Carta de Anselmo Lorenzo a Unamuno (21/10/1906)

(Fuente: D. Gómez Molleda, El socialismo español y los intelectuales.)

Barcelona, 21 octubre 1906

Sr. D. Miguel de Unamuno

Muy señor mío: He dirigido a El Liberal la adjunta carta pública, que no ha sido del agrado de su director, y me la ha devuelto sin publicarla, por razones que respeto.

No he querido insistir en su publicación, y para que no sea trabajo perdido, se la remito a usted; ya que no ha podido ser pública, sea privada, y sirva, al menos, para recordar a usted aquella hermosa revista Ciencia Social, cuya colección, sellada con el sello del gobernador para autorizar su publicación, me fue sustraída por la policía en una triste noche que fui arrancado del seno de mi familia para ser trasladado a las prisiones de Atarazanas, donde me la mostró el famoso Portas como cuerpo de delito y demostración patente de mi culpabilidad como anarquista.

Recuerdo ahora, como recordé entonces, lo peligroso que es lo que, en carta dirigida a Cayetano Oller, llamaba usted encasillarse, es decir, aceptar una calificación; pero no me arrepentí entonces, ni me arrepiento ahora. Ello me ha valido alguna vez ser considerado por algún prudente como viejo fanático. Soy consecuente; tengo esa desgracia, que probablemente me privará de toda estimación de usted; pero, a lo menos, me complazco en declarar que si acaso fuera un porro, no soy un haragán.

Se repite de usted con toda consideración,

Anselmo Lorenzo

Casanova, 32, 2.°

A D. Miguel de Unamuno

Carta pública

Señor don Miguel de Unamuno: Me veo privado del placer de visitar a usted y tuve el sentimiento de no poder asistir a su conferencia; pero en vista de las impresiones que de ella he leído y oído, he juzgado útil exponer que no es ésta la primera vez que se pone en contacto directo con Barcelona.

En 1895 se creó una revista titulada Ciencia Social, de la que fui director: unos jóvenes recién salidos de la cárcel, por efecto de aquellas razzias policíaco-burguesas contra los trabajadores conscientes, que han sido aquí tan frecuentes, me dijeron un día: Queremos crear una revista de difusión anarquista. ¿Quieres encargarte de su dirección? Mi respuesta fue una afirmación entusiasta. Unos muchachos que acababan de sufrir la injusticia de la prisión, sin motivo, durante un período de suspensión de garantías constitucionales, y que en vez de abrigar sentimientos de venganza quieren difundir sus pensamientos de justicia, me parecían responder de lleno a esta excitación bellísima que lleva al pie la firma de usted:

Robinsones llenos de fe, de esperanza y de amor, dejemos el viejo suelo que nos osifica el alma, y llevando en ésta el viejo mundo concentrado, su civilización hecha cultura, busquemos las islas vírgenes y desiertas todavía, preñadas de porvenir y castas con la castidad del silencio de la historia, las islas de la libertad, radicante en la santa energía creadora, energía orientada siempre al porvenir; porvenir, único reino del ideal”.

Se creó la revista, afluyeron colaboradores prestigiosos, entre ellos usted, no debe haberlo olvidado, que, aparte de cartas afectuosas y alentadoras, nos envió y publicamos cuatro artículos; no hubo tiempo para más, los acontecimientos lo impidieron; duró nueve meses, al cabo de los cuales su Redacción fue a parar a Montjuich.

De aquellos artículos son los siguientes pensamientos sueltos:

Nada más frecuente que ver que las gentes letradas, los espíritus librescos sobre todo, miren con desdeñoso desprecio, de arriba abajo, a los que poseen conocimientos adquiridos de otro modo, o inexpresables, o hechos médula y tuétano y conceptos cual actos reflejos. Junto a la facultad de saber andar y manejar las manos, y hablar, junto a la que se aprende en los primeros años de la niñez, ¿qué significa toda la llamada por exclusión y antonomasia la ciencia, huela más o menos a tinta de imprenta?”

Cuando se dice que la ciencia es producto del trabajo colectivo, se olvida a menudo la parte que en su producción han tomado los desdeñados por los hombres de ciencia, así como también que en el estado actual de la diferenciación del trabajo nadie puede decir: Esta es mi obra, esto sólo de mí procede. Lo que hace posible la existencia de los hombres dedicados a la pura especulación científica, y con ella el progreso de la ciencia, es el callado y terrible sacrificio de no pocos braceros, cuyo valor se estima poco más alto, o tal vez más bajo, que el cero de nuestra escala social”.

...No basta ser hombre, un hombre completo, entero, es preciso distinguirse, hay que subir lo más posible del cero de la escala y subir de cualquier modo, hay que adquirir valor social de cambio. Y en esta encarnizada lucha por lograr la altura de cualquier modo que sea y apoyándonos en ajenas espaldas, no es el amor a la altura, sino el terror al abismo, lo que nos impele; es la visión pavorosa del mundo de la degradación y la miseria. No se aspira a la gloria cuando se tiembla ante el infierno, y el infierno es la pobreza”.

...La burguesía anda desesperada a la busca de un dios que encadene al pueblo trabajador a las máquinas, mientras ella se lanza a alcanzar el sobre-hombre. Es muy posible que así vuelva al orangután, que no carece de distinción”.

(“De La dignidad humana”, Ciencia Social, enero 1896.)

Es un deber esperar que un día, rota toda presión impositiva y autoritaria, concuerden las patrias chicas todas en la gran Patria humana, la Humanidad misma, asunto del amor fraternal, como nuestras patrias de bandera lo son de odios, de guerra y competencia”.

El nacionalismo, el patriotismo de las grandes agrupaciones históricas, cuando no es hijo de la fantasía literaria de los grandes centros urbanos, suele ser producto impuesto a la larga por la cultura coercitiva de los grandes terratenientes, de los landlords, de los señores feudales, de los explotadores de los latifundios”.

Borrada la funesta propiedad capitalista..., el hombre amará la tierra, que ha hecho, y este amor servirá de núcleo a la fraternidad universal. Entonces se verá patente e intuitivamente que la tierra ha sido humanizada por el hombre; entonces se vivificará el rendimiento patriótico por la fusión de sus dos factores, el que arranca del primitivo comunismo de tribu y el que tiende al final comunismo universal. Todo lo hemos hecho entre todos, se dirá entonces”.

(“De La crisis del patriotismo”, marzo 1896.)

Conocía yo esos pensamientos y otros muchos de usted, que han sido muy apreciados entre anarquistas y que se hallan unidos a episodios muy interesantes de mi vida, y a pesar de ello no me ha sorprendido lo que sobre anarquistas atribuyó a usted La Tribuna el otro día, ni tampoco que la impresión general entre sus oyentes es que es usted un orador genial, si se quiere un orador más..., ¡pero hay tantos en España! Un amigo mío me manifestó su impresión de la conferencia con estas palabras: “Ha dicho que sí, que no y que qué sé yo”. A lo que respondí: “¡Mejor!, así no tendrá que negar mañana lo que dijo ayer”, porque el conferenciante, a pesar de haber gritado ¡Viva la Verdad!, que es esencialmente consecuente, no cree en la consecuencia de los hombres, la tiene casi siempre por insincera y la aborrece. Por eso ha escrito estas palabras que no son para grabadas en mármoles: “No logro creer en la consecuencia de un hombre que no sea un porro o un haragán”.

Y aquí termino después de haber procurado demostrar que no puede decirse en absoluto que “no existe anarquista (intelectual o no) que haya leído lo bastante” —¡de quién podrá decirse eso!—, porque hay casos en que podría parecer que los hay que han leído de sobra.

Soy, con toda consideración, su respetuoso admirador,

Anselmo Lorenzo.