunda, instintiva y reflexiva al mismo tiempo, por cuanto se denomine autoridad, gobierno, tutela, individualidades dominantes o jefes. Este es nuestro crimen personal. Es una rebelión contra quien, en su pío entusiasmo, el señor Liebknecht, uno de los rabinos subalternos de la sinagoga, llama "su preceptor".

Nuestro crimen relativo a los principios no es menos grave. Nos atrevimos a oponernos a la teoría de Marx, teoría esencialmente pangermánica y autoritaria, de la emancipación económica del proletariado y de la organización de la igualdad y de la justicia por el Estado, el principio latino eslavo, anárquico y rebelde de la abolición de todos los Estados. En consecuencia de ese principio, combatimos las tendencias, hoy demasiado ostensibles de la pandilla marxiana, al establecimiento de una disciplina jerárquica, de un gobierno y de una dictadura enmascarada en la misma Internacional, en provecho de un consejo general cualquiera. Tanto como los belgas, antes de ellos, el Congreso de la Federación Internacional del Jura proclamó, conforme a los estatutos generales primitivos, los únicos obligatorios para todas las secciones de la Internacional, que el Consejo General, por no ser y no tener que ser revestido de poder gubernamental alguno, es únicamente una Oficina Central de Estadística y Correspondencia, al mismo tiempo una suerte de bandera simbólica de la unión fraternal que debe existir entre los proletarios de todos los países. Para darle una muestra de la buena fe de nuestros adversarios, les citaré algunas palabras que encontré en el N° del 5 de mayo de La Liberté de Bruselas, periódico a cuya alta imparcialidad por lo demás suelo rendir justicia. Es una reseña, por otra parte bastante confusa y muy poco concienzuda, al parecer, del último Congreso de ustedes en Zaragoza. Tengo indicios para creer que es el señor Lafargue, yerno del señor Marx y comisario extraordinario del Consejo General en España, quien la hizo. Se dice: La circular del Jura que amenazaba la Internacional con una escisión y la creación de dos centros, sólo tuvo alguna importancia en Italia donde el movimiento proletario es del todo joven y entre las manos de los doctrinarios idealistas. Sí, tan doctrinarios, que rechazaron la doctrina marxiana del Estado, e idealistas hasta el extremo que sintieron repugnancia por las sucias intrigas y calumnias de los marxianos.

Usted por cierto habrá leído la circular del Jura, circular, en cuya redacción no tuve parte alguna, ni directa, ni siquiera indirecta, por no haber asistido al Congreso de Sonvilliers, pero a la que adherí totalmente tras haberla leído, y como usted no tiene ningún interés en desvirtuar su sentido y su objetivo, usted habrá reconocido que lejos de pensar en crear un centro nuevo, al lado del que ya existe en Londres, no tiene otro objeto que hacer que este último ingrese, con sus límites y su útil pero muy humilde misión, en la Oficina Central de Estadística y Correspondencia. ¡Hay que tener mucha mala fe para acusar de ambición a aquellas secciones obreras que, protestando contra el poder de los centros y llevando una guerra ensañada al principio maldito de la autoridad, en todas sus aplicaciones posibles, están atacando los mismos fundamentos en que pudieron apoyarse hasta ahora todas las ambiciones y todas las dominaciones colectivas e individuales! La circular del Jura, lejos de haber errado la diana, la alcanzó, puesto que provocó en todos los países del continente de Europa, menos Alemania y algunos países que sufren moralmente el yugo de Alemania, unánimes manifestaciones tan directamente opuestas a la dictadura del Consejo General de Londres, que ese debidamente avisado, está jurando y reafirmando ahora que jamás pensó ultrapasar los límites tan modestos que le imponen nuestros estatutos generales. Por poco que no quiera la Internacional suicidarse y no dejar que se paralice ni se desvíe de su objetivo, el movimiento revolucionario del proletariado en Europa, nunca debe permitir a ningún Consejo General que franquee esos límites.

Su misma composición impuesta por la fuerza de las cosas, es tal que sería ridículo de parte suya pretender a una dirección política cualquiera. En efecto ni siquiera es el producto de una elección regular. Se recluta dentro de sí mismo, así como lo hacen todas las academias hoy por hoy, así como lo hicieron antaño algunos senados en las repúblicas oligárquicas. Siendo las Federaciones Obreras demasiado pobres como para mantener a sus representantes permanentes, elegidos por ellas, sea en Londres, sea en cualquier otro punto central, tuvieron los Congreso que mantener siempre al mismo Consejo General dejándole el cuidado y el derecho de renovarse parcialmente a sí mismo. Pero sólo lo pudieron hacer con la condición de que el Consejo General no se arrogue nunca ningún poder gubernamental, porque de otro modo habrían condenado las secciones operarias, el proletariado de todos los países a sufrir el yugo de un gobierno cuyos miembros le serían en gran parte desconocidos. Sería el principio de una oligarquía monstruosa introducida en la Internacional y colocada a la cabeza del movimiento socialista y revolucionario de Europa. Por tanto, los Congresos, al mantener desde 1866, siempre el mismo Consejo General, han demostrado con eso que no daban ninguna importancia a su composición personal; y les era permitido no darle importancia alguna únicamente por la condición de que se comprenda muy bien que el Consejo General nunca podrá ser revestido de ningún poder.

Si se me objeta que desde la fundación de la Internacional ha habido un grupo de hombres inteligentes y entregados, una minoría más o menos de todos, lo que por otra parte no será la verdad si bajo esa palabra de todos se entiende la masa de los internacionalistas, y si dentro de esa minoría hay un hombre dotado de una inteligencia y una ciencia superiores, uno de los padres de la Internacional, -¿y acaso un padre puede desear el mal para sus hijos?- responderé, y espero que el mismo ciudadano Marx no querrá contradecir esa verdad tan acertadamente probada por la historia que una democracia o un pueblo que se entrega a la dirección de un hombre o a un grupo de hombres, por inteligentes, dedicados y desinteresados que parezcan o que sean, comete un doble error, un doble crimen: convierte a ese hombre o esos hombres en déspotas y a ellos mismos en esclavos. La esclavitud se encuentra como una fatalidad al final de cualquier gobierno que sea, individual o colectivo, por elegido fuera él mismo por el sufragio universal, y controlado y limitado por lo que los políticos de Alemania llaman ahora la votación directa de las leyes por el pueblo, una suerte de plebiscito permanente y que tendría por resultado inevitable, único, fundar en nombre de la supuesta voluntad popular una nueva esclavitud popular.

Concibo como último recurso que en un momento de crisis suprema, ­-cuando las masas de un país están absolutamente desorganizadas y no han adquirido aún el hábito de dirigirse a sí mismas, y en dicho caso están muy cerca de caer en la esclavitud-, concibo pues que cuando varias circunstancias importantes impiden que se reúnan y se concierten las secciones de otros países a través de sus delegados obligados a cumplir mandatos imperativos, como eso puede ser acaso el caso en España, concibo que a falta de otra vía y por carencia absoluta de todo otro medio, ellas otorguen una suerte de poder dictatorial de muy corta duración a un grupo de hombres a quienes conocen muy bien, siempre que les pidan que den pronto un balance serio y formidable. Es siempre muy peligroso, pero puede hacerse inevitable. Creemos y ya expresamos esa firme convicción, que el pensamiento, la vía y el poder revolucionario de la Internacional no están arriba, sino abajo, no en los comités, sino en el pueblo de las secciones cuyos comités sólo deben ser oficinas administrativas, siempre transparentes para el pueblo y siempre obedecientes para con su ley, que la unidad internacional por fin, aquel gran objetivo de nuestra Asociación, independiente de cualquier dirección central que únicamente podría paralizarla y desorganizarla, se ubica [no] en el Consejo General, sino en la identidad real de los intereses de las necesidades y aspiraciones del proletariado de todos les países, y que por consiguiente la organización del poder y de la acción revolucionarias de los Trabajadores de Europa y del mundo no puede ser obra de un gobierno central sea cual sea, sino únicamente de la Federación perfectamente libre de las secciones autónomas.

Usted ya ve que entre el partido marxiano y el nuestro hay un abismo. Y cuando le hablo de nuestro partido, le ruego tener en cuenta que no se trata de ninguna manera de mi partido. Es de nuevo una de las odiosas estratagemas de nuestros adversarios el querer representar a toda costa como la de un jefe de partido. Quisieran personificar la cuestión para poder ahogarla más fácilmente. Nos representan, de un lado a mí, como un individuo confuso que para darse una posición en la Internacional, no teme dividirla y de otro lado a mis amigos, cuyos principios y convicciones tengo el honor de compartir, como estúpidas herramientas de mi ambición. Esa estratagema, basada en una doble calumnia, cuya falsedad los mismos marxianos conocen muy bien, no es torpe, sino infame. Y lo más singular, y diría también, lo más descarado, es precisamente la gente, ya impelida por su teoría al culto de la autoridad y de los jefes, que no deja escapar ninguna ocasión para proclamarse los discípulos de Marx, “el preceptor suyo”, el legislador y el maestro suyo, y se atreve en su conjunto a lanzar ese insulto a algunos hombres que no hacen nada sino predicar la eliminación de los jefes y el derrocamiento de todas las autoridades lo mismo oficiales y gubernamentales que supuestamente revolucionarias.

Pero puesto que de mí se trata, quiero explicarme sobre mí mismo, una vez para todas. En la polémica de los internacionalista italianos, simpática o antipática, pero siempre conveniente y en la que me esforcé adrede soslayar hasta ahora tomar una parte personal, así como en la sucia y odiosa polémica de los periódicos alemanes, a menudo fui presentado como un hombre muy ambicioso, animado por la presumida o vanidosa pretensión de colocarme en la Internacional como un rival de Marx. Nada es más falso. Es verdad que en las cuestiones que tienen un vínculo, no con los principios mismos de la justicia y de la igualdad, sino con su realización, tanto como en la organización del poder popular a través de la Internacional, profeso un orden de ideas diametralmente contrapuesto al de Marx. Pero nunca jamás, me he presentado como un antagonista personal, y menos aún como su rival.

Pero confiar tal gobierno a un Consejo General sea lo que fuere, encargarle que organice y dirija la revolución social en todos los países; imaginarse que una nueva providencia, [ilegible] de la omnipresencia, de la omnipotencia del dios de los cristianos, ese Consejo General, -aunque estuviera incluso compuesto de miembros elegidos directamente por las Federaciones Regionales- será capaz de abarcar, sin sofocarlas, o de comprender sólo las mil manifestaciones del movimiento popular, tan diversas de países a otros países, de provincia a otra provincia, de comuna a otra comuna, y cuyo conjunto constituye en sí la universalidad de la revolución social; imaginar que su intervención en dicho movimiento a la vez universal y local, colectivo e individual, -intervención necesariamente ciega, superficial y parcial- no será de ninguna manera malévola y paralizante, significa levantar, de verdad, ¡el culto en la centralización y la fe en la autoridad hasta la locura!

Conozco a Marx desde hace tiempo, y si bien deploro algunos defectos, realmente detestables de su carácter, como una personalidad desconfiada, envidiosa, susceptible y demasiado propensa a la admiración de sí misma, y un odio implacable, que se manifiestan con las más odiosas calumnias y una persecución feroz contra cuantos, entre los que comparten las mismas tendencias que las suyas, tienen la desgracia de no poder aceptar ni su sistema particular, ni sobre todo su dirección personal y suprema, que la adoración, por así decirlo, idólatra y la sumisión demasiado obcecada de sus amigos y discípulos, le han acostumbrado a considerar como la única racional y como la única saludable -a pesar de constatar esos defectos que malogran a menudo el bien que él es capaz de proporcionar y que brinda, siempre he apreciado sumamente -y no pocos amigos podrán atestiguarlo de ser necesario-, siempre he reconocido con justa razón la inteligencia y la ciencia verdaderamente superior de Marx y su entrega inalterable, activa, emprendedora, enérgica por la gran causa de la emancipación del proletariado. He reconocido y sigo reconociendo los inmensos servicios que ha prestado a la Internacional de la que fue uno de los principales fundadores, lo que constituye a mis ojos su mayor título de gloria. Pero pienso todavía hoy que sería una pérdida seria para la Internacional si Marx, frustrado en sus proyectos ambiciosos y en la realización de ideas prácticas, de cuya bondad sin duda alguna está convencido, pero que nos parecen a nosotros muy malas, quisiera retirar del desarrollo ulterior de nuestra gran asociación el concurso tan útil de su inteligencia y de su actividad. Pero todo ello no constituye una razón para convertirse en la herramienta ciega de Marx, y no vacilo en declarar que si hubiera que elegir entre su doctrina o su retiro yo preferiría su retiro.

Yo habría resultado sencillamente ridículo de haber tenido una vez el pensamiento de comparar mis servicios a los suyos. Solo fui un simple soldado de la Internacional, muy entregado, muy fiel, pero sin ningún otro título de reconocimiento, mientras que Marx fue uno de sus más inteligentes iniciadores, de sus padres. Lo reconozco de todo corazón, pero que me sea permitido, al mismo tiempo, expresar el deseo, que la gran inteligencia de Marx le haga entender al final -una cosa que generalmente los padres comprenden poco- que puesto que el niño creció es preciso emanciparle de cualquier tutela, lo mismo pública que enmascarada.

Así mismo habría sido ridículo de parte mía medir mi ciencia, muy insuficiente y del todo de segunda mano, con la ciencia realmente muy amplia y profunda de Marx. Ante esa ciencia me inclino de buen grado, pero no la acepto a ciegas. Respeto mucho la ciencia, la verdadera ciencia, la ciencia positiva y la respetaré aún más cuando se vuelva la ciencia de todo el mundo, la del pueblo. Pero con toda la energía de mi alma protesto contra la dominación de los científicos. Enemigo en general de todos los gobiernos, porque estoy convencido que, por la misma índole de su constitución, como organización de la autoridad, deben ser fatales para la igualdad, la justicia, la libertad y la prosperidad de los pueblos, pienso que entre todos, el gobierno de los científicos sería el más arrogante, el más despreciativo, frío y sistemáticamente opresivo, y por consiguiente el más detestable.

Para volver a mi propia persona, dado que muy a pesar mío se la cuestiona, declaro, una vez para todas, que por no haber inventado nunca un sistema, ni siquiera lo que se llama una idea nueva, no tengo el menor derecho a la apelación de cabecilla o jefe en el sentido teórico de esa palabra, y en cuanto a la práctica todavía menos se me lo puede aplicar, porque para serlo hay que poder comandar al menos a algunos soldados, y no hay ni uno que me siga. Por lo tanto nunca fui un jefe sino en la imaginación, o incluso más bien en la malévola intención de mis calumniadores. Jamás me presenté como jefe entre mis amigos y nunca me habrían aceptado como tal, ni yo, ni otro. En efecto, se lo repito otra vez, si hay un sentimiento universal y dominador entre nosotros, es el horror profundo contra todo lo que se llama dominación y dominadores, tutela y tutores; y le puedo asegurar que la confianza de los amigos, su amistad fraternal, su estima, que considero como mis tesoros más preciosos, se transformarían muy rápidamente en desprecio y odio si descubrieran en mí un asomo de una ambición otra que la de participar al igual que ellos en la obra común.

No existen luchas de ambición ni de celos personales entre nosotros. Como todas les capacidades nunca pueden volverse dominantes, puesto que la posibilidad misma de alguna dominación sea la que fuere queda excluida, porque todas las facultades individuales deben auxiliar al triunfo de una causa esencialmente colectiva pero se alegran [los amigos] cuando hallan en uno de sus hermanos una capacidad nueva. Para todos es una riqueza y una fuerza más; y el campo de acción es tan inmenso que de veras hay bastante lugar y trabajo para todos, más trabajo de lo que cada uno puede levantar. Hemos llegado por lo demás y llegamos cada día a la convicción -fruto de la muy dura y muy humillante experiencia individual por la que tuvimos todos que pasar durante esos terribles años- de que las facultades y las fuerzas más completamente desarrolladas, son impotentes y nulas en presencia del objetivo gigantesco que aspiramos a cumplir. Y si queremos cumplir con la tarea nos queda únicamente un medio: sumirnos, para así decirlo, ampliándolos y consolidándolos con ello, en todos los pensamientos y todas las iniciativas individuales en el pensamiento y la acción colectivos. De ese modo la fuerza de cada uno se convierte en la de todo el mundo, y por tanto cada uno se hace inteligente, poderoso, moral por la inteligencia, la potencia y la moralidad solidarias de todos.

Pero volvamos a mi estimada persona. Todo mi mérito, si mérito hay, consiste en haber sido siempre apasionadamente entregado a los principios que mantengo como verdaderos; haberlos propagados con toda la energía de que soy capaz, y por no desviarme nunca de los mismos, ni por nadie, ni por nada.

Enemigo convencido del Estado y de todas las instituciones económicas como políticas, jurídicas y religiosas del Estado; enemigo en general de todo lo que en el lenguaje de la gente doctrinaria se denomina la tutela benefactora ejercida bajo cualquier forma, por las minorías inteligentes, y naturalmente desinteresadas, sobre las masas; convencido que la emancipación económica del proletariado, la gran libertad, la libertad real de los individuos y de las masas y la organización universal de la igualdad y de la justicia humanas, que la humanización del rebaño humano en una palabra, es incompatible con la existencia del Estado o cualquier otra forma de organización autoritaria, inicié desde el año 1868, época de mi ingreso en la Internacional, en Ginebra, una cruzada contra el mismo principio de autoridad, y empecé a predicar en público la abolición de los Estados, la abolición de todos los gobiernos, de cuanto se llama dominación, tutela poder, incluida desde luego la supuesta revolucionaria y provisional, que los jacobinos de la Internacional, discípulos o no discípulos de Marx nos recomiendan como un medio de transición absolutamente necesario, eso pretenden, para consolidar y organizar la victoria del proletariado. Siempre pensé y pienso hoy en día más que nunca que esa dictadura, resurrección encubierta del Estado, nunca podrá producir otro efecto que el paralizar y matar la vitalidad misma y la potencia de la revolución popular.

Esos son los principios que propagué, pero no fui el único en hacerlo. Muchos amigos muy íntimos y muy queridos, suizos, franceses, españoles, sin hablar de los belgas que los desarrollaron con una ciencia particular, los predicaron al mismo tiempo y a menudo con mucha más elocuencia y éxito que yo. En el Congreso de Basilea gracias a la conformidad que existió incontestablemente entre los principios y los instintos del proletariado, llevamos una victoria que se puede declarar completa, no sólo sobre los proudhonianos individualistas y doctrinarios de París, propagadores atrasados del socialismo burgués, los Tollain, los Langlois, ahora traidores de cara a la Internacional, sino además sobre los comunistas autoritarios de la escuela de Marx. Eso es lo que Marx y los suyos nunca podrán personarnos. Por esto justo después del Congreso de Basilea, emprendieron contra nosotros una campaña que tiende nada menos que ir a nuestra completa demolición.

Era el derecho de ellos y de haberse conformado con atacarnos en nuestros principios, no tendríamos por cierto nada que reprocharles. A sus argumentos, habríamos opuesto los nuestros. En esa polémica, útil asimismo para ambos partidos, el pueblo de la Internacional, nuestro juez natural, habría pronunciado su sentencia en última instancia. Pero nuestros adversarios no quisieron esa guerra leal. Encontraron más cómodo difamar a las personas antes que combatir los argumentos, y nos tiraron fango encima. Primero empezaron por rellenar sus periódicos con insinuaciones malévolas contra nosotros y sobre todo contra mí que parecen haber designado como el chivo expiatorio condenado por ellos a expiar el crimen solidario de todos nuestros amigos. Usaron acusaciones mentirosas, muy pérfidas y muy ridículas en la intención y en el fondo, y además muy vagas en la forma, tímidas y llenas de prudentes reticencias, formuladas en una palabra de manera a que pudieran dejarlas caso de ser necesario. Sus ataques fueron además tan ridículos y, para tomar la palabra real, tontos, que con pocos deseos de exponer a mi propia persona en una polémica repugnante, creí que podía evitar las respuestas. Por lo demás, los amigos habían resuelto unánimemente que en presencia de esos ataques indignos, todas personales, se guardaría el silencio, y no pude ni quise desobedecer a una decisión general. Pero nuestro silencio, lejos de haber desarmado a nuestros adversarios e insultadores, parece haberles irritado más. Al parecer lo tomaron por lo que era en efecto, por una expresión de desprecio, y me apresuro en añadir, de un desprecio que no se dirigía a sus personas -porque hay entre ellos hombres como Marx, como Engels, como Jung y como Liebknecht, que estimamos en no pocos aspectos- sino que apuntaban a los medios infames que usan todavía hoy para atacarnos.

Entonces, sea alentados, sea irritados por nuestro silencio, pasaron del sistema de la calumnia por insinuaciones veladas al de la calumnia positiva, descarada, propagando contra nosotros las más horribles mentiras, tanto mediante sus periódicos, como su correspondencia oficial y oficiosa, siempre confidencial y agentes que mandaron con los fondos la Internacional a todos les países. Se puede decir que la Internacional les había colocado en esa posición preponderante y les suministró medios de acción, no para activar la propaganda socialista, sino para destruir a quienes osan contradecir las ideas y la práctica de Marx. Insultados y calumniados de ese modo, durante dos años y medio, pacientes como ángeles, otros dirían como burros, nos quedamos callados. Y ahora le voy a explicar las razones de ese largo y unánime silencio.

Ante todo fue el asco. No estamos acostumbrados como los amigos y discípulos de Marx, al fango. Ellos se sumergen en él como si fuera su elemento natural. Allá ellos, pero nos era imposible seguirles en ese terreno en que la victoria la tienen siempre asegurada. Contábamos por otra parte con el sentido común y el sentimiento de equidad del gran público de la Internacional que, sin que intervengamos, sabrá dar la justicia entre la calumnia y los calumniadores. Cometimos un error al olvidar esa tendencia general de los hombres a creer más fácilmente en el mal que en el bien que se dice de otra persona, y de esas palabras tan hondas de Don Basilio en la comedia de Beaumarchais: “Calumnien siempre y algo quedará”. Avisados por una triste experiencia, no cometeremos ya tamaño error, muy decididos como lo estamos a desenmascarar a los calumniadores y a atacar la calumnia, por ridícula y estúpida que sea en su fuente. Lo debemos por la misma dignidad y moralidad de la Internacional que, realmente, quedaría deshonorada y perdida, si la calumnia pudiera convertirse un día en un medio de triunfo.

Tuvimos otras razones, aún más serias, para no aceptar la lucha de personas a la cual nuestros adversarios habían querido forzarnos. Partiendo de nuestro principio hostil a cualquier dominación, pensamos en general que no es nada bueno que la Internacional se preocupe de tantas personas: para los traidores, existe la expulsión, acompañada del unánime desprecio; para las diferencia personales, hay los jurados de honor, y para quienes dieron buenos servicios a la Internacional, hay la estima y la amistad de los compañeros. Fuera de eso no hay nada, no teniendo la Internacional otro objetivo que la emancipación de todos, no debe tratar de la nariz, del talle, del espíritu o del tipo de carácter de nadie. Convencidos de esa verdad, no quisimos por tanto permitir a nuestros encarnizados adversarios que transformen una gran cuestión de principios y de práctica general en un miserable y escandaloso asunto personal. Luego quisimos a toda costa la unión de la Internacional, y en todo caso, no quisimos tomar nosotros la terrible responsabilidad de una ruptura pública de una escisión, en presencia del mundo burgués que no puede dejar de regocijarse, y en una época tan crítica como la nuestra.

En medio de los eventos amenazadores que ocurrieron en Francia y que están pasando o se están preparando hoy por hoy en toda Europa; durante y después de una guerra desastrosa que cambia las relaciones políticas de Europa no en beneficio del proletariado, sino de la dictadura militar y del régimen policial y bancario que triunfan por doquier, pensábamos que el más simple deber mandaba a todos los internacionales, individuos y secciones, el olvido de sus pasiones y sus injurias personales y locales y la unión, no bajo cualquier dictadura sino en la solidaridad y la alianza libre de todos contra el enemigo común.

Usted entiende, lo espero, ahora porque nos callamos hasta que la Conferencia de Londres nos obligó a romper el silencio que nos habíamos impuesto. Le mostraré cuándo y dónde convenga cómo nuestros enemigos, aprovechándose de todos esos eventos y de nuestro silencio, acumularon contra nosotros las denuncias, las calumnias, las injurias. Hoy sólo le citaré dos hechos:

En agosto de 1871, tras la proclamación de la república en París, La Solidarité, órgano de la Federación Jurasiana, había lanzado una proclama a los trabajadores internacionales de todos los países, llamándoles a todos a la expresión de una simpatía no platónica, sino revolucionaria y activa por Francia que se había convertido en la Patria de la revolución. El gobierno Federal de Suiza se inquietó mucho. Ese manifiesto, pensó, podía comprometer mucho Suiza ante la Alemania conquistadora y triunfante. Hizo pues amonestaciones al gobierno de Neuchatel, que se hallaba y sigue estando en manos de los burgueses radicales aliados naturales de los burgueses radicales de Ginebra, que, desde hace unos dos años, como ya le expuse, se han vuelto los amos de la Internacional de Ginebra. Los burgueses de Neuchatel que llevaban algunos años de odio contra nuestro amigo James Guillaume, el redactor de La Solidarité, porque, hijo de un consejero de Estado, inteligente, culto y capaz, había cometido el crimen de preferir a la brillante carrera burguesa que se le abría, el humilde y ruinoso servicio del socialismo revolucionario en la Internacional, y porque en nuestro periódico él se había atrevido a desarrollar principios absolutamente contrarios al radicalismo y al patriotismo burgués. Esa vez estimulados por las amonestaciones del gobierno Federal y por sus propios terrores, los burgueses fueron presa de un verdadero furor contra él. Se le amenazó con quebrar la maquinaria, o quitar a la imprenta todas los pedidos de algunos amigos, porque había burgueses furiosos que querían matarle, usted sabe que nada es tan feroz como los burgueses que tienen miedo...

Todo eso fue por lo demás perfectamente natural y en regla. Los burgueses de Neuchatel actuaron como deben actuar todos los burgueses. Pero lo escandaloso es que L'Egalité, órgano oficial de la Federación Romanda en Ginebra, redactado por el señor Utin, bajo la dirección inmediata del Consejo de esa Federación internacional, tomó partido por los burgueses radicales contra Guillaume de la Internacional. Utin le atacó a él y su manifiesto de manera repugnante; y no le bastó ese éxito, para complacer sin duda a sus altos y poderosos protectores los burgueses radicales del gobierno Central de Ginebra, el Consejo Federal de la Región ginebrina remitió al gobierno Federal de Suiza una protesta en la que desaprobaba con energía ese desdichado manifiesto que había enfurecido tanto y aterrorizado a los señores burgueses.

Otro hecho. En septiembre de 1870, el señor Liebknecht escribía en el Volksstaat, órgano oficial del partido de la democracia socialista de los obreros alemanes, que los triunfos de Alemania y la derrota de Francia debía tener por consecuencia natural que pasara la iniciativa del movimiento socialista de Francia a Alemania, y con el deseo sin duda de manifestar dignamente esa nueva iniciativa pangermánica, celebró con un gran entusiasmo los éxitos del señor Gambetta, el gran ahogador de la verdadera defensa nacional popular y el demoledor de la Federación de los revolucionarios socialistas del Sur de Francia. El señor Liebknecht calumnió naturalmente en su periódico la insurrección de septiembre en Lyon, y echó a cuantos tuvieron el honor de tomar parte en ese movimiento una buena porción de su lodo.

Hoy por hoy, hemos llegado al final a esa convicción que, excepto si nos dejamos ahogar en ese fango, nos es imposible evitar la ruptura. Pero queremos que conste que no somos nosotros quienes la habremos provocado. Hicimos grandes sacrificios para conservar la paz, nuestros adversarios la desestimaron. Nuestro silencio y nuestra paciencia, en lugar de humanizarles, les hizo creer que no teníamos ni bastante fuerza para defendernos, ni bastante valor para atacarles y creyeron que había llegado el momento de aniquilarnos y establecer con eso su dominio en la Internacional.

Aprovechando la desorganización de las secciones francesas que siempre se les habían resistido y consolidados con la mayoría alemana, la Suiza alemana, ginebrina e inglesa que habían preparado hábilmente, decidieron dar un gran golpe. Convocaron pues la famosa Conferencia de Londres, guardándose de convocar allí a los delegados de la Federación Jurasiana, víctima condenada por ellos a la inmolación. Usted conoce lo demás.

Esa Conferencia tuvo evidentemente dos objetivos: 1) Convertir el Consejo general de Londres, dirigido de manera casi soberana por el ciudadano Marx, en un gobierno político y central, medio oficial y público, y oculto en parte; 2) Alinear [y agrupar] las secciones y todos los individuos que tuvieron la audacia de protestar contra las teorías y sobre todo contra la dictadura de Marx.

Juzgando por lo que se publicó sobre esa Conferencia, el doble objetivo fue alcanzado y por eso se inquietó la Federación Jurasiana.

Si ella tuviera que callar aún, merecería realmente el desprecio. En efecto ya no se trata hoy en día ni de individuos, ni siquiera de secciones únicamente. Se trata de la misma existencia de la Internacional, que las resoluciones de la Conferencia amenazan con matar. Y por el modo de cómo nuestros adversarios plantearon la cuestión, ya se debe únicamente elegir entre la dictadura de Marx, necesariamente acompañada de la salida de todos los que, miembros como secciones, no están dispuestos a reconocer ninguna dictadura, ningún gobierno desde arriba, sea cual sea, o entre la disolución completa de la intriga que quiere asegurar la dominación pangermánica de los marxianos.

Sí, pangermánica, porque como no voy a tardar a probarlo por otra parte, prescindiendo de toda cuestión personal, el debate que nos divide hoy en día en el seno de la Internacional, no es sino la reproducción de la gran cuestión histórica que los acontecimientos actuales plantearon.

¿A quién pertenece el porvenir? ¿Al principio de la dominación y de los grandes Estados, esencialmente, históricamente representado por la raza conquistadora o violentamente civilizadora y por lo tanto autoritaria de los germanos, burguesamente denominados ahora los alemanes; o al principio del socialismo revolucionario y de la organización espontanea de la libertad popular, por medio de la abolición de todas las instituciones políticas y jurídicas del Estado y de la federación de las asociaciones y comunas autónomas, representada por los latinos y eslavos, en ese plano, la unión y la solidaridad más fraternal con el pueblo alemán es posible. Pero en el terreno propiamente germánico desembocaría fatalmente en el triunfo del pangermanismo.

Y para volver a las cuestiones personales, que, desgraciadamente, se nos imponen a pesar nuestro, añadiré, que no deseamos de ninguna manera, que Marx ni ninguno de los suyos dejen la Internacional. Al contrario, nos enfadaría mucho; ni siquiera deseamos, que salga del Consejo General, en cuyo seno su gran ciencia económica puede dar todavía inmensos servicios. Lo que pedimos y lo que creemos tener el derecho de exigir, son nuestros estatutos generales primitivos, los únicos que reconocemos, es que el Consejo General, regresando a los límites, que le son asignados por sus estatutos, vuelva a representar, lo que nunca habría dejado de ser: una Oficina Central de Estadística y de Correspondencia, y que renunciando para siempre jamás a transformarse en una suerte de gobierno político y director supremo de las revoluciones, deje a cada país, a cada región, a cada federación, y a cada sección la plena libertad y el cuidado de determinar su política propia. Tras lo cual estaremos seguros que todas se unirán en el pensamiento unánime de seguir en adelante una sola política, la de la destrucción de los Estados.

Tales son las cuestiones, que van a ocupar y probablemente desgarrar al próximo Congreso. No creo equivocarme al presagiar que la mayoría de ese Congreso será marxiana, porque hay que rendir esa justicia a nuestros adversarios, son muy hábiles políticos, lo que a mi parecer echa sobre el socialismo revolucionario de ellos una luz bastante equívoca, dado que la política es por excelencia el arte de manipular a las masas, o sea el arte de engañarlas y desviarlas con el fin del establecimiento de un Estado, es decir una dominación y por consiguiente también cualquier nueva explotación. Hábiles políticos, dije, y cuantos más poderosos, que no retroceden ni siquiera ante la infamia, de ser necesaria, para asegurarse el triunfo. Los amigos, discípulos y numerosos agentes de Marx, desparramados hoy, como se sabe, y mantenidos en todos les países con el dinero de la Internacional, se movieron tanto, mintieron, calumniaron, intrigaron, que hasta en los países más recalcitrantes a su doctrina y en particular en todos los países latinos, tendrán la seguridad del voto de unos raros adherentes. Pero incluso fuera de esos partidarios de última hora, podrán contar con una formidable mayoría en el Congreso.

Primero habrá la falange sagrada y tan bien disciplinada de los delegados de Alemania y de la Suiza alemana, que votarán como un solo hombre, a ciegas, por Marx y por cuanto quiera Marx. Agregue a eso a los neófitos de Dinamarca, que introdujeron en la organización de sus secciones una jerarquía despótica, capaz de despertar la envida de los mismos alemanes. Habrá luego los norteamericanos y los ingleses, que todos votarán también en el sentido de Marx, y eso por muchas razones. Primero, aunque parece ahora que un grupo de disidentes contra Marx se haya alzado hasta entre los obreros de Inglaterra, una disidencia, cuyas naturaleza y causas confieso francamente ignorar hasta ahora, se puede estar seguro, que, como en los años precedentes, únicamente habrá los partidarios de Marx, que tanto de Norteamérica como de Inglaterra, vendrán al Congreso. Y de pensar los grupos disidentes de Londres mandar allí sus delegados, el Consejo General de Londres ya encontrará algún motivo plausible para que no se les reconozca. Otra razón es esa: los ingleses, como los norteamericanos, exclusivamente sumidos en los asuntos de sus propios países, son de una ignorancia e indiferencia profundas para con la mayor parte de las cuestiones, que agitan y apasionan el continente de Europa. Y con tal de que el Consejo General no piense en querer ejercer alguna autoridad, tutela, por mínima que sea, sobre la independencia absoluta de la agitación política y socialista nacional [de los ingleses], -lo que el Consejo General nunca intentará hacer- le otorgarán toda la autoridad posible sobre las secciones turbulentas y rebeldes de los países latinos.

Luego vendrá por fin la gran intriga de Ginebra. Tengo que detenerme un tanto sobre ese punto, primero por que toca de muy cerca todas las calumnias, de que soy hoy por hoy el objetivo, y luego y sobre todo porque Ginebra, [fue] muy hábilmente elegida por los marxianos como lugar de reunión del próximo Congreso.

Antes hubo dos partes en la Internacional de Ginebra: los obreros de la construcción, casi totalmente compuestos de extranjeros, sobre todo de franceses y saboyanos, y lo que se llama la Fabrique. Esta, exclusivamente integrada por obreros ciudadanos ginebrinos, incluye todos los distintos oficios de la industria relojera. Los obreros de la construcción son mucho más numerosos, pero también mucho más pobres, que los de la relojería; puesto que sólo cobran de 2 a 3 francos y muy pocas veces hasta 4 francos al día, trabajando a lo sumo nueve meses en el año. Son los verdaderos proletarios, y, por lo menos por instinto, tanto como por posición, revolucionarios socialistas de verdad. En los buenos tiempos de la Internacional, de que fueron primero los únicos fundadores, y hasta fines de 1869, votaban constantemente en todas las asambleas generales de la Asociación las resoluciones más ampliamente socialistas e internacionales, al contrario de los jefes de la Fabrique, cuya dominación casi absoluta sufren desgraciadamente hoy por hoy.

La Fabrique, dije, está compuesta exclusivamente de ginebrinos de pura cepa. Como ciudadanos gozan de todos los derechos políticos y se ufanan de ello, lo que basta para convertirles en instrumentos (es verdad muy ruidosos y bastante presumidos, pero cuanto más ciegos) del partido de los burgueses radicales de Ginebra. Los jefes de la Fabrique, no piden otra cosa que jugar un rol y ocupar posiciones políticas, y esa vanidad de obreros burgueses es muy hábilmente explotada por los jefes del partido radical. Como obreros burgueses, profesan naturalmente el socialismo burgués y son grandes enemigos del socialismo popular, igualitario, anárquico o francamente revolucionario. Eso se explica por otra parte por el hecho que muchos entre esos obreros, cobrando de 7 francos a 15 francos al día en una industria del todo de lujo, tendrían poco que ganar en el cataclismo social.

Las tendencias revolucionarias de la Fabrique de Ginebra se manifestaron claramente en agosto y septiembre de 1869, con motivo de la elección de los delegados por el Congreso de Basilea y de la discusión sobre su programa. Pellicer Farga, que fue el testigo ocular y auricular de la lucha, que tuvimos que sostener en esa ocasión, podrá contárselo en detalle. Las secciones de la Fabrique tuvieron el desparpajo de significar un ultimátum muy imperativo a los operarios de la construcción, amenazándoles con una separación si no consintieran eliminar del programa del Congreso [las] dos cuestiones principales: la de la propiedad colectiva y la de la abolición del derecho de herencia. Que los obreros-ciudadanos de Ginebra hubieran querido una y otra, nada más natural. Primero estas chocaban sus instintos de socialistas burgueses, y luego el mantenerlas en su programa y su solución en el sentido revolucionario habría imposibilitado su alianza con burgueses radicales. Pero fue por lo menos insolente de parte de ellos pretender dictar la ley a la mayoría. Es lo que [hicimos] sentir a los obreros de la construcción, diciéndoles, que la paz y la unión eran sin duda alguna excelentes cosas, pero únicamente cuando se fundaban en la libertad y el respeto mutuo de todos y no en la subordinación de unos a otros, ¡estuvieran los primeros en mayoría, o hasta en minoría! Llevamos la victoria, pero es desde esa época que data el odio implacable de los jefes de la Fabrique contra mis amigos y sobre todo contra mí.

Esos jefes siempre persiguieron dos objetivos, a los cuales nos opusimos constantemente y que nunca dejé de combatir mientras estuve en Ginebra, o sea exclusivamente hasta el Congreso de Basilea. El primero de esos objetivos fue, establecer de derecho y de hecho en todas las secciones de la Internacional de Ginebra el poder gubernamental discrecional y en cierto modo oculto de los comités, con su inevitable secuela, la decadencia y la sumisión real del pueblo de la Internacional. El cálculo de ellos, desde el punto de vista de su ambición era perfectamente justo. Siempre fueron derrotados en las asambleas generales, donde, por sostener los verdaderos principios de la Internacional y por estar sostenidos por el instinto revolucionario de las masas, llevábamos la ventaja sobre ellos. Por eso detestaban francamente las asambleas populares y les preferían las asambleas casi ocultas de los comités. Es mucho más cómodo ganarse a algunas decenas de miembros que forman parte de esos comités, tomando a los unos por la ambición, los otros por la vanidad, los terceros al fin por la codicia, que imponer al pueblo reunido ideas mezquinas y estrechas. A fuerza de perseverancia, y gracias a la negligencia, no exenta de fatuidad, y a la ausencia de algunos de nuestros aliados allí, hoy caídos en una inacción completa, los jefes de la Fabrique, tras mi salida de Ginebra alcanzaron su meta. Hoy por hoy la acción de la Internacional de Ginebra se ha concentrado en los comités; y el resultado de esa victoria no se hizo esperar: la desmoralización y la desorganización de las secciones, ya un instrumento entre las manos de los burgueses radicales.

El segundo objetivo que persiguieron los jefes de la Fabrique, siendo que la realización del primero debía servir como medio, fue precisamente esta solidaridad completa de la Internacional a la política nacional de los burgueses radicales de Ginebra. Es lo que se llama en Ginebra, en la Suiza alemana, en Alemania, la participación legítima y necesaria del proletariado en las cuestiones y luchas políticas de los burgueses. Los marxianos nos reprochan de querer prescindir de las luchas políticas, presentándonos con falacia como una suerte de socialistas arcadios, platónicos, pacíficos y para nada revolucionarios. Al decir eso de nosotros, están mintiendo a sabiendas, porque saben mejor que nadie que nosotros también recomendamos al proletariado que se preocupe por la cuestión política. Pero la política que predicamos, absolutamente popular e internacional, no nacional y burguesa, tiene como meta no la fundación o la transformación de los Estados, sino su destrucción. Nosotros decimos, y cuanto vemos hoy en Alemania y en Suiza nos confirma que la política de ellos propensa a la transformación de los Estados en el sentido supuestamente popular, sólo puede desembocar en una nueva supeditación del proletariado a favor de los burgueses. ¿A quién vemos en efecto en Ginebra? Al señor Grosselin, el corifeo, el gran orador y el principal jefe de la Fabrique, quien tiene hoy por hoy su escaño de diputado en el Gran Consejo pronunciando allí hermosos discursos acuñados con un socialismo burgués muy tímido, mientras que el poder real permanece concentrado exclusivamente entre las manos de los burgueses, cuanto más poderosos que la misma Internacional se ha convertido hoy en su juguete.

Por lo tanto existe ahora, pero únicamente con esta condición, la más íntima alianza entre el gobierno radical y la Internacional de ninguna manera socialista, sino en cambio muy política de Ginebra. Y Marx fue muy bien inspirado, al elegir precisamente Ginebra para el próximo Congreso. Eso añadirá primero a la mayoría marxiana el número respetable de 32 delegados ginebrinos y para sostener la pandilla habrá la alta protección gubernamental y los puñetazos de la población ginebrina amotinada en contra nuestra.

Ya se puede predecir que el Congreso acabará en un horrible escándalo. Pues bien, a pesar de todo, iremos allí a defender los principios del socialismo revolucionario, y tenemos la firme esperanza, que se presentará con nosotros una minoría imponente, compuesta de españoles, italiano, franceses y belgas, y que dicha minoría salvará y la libertad y la misma existencia de la Internacional.

Puesto que en el fondo tengo que preguntarle a usted algo muy sencillo, le dirigí esta carta tan larga, ciudadano, porque me pareció útil y justo que tras haber oído todas las mentiras, que nuestros enemigos llevaban por todas partes contra nosotros, usted y sus amigos escucharan al fin, de nuestra propia boca, la exposición verídica de nuestros sentimientos, nuestras opiniones e intenciones.

Ahora le corresponde juzgar a usted. En cuanto a la solicitud que creo tener el pleno derecho de dirigirle es muy sencilla y sin duda usted ya la habrá adivinado.

Le he dicho que ignoro todavía el contenido de las calumnias que usted oyó proferir por el señor Utin contra mí; pero supongo, que habrían podido ser muy graves, puesto que pudieron incitarle a expresarse sobre mi persona de modo dubitativo, es verdad, pero que no deja de ser muy injurioso para mí. Usted comprenderá [que] no puedo quedar tranquilo con el dilema que me plantea dándome por compañero al señor Utin y dado que usted pensó deber presentarme este dilema, es igualmente su deber darme el medio de salirme del mismo. Para eso sólo hay un único medio, y es que me repita cuanto antes cuanto le dijo el señor Utin u otros contra mí, y no sólo contra mí, porque si soy el principal acusado, tengo la certeza que no soy el único, y que mis amigos Adhémar Schwitzguébel y sobre todo James Guillaume tuvieron su buena parte.

No necesito decirle a usted que al repetirlo todo, y absolutamente todo cuanto hubiera oído decir contra nosotros, usted cumplirá con un único [sencillo] deber y no cometerá un acto de indiscreción e indelicadeza. Ningún hombre, que acusa a otro de acciones infames, a no ser que sea un cobarde, osará pedir el secreto, excepto si pretende hacer de quien le escucha su cómplice. Por otra parte, usted ha de desear al igual que yo mismo, como nosotros todos, que se haga plena luz, que los chismes horribles, que la baja calumnia no puedan ya renacer nunca más. Y para esto sólo existe un medio, es decir toda la verdad, repetir fríamente cuanto se oyó, cuanto se sabe.

Por tanto en nombre de mi derecho incontestable, en nombre de su propia honra, por el interés mismo de la Internacional le pido que tenga a bien responderme, con la mayor precisión y fidelidad de detalles a las cuestiones siguientes:

1) ¿Qué son los hechos que Utin, H. Perret, Marx o algún otro individuo de la misma compañía formularon tanto contra [mí como contra] mis amigos Guillaume y Schwitzguébel, y qué pruebas le aportaron en apoyo a sus acusaciones contra nosotros?

2) ¿Ante quiénes y en qué circunstancias esas acusaciones se hicieron contra nosotros? ¿En conversaciones privadas o en plena conferencia?

3) ¿La Conferencia de Londres trató de éstas oficialmente? ¿Y de ser así, qué son las resoluciones que acordó en relación con nosotros?

Deseo avisarle, ciudadano, que unas copias de esta carta, que recibirá de las manos de nuestros amigos de Barcelona, serán remitidas por nosotros a varios íntimos amigos de diferentes países, y que haré lo mismo con la respuesta que espero recibir pronto de usted, sea la que sea. No necesito añadir que a falta de simpatía, cuento con su lealtad y su justicia.