Carta de A. Lorenzo al Congreso de Solidaridad Obrera (05/09/1908) [pdf]

(Fuente: Ángel Pestaña “Historia de las ideas y las luchas sociales en España”, Orto, Número 15, 1935, Valencia.)

Al Primer Congreso de Solidaridad Obrera.

Camaradas: Permitid que un delegado al Primer Congreso Obrero Español celebrado en Barcelona en el año 1870, como si dijéramos un rezagado de otra generación, salude al Primer Congreso de Solidaridad Obrera.

Entre aquel y este Congreso, a treinta y ocho años de distancia, en que han ocurrido graves y trascendentales acontecimientos, hay analogía y hay continuidad.

Analogía, porque entonces, como ahora, partiendo de la tiranía del salario —transformación de la esclavitud y de la servidumbre— y de la aspiración a librarse de ella, se trataba, como se trata hoy, de formular enérgica y perenne protesta contra la usurpación propietariocapitalista y de celebrar un pacto de solidaridad entre todos los trabajadores.

Continuidad, porque las ideas de aquel Congreso, de la organización resultante, de su propaganda, de la lucha desde entonces emprendida contra el privilegio, de los acontecimientos prósperos y adversos que constituyen la historia moderna del proletariado español, se ha nutrido la inteligencia de los trabajadores de España, de gran parte de los de la América meridional y hasta ha llegado a influir en la determinación de la voluntad de los fundadores de la Confederación del Trabajo en Francia, y esa inteligencia se manifestará en vuestros acuerdos, como se ha manifestado en todos los actos precursores de este Congreso.

No es, por tanto, nueva nuestra obra, ni siquiera una revolución: es una continuación.

Vais o debéis ir sencillamente a quitar los obstáculos puestos por privilegiados y mandarines en el camino de la emancipación del trabajo trazado por vuestros antecesores.

No podéis olvidar, aunque deseéis ardientemente libraros de la situación en que la lucha especial nos ha colocado, que vuestra obra es para lo futuro; no vais o no debéis ir a obtener una mezquina ventaja actual y, por lo mismo, pasajera, sino a sentar un precedente necesario para el triunfo definitivo de la justicia social, y sólo a esta condición merecerá vuestro Congreso digna mención histórica.

Ante la indiferencia ignorante de las masas se presenta la actividad consciente de los pensadores obreros, dividida en dos criterios: el idealista y el práctico.

Ni el uno ni el otro tiene derecho a la tutela exclusiva de los trabajadores. Con la mano puesta en el corazón, un idealista os lo asegura.

Dentro de la más estricta buena fe, ambos aspiran al bien; pero los idealistas, combatiendo la arbitrariedad y negando el error, digo que llegarán, pero pueden llegar a caer en el vacío sin hallar la realidad para su ideal, y los prácticos, beneficiando el presente, no digo que crearán, pero pueden crear grandes obstáculos al progreso y su finalidad.

Tampoco podéis resolveros a ser eclécticos, a escoger lo mejor de ambos criterios, porque pondríais vuestra mentalidad al servicio de otros, y, además, porque no está probado que la verdad sea el justo medio entre dos criterios, erróneos por ser dos, siendo una la verdad.

¿Cómo resolver el conflicto, puesto que su solución corresponde al tiempo, y nosotros sólo poseemos el fugaz presente?

Sencillamente: Confiando en estos aforismos de la Internacional, que condicionan vuestra conducta sindicalista y revolucionaria: La emancipación de los trabajadores ha de ser obra propia; rechazamos el privilegio hasta cuando nos beneficia; la solución del problema social no puede ser local ni nacional, sino internacional; es decir, constituyendo la unidad productora, en que los trabajadores, adquiriendo conciencia, se unan a los conscientes, y unidos en una acción común a través de las fronteras y de los mares, formen una humanidad nueva y borren de todas las patrias la usurpación propietaria, legalizada hasta el día por los Códigos de todas las naciones civilizadas, con la complicidad de las religiones, de los sistemas filosóficos y hasta de las revoluciones políticas.

Esta usurpación es nuestra cadena, y no se es libre ni digno cubriéndola de flores, olvidándola en torpe indiferencia, exceptuándose individual o colectivamente de ella para aumentar la opresión de otros, sino destruyéndola para siempre.

Compañeros, salud.

Anselmo Lorenzo

Barcelona, septiembre 1908.