ANSELMO LORENZO ASPERILLA (1846-1914)

 I Congreso Obrero (Barcelona, 1870) [pdf]

En el Teatro Circo (Barcelona), se inaugura el 19 de junio de 1870 el primer Congreso Obrero español de Sociedades de Resistencia, consgreso constitutivo de la Federación Regional Española, adherida a la AIT.

Tras una primera convocatoria en Madrid, el 19 de febrero de 1870, y viendo la escasa implantación sindicalista en esta ciudad, el grupo promotor de la Internacional en España, acepta la lógica de los hechos y este congreso fundacional se convocará definitivamente en Barcelona, en donde la organización obrera estaba más desarrollada. Los principales puntos abordados en este Comicio fueron:

a) Resistencia

b) Cooperación

c) Organización social de los trabajadores

d) La Internacional y la política

Formando parte de la comisión que redactaría el dictamen sobre la resistencia, la presencia de Anselmo Lorenzo en los debates no puede considerarse como destacada, al menos en su aspecto cuantitativo, con escasas intervenciones. Reproducimos a continuación su participación.

DICTAMEN DE LA COMISIÓN SOBRE EL TEMA DE LA RESISTENCIA

Observando las bases fundamentales sobre que descansa la presente organización social, vemos que no son otras que la desigualdad, el privilegio, la usurpación; en una palabra, la injusticia.

El progreso, en su marcha, unas veces apresuradas, lentas otras, pero siempre continua, nos ha dado el completo conocimiento de nuestra personalidad, demostrándonos que l os hombres son iguales ante las leyes de la naturaleza; iguales en absoluto en sus derechos, y, como consecuencia lógica e inevitable, absolutamente iguales en deberes. Abramos ese gran libro social que se llama organización, donde se hallan inscritos, cual en un libro de caja, el debe y haber de los derechos y deberes sociales, y veremos que justamente los individuos inscritos en el primero se hallan ausentes por completo del segundo.

Precisamente aquellos que continuamente cumplen con sus deberes son los que no tienen ningún derecho, lo cual prueba la usurpación que una parte de la sociedad hace a la otra; pero el mal no termina aquí; lo que más hace imposible la continuación de la sociedad actual en su organismo es que no sólo esa parte de la sociedad no goza de sus derechos, sino que además del cumplimiento de sus deberes pesa sobre ella el cumplimiento de los deberes de los demás. Desde el punto de vista de la justicia, que es donde debemos mirar siempre las cuestiones sociales, probado está que las leyes que guían a la actual sociedad son injustas.

Estudiemos la presente organización social en sus instituciones, y al examinar la familia, la religión, el Estado y las que de estas tres se derivan, nos explicaremos ese malestar continuo, esa inseguridad permanente del mañana, esa abstracción de los sentimientos naturales, esa negación de la dignidad humana, esa falta completa de libertad, esa fraternidad mentira y, por último, la desigualdad más completa imperan por doquiera y siendo el principio que normaliza y regula la conducta de la humanidad en su organización de hoy. Si la familia, si la religión, si el Estado, que constituyen el trípode sobre el que se mueve esta mascarada universal que llamamos sociedad, son falsas, son mentira, son injustas, ¿podrán ser nobles, podrán ser verdad, podrán ser justas, que no son otra cosa que consecuencias derivadas de éstas, formando todas juntas ese fárrago inmundo de sarcasmos lanzados contra la humanidad que se llaman leyes?

De ese cúmulo de injusticias nace la zozobra natural que sentimos, y de la que principiamos a darnos cuenta. De ahí proviene la necesidad permanente de revoluciones en dirección opuesta y sentidos contrarios. He ahí el germen que da la vida a ese tropel de ideas en que las más tienden a conservar este estado de cosas, y con él el privilegio vinculado en la clase media, y las otras, que, principiando las causas que producen el orden actual, luchan y se afanan por la revolución, cuyo fin sea la existencia vigorosa de la justicia. Las primeras tienen por armas ofensivas, en principio, la fuerza bruta, la ciencia sofisticada y el capital con todos; los privilegios existentes que son sus atributos esenciales, según la organización que pesa sobre la gran masa social; y como armas, defensivas, las leyes y la ignorancia del mártir de la sociedad actual, el proletariado, no teniendo estos a su vez otra arma ofensiva ni defensiva que el trabajo.

Audaces y osados, los favorecidos del privilegio quieren hacernos creer que sus fuerzas son superiores a las nuestras. Luchan y se afanan en convencernos del derecho y poderío del capital y de la debilidad y los deberes del trabajo; pero los que hemos visto y vemos continuamente a esas clases oscureciendo la verdad con el sofisma, la razón con la fe, la igualdad con el privilegio, vemos también que con cinismo y descaro intentan apagar el rayo de luz que en nuestra mente empieza a brillar con la ciencia que la sociedad ha vinculado en esas clases, colocándola enfrente de nuestra forzada ignorancia; pero convencidos de la existencia de estas intenciones, deberemos examinar por nosotros mismos la cuestión y resolver sin tener en cuenta para nada los habilidosos sofismas que, vestidos con disfraz de razón, nos oponen sin cesar. Ahora bien: de nuestro detenido examen deducimos que la fuerza bruta, puesta a disposición de nuestros detractores, sale del seno de las masas del trabajador, que la ciencia a la cual tenemos el mismo derecho que ellos, pero derecho que la sociedad nos niega, quedaría reducida a simple teoría sin el inmediato concurso del trabajo. El capital no existiría, no existe ni existirá si el trabajo no lo hubiera creado, puesto que aquél no es más que una simple consecuencia de éste y un agente secundario cuyo objeto es únicamente facilitar las relaciones sociales del trabajo.

Las leyes todas, hechas no sólo sin nuestro concurso, sino también sin nuestra conformidad, siendo como son injustas, ni debemos respetarlas ni las respetaremos, puesto que, no debiendo ser éstas más que un contrato social en el que intervengan la participación y conformidad de todos los individuos en ellos interesados, y siendo la clase trabajadora la que más directamente se halla interesada e n ella y perjudicada y de la que se ha hecho abstracción completa al hacerse esas leyes, estamos relevados del compromiso de respetarlas.

Ahora bien: si las armas de nuestros enemigos las tenemos nosotros, pues que tenemos el trabajo, fuente de todo poder y fuerza; si las leyes son una farsa a la que no hemos accedido, ¿qué resta a nuestros enemigos para sostenerse en la posición crítica en la que verdaderamente se hallan? La ignorancia que sobre nosotros pesa. ¿Debemos esperar que ellos despejen las tinieblas de nuestra ignorancia con la resplandeciente luz de la ciencia? No, pues bien claro debemos ver que cuando el fanatismo religioso se derrumba a merced de los poderosos golpes de la razón, tratan de sustituir esa cadena que sujeta nuestro pensamiento con el fanatismo político. Convencidos de la necesidad de que nuestra emancipación sea nuestra obra propia, convencidos igualmente de que necesitamos luchar para ir descargando la pesada explotación que nos hace víctimas, único medio por el cual conseguiremos obtener recursos y tiempo para instruirnos, creemos que la resistencia es indispensable, es necesaria y es el único medio radical y directo que nos conducirá a nuestro objeto. Con la resistencia será cómo iremos consiguiendo, tanto más brevemente cuanta mejor organización tenga ésta, el ponernos en condiciones intelectuales y materiales para luchar con las clases privilegiadas.

En cuanto a su organización, deberemos presentar la necesidad de la creación de cajas, y siendo principalmente el objeto de la comisión estudiar la resistencia en principio, dejando a la comisión de organización social el estudio y resolución para la fundación de éstas, no pasaremos más que a exponer brevemente nuestro parecer en esta cuestión.

La comisión cree que las cajas deberán formarse en las secciones de oficios y éstas federadas por localidades; una vez verificada esta federación, se pasará a la de las cajas de resistencia de la sección de lengua española por unirse solidariamente con todas las de la Asociación Internacional de Trabajadores.

Por estas razones, la comisión propone al Congreso tome la siguiente resolución:

Artículo único. El Congreso Obrero de Lengua Española, considerando que la lucha contra el capital se hace una necesidad para conseguir la completa emancipación de las clases trabajadoras, y que para esta lucha es necesario ponerse en condiciones económicas, declara que las cajas de resistencia son una necesidad y un gran elemento para alcanzar el objeto a que aspira la grande Asociación Internacional de Trabajadores.

Local del Congreso Obrero, 20 de junio de 1870.— Borrel, A. Lorenzo, T. Soriano, Bové, Balasch, Rubau Donadeu, F. Nabot, B. Botán, E. Ballbé, Cobeño, Viñas, Ramón Solá y D. Farres.

PRINCIPALES INTERVENCIÓN DE ANSELMO LORENZO EN LOS DEBATES

El ciudadano Lorenzo.— Ciudadanos: No creía tener aquí ocasión de hablar de nuestra competencia en las cuestiones científicas, puesta en duda por los que ejercen el monopolio de la ciencia; por lo mismo, celebro la circunstancia que obliga a hablar de ella.

Ya en otras ocasiones me he mezclado entre los hombres de ciencia para decirles con la sencillez con que lo dice un obrero lo que pensaba respecto a las cuestiones económicas y sociales. Ya que se ha presentado esta ocasión, creo un deber manifestar mi opinión de que los únicos verdaderamente competentes para tratar la cuestión social son los obreros, y voy a probarlo.

Todas las demás clases, al tratar de dichas cuestiones, se inspiran en un criterio mezquino, en un criterio egoísta que suele estar influido además por el respeto tradicional con que se miran ciertos hombres eminentes. No miran, por consiguiente, la justicia como es preciso mirarla, ni la personalidad humana como es preciso mirarla, sino que en su lugar miran los intereses creados, y con arreglo a ellos solos entienden las reformas; tratan de armonizar siempre lo que existe, lo presente con las reformas futuras, y de esta manera no se va nunca al triunfo de la justicia. Por esto opino que aquellos que no tienen ningún interés que conservar, que pueden proclamar libremente la personalidad humana que detrás de sí no deja explotados y delante tiene todos los explotadores, son los que pueden decir dirigiéndose a los privilegiados: "Si yo, que soy un ser igual a vosotros por naturaleza, y, sin embargo, en la consideración social nos separan muchos grados de distancia, tengo el derecho de protestar contra esta organización social y contra esta mentida ciencia que reconoce esta desigualdad, y que quiere armonizar a los capitalistas y a los obreros, armonía injusta, porque es lo mismo que decir: tú has nacido para ser pobre, y tú para ser rico; en lugar de decir: hemos nacido para ser hombres, que es lo que únicamente debe decirse".

Aquí se ha indicado también algo respecto a la incompetencia de los pocos años: como firmante, pues, del dictamen que se discute, y como yo tampoco soy viejo, diré que la inteligencia no está vinculada con los viejos, que cuando con intención se quieren penetrar y analizar las cuestiones, lo mismo puede equivocarse un hombre de cien años que un mozalbete de veinte, y que lo mismo puede tener sentido común un anciano que un joven.

Al redactar el dictamen hemos tenido en cuenta una cosa muy importante, y es que en lugar de inspirarnos en el criterio de los explotadores, nos hemos inspirado en el criterio de la igualdad humana y en el de la justicia. Hemos visto que a esta igualdad no se camina aceptando las soluciones que indican los economistas; puesto que no pretenden sino que continúe la injusticia que hoy existe, hemos descubierto y hemos afirmado nuestra personalidad, hemos afirmado que tenemos derecho a su completo desenvolvimiento y hemos encontrado que la clase privilegiada no nos lo reconoce. Es necesario, pues, que nos emancipemos, lo cual no significa otra cosa que rescatar los derechos, que son el complemento de nuestra personalidad y que posee la clase privilegiada.

Naturalmente, ellos, por su parte, no pueden cederlos, están interesados en conservarlos, vemos también que todos los argumentos que indican son variantes de una misma cosa, dentro de la cual siempre queda la injusticia de que nos lamentamos. Por lo mismo, hemos creído que no hay más remedio que, afirmando nuestra personalidad y el derecho que tenemos a emancipamos, proclamar la resistencia completa abierta y franca.

No tenemos otras armas que la resistencia misma, a cualquiera otra a que apelemos, siempre resultará que tendrán para oponerse elementos superiores, los cuales no podemos vencer; en cambio, la resistencia es infalible. Pensando bien, dándose cuenta cada cual de lo que hace, de lo que es en la sociedad, de lo que podríais unidos a vuestros hermanos, no tendría razón de existir la miseria y la abyección; no sería posible que los que nos agobian con sus privilegios vistiesen lujosos trajes y se paseasen en magníficas carretelas, dándonos a cambio de nuestro trabajo tiranía, desprecio y opresiones.

Si, pues, todos nos damos cuenta del papel que desempeñamos en la sociedad y del principio que nos mueve a la afirmación de nuestra personalidad y del fin que tenemos, que es la emancipación completa, llegará algún día en que por virtud y resultado de estos principios, nosotros, trabajadores, por medio de una resistencia universalmente organizada, destruiremos por completo los inmensos medios de que disponen nuestros enemigos, obligándoles a abandonar sus injustificables privilegios, porque ellos son impotentes para resolver nada ante una abstención general de los trabajadores. Se dirá que este género de resistencia destruye la riqueza. ¿Y qué es la riqueza? La razón demuestra que no hay más riqueza positiva que el trabajo, no el dinero, que éste sólo es agente intermediario entre la producción y el consumo. Si se considera como riqueza el dinero, es cierto que durante la lucha se pierde mucho. ¿Pero a nosotros qué nos importa? Nosotros, que no participamos de la riqueza general, a pesar de tener derecho a ello por nuestro trabajo, ¿qué perdemos con esa pérdida de falsa riqueza? Si de pan negro, humilde traje y miserable albergue no nos dejan pasar, ¿qué perdemos con que nuestros enemigos pier dan algunas de sus comodidades? Ellos lo sentirán, que no pueden pasar sin el goce de sus constantes privilegios; nosotros sabemos demasiado lo que son privaciones.

Pues bien; a cambio de haber perdido esta parte de riqueza, que poco nos importa, habremos conquistado una riqueza inmensa, la riqueza del derecho, la riqueza del complemento de la personalidad humana, esto es, la felicidad de llamarles nuestros hermanos; porque no es nuestro objetivo, como ellos creen, ponernos en su lugar y consumar una obra de venganza, sino tan sólo ejercer una obra de justicia. Por lo mismo, sólo son nuestros enemigos mientras están frente a frente, pero conseguido el resultado de esta obra, serán nuestros amigos, les tenderemos una mano fraternal y tendrán la vergüenza de tener que sufrir nuestro perdón que, por decirlo así, nuestro respeto. He dicho. (Vivos y prolongados aplausos.)

***

El ciudadano Lorenzo rectifica y dice.— Hago presente al ciudadano Rabasa que si la comisión no ha presentado reglamento sobre este dictamen que se discute, ha sido porque no era de su competencia. Se han presentado los temas de esta mañana; primero sobre la resistencia, tratándola en principio, y luego, otro tema en el cual se tratara de la organización social, y en el cual están incluidos otros reglamentos que echaba de menos el ciudadano Rabasa.

Se ha preguntado qué es lo que se ha ganado con la resistencia; efectivamente, del modo como la resistencia ha estado organizada hasta ahora, se ha ganado muy poco; porque la resistencia hasta ahora ha sido insolidaria, ha sido una sociedad que, ateniéndose a sus propios recursos o apelando a los de otra sociedad obrera, ha declarado la huelga.

Y como los recursos de la sociedad son muy pocos y los que por compasión de otras son también muy pocos, al mismo tiempo que los medios de los capitales son muchos, claro está que en estas condiciones la huelga es vencida.

La verdadera resistencia produce otros resultados, pero es preciso para ello no perder de vista la solidaridad, que es lo más importante en la Asociación Internacional de Trabajadores. Así es que no se trata de organizar sociedades de resistencia que sólo tengan relaciones entre los individuos q ue componen la sociedad. Se trata de anudar los mismos intereses entre las distintas sociedades que pueden fundarse en cada localidad, es decir, se trata de organizar la resistencia asociándose todos los trabajadores, lo cual no ha sucedido hasta aquí, pues sólo han sido cosas parciales.

Vea, pues, el ciudadano Rabasa cómo varía la cuestión, que lo que estaba reducido a un círculo de cuatro, cinco, diez, quince, veinte mil individuos, no puede compararse a lo que sería la reunión de todos los trabajadores unidos. Ha dicho además que si el dinero invertido en la resistencia se hubiera invertido en talleres y en producción, hubiera dado más resultado: si partimos del principio individualista, que es la cuenta que se hacen nuestros enemigos, que dicen: La sociedad no garantiza nada, la sociedad vive en lucha continua con el individuo y éste con la sociedad; el individuo debe mirar para sí y emplear todos los medios y recursos necesarios para asegurar una subsistencia que nada asegure, ni aun el presente muchas veces.

Considerando esto, si se cree que es bueno adquirir riquezas sin contar con la solidaridad obrera, se puede obtener si se invierten los recursos en fábricas, talleres, o sea, en producción; pero también advertiré que en este caso no se obrará ni se trabajará para la emancipación social obrera ni por la causa de la justicia, sino para enriquecerse, hacerse capitalistas y, por tanto, enemigos de los obreros. Mi objeto era sólo llamar la atención sobre estos dos principios y rectificar estos dos conceptos; que la resistencia no debe considerarse insolidaria, sino solidaria, y en este concepto lo ha presentado la comisión, y no comparar las utilidades que reportan por este medio la resistencia y lo que se logra empleando la producción, porque entonces sería lo mismo que convertirse en capitalistas y, por tanto, en enemigos nuestros.

***

El ciudadano Lorenzo.— En pocas palabras voy a demostrar la conveniencia de aceptar el dictamen presentado por la comisión.

La Asociación Internacional de Trabajadores tiene un principio y una aspiración bien definidas. El principio en que se funda es la reciprocidad de los deberes y los derechos. La aspiración significa traer a la práctica este principio. Tiene además una organización que representa una fuerza para conseguir esta aspiración. Esta organización existe en otros países; nosotros la conocíamos y simpatizábamos con estos principios y con estas aspiraciones, y hasta simpatizábamos con los medios que tenían para conseguirlo; pero necesitábamos ponernos de acuerdo; necesitábamos hacer algo más que reconocer la bondad de estas aspiraciones, y hasta simpatizábamos con los medios que tenían para conseguirlo; pero necesitábamos ponernos de acuerdo; necesitábamos hacer algo más, reconocer la bondad de estas aspiraciones; necesitábamos, repito, ayudarles en la obra para tener derecho a participar de los beneficios de su consecución.

Por esto nos hemos reunido. Este Congreso, en el que están representadas las diferentes localidades de la región española, no significa más que venimos para ponernos de acuerdo y echar las bases de esta unión para unirnos a la de otros países. La resolución que hemos adoptado respecto de la resistencia y respecto de la cooperación es la prueba de este hecho. Parece natural que no deberíamos ocuparnos en otra cosa más que en el desenvolvimiento de estos principios y en trabajar dentro de esta organización que aceptamos; pero se presenta otra muy importante; se presenta la cuestión política. La cuestión política tiene cierto carácter absorbente, como lo tiene todo lo que hasta aquí ha pretendido llevar la iniciativa en las reformas, todo lo que ha pretendido llevar la iniciativa en el progreso.

Hasta ahora toda iniciativa, toda idea de reforma ha partido siempre de la esfera del privilegio. No me meto yo ahora a juzgar los diferentes sistemas y diferentes ideas que han tratado de introducir reformas; pero afirmaré que todas estas reformas, todas estas ideas, han nacido de la esfera del privilegio y el pueblo ha sido siempre una masa inconsciente que ha prestado su apoyo a aquel que le ha prometido más, a aquel que ha señalado más males en las clases trabajadoras y ha prometido más inmediatamente la curación de estos mismos males.

No se ha tratado de analizar si estas reformas se deducían de los principios que sostenían, sino del que le ha prometido más, del que ha hecho concebir más esperanzas. La idea política, sea cualquiera el partido que la profese, nace de la esfera del privilegio, y el pueblo en la cuestión política no hace más que secundar a aquellos que, nacidos en la esfera del privilegio, toman la iniciativa en esta clase de reformas y pretenden que sigamos como hasta aquí, prestándoles nuestro concurso, porque sin él no llegarían al poder. Pero yo digo que esto no sucederá ahora si la clase trabajadora en todas partes se organiza y tiene un principio bien definido y una aspiración bien determinada, y tiene también una organización conforme con este principio y con esta aspiración, de la cual se deduce el triunfo. Nosotros, pues, no debemos ni podemos, bajo ningún concepto, sin abdicar, prestar nuestro apoyo a otra fuerza que no sea la que entraña esta misma asociación, que la que entraña esta organización y este mismo principio, porque el tomar parte como colectividad la masa obrera en las luchas políticas no significa otra cosa que abdicar, que reconocer que nuestro principio, que nuestra organización, es impotente para conseguir el fin que nos proponemos.

Todos los demás partidos, hasta los que se presentan como los más radicales, no coinciden con nuestras aspiraciones, porque el que en nuestras luchas políticas tiene el carácter más radical no tiende a otra cosa que a establecer la libertad, pero dejando la desigualdad económica.

Así es que hoy deja todas las libertades, pero, como subsiste la desigualdad económica, las clases que disfrutan privilegios son las que tienen derecho a desenvolverse conforme con los medios que estos mismos privilegios les conceden, al paso que las clases desheredadas, aquellas sobre quienes pesan los privilegios de las otras clases, por más que se escriban en las constituciones cuantos derechos se quieran, como no tienen medios económicos no tienen tampoco medios de desenvolvimiento, y siempre estarán bajo el dominio de la otra clase, porque, como tiene el privilegio de la ciencia y de la riqueza, siempre podrá más que la otra clase que no tiene otro privilegio que la miseria y la ignorancia. Por lo mismo, como la aspiración de todos los partidos llamados radicales sólo es el afianzamiento de esta libertad que no es más que una palabra escrita en las constituciones, y nosotros nos proponemos combatir la desigualdad económica, porque la libertad sin la igualdad es una vana palabra, nosotros, que vamos a establecer la justicia y a hacer que la libertad y la igualdad sean una mis ma cosa, tenemos un fin enteramente diferente del que se proponen los partidos políticos más radicales.

Por consiguiente, no debemos, sin abdicar, sin reconocer que no tenemos confianza en nuestros principios, unirnos a ningún partido político, sino que debemos sólo reconocer que la desigualdad económica pesa sobre nosotros y debemos tratar de destruir esta desigualdad. Para ello debemos proclamar que nos bastan nuestros principios y nuestra organización.

Pero yo digo otra cosa: se nos puede decir que para combatir a nuestros enemigos podemos aceptar una alianza con aquellos partidos con quienes más afinidad tengamos; pero esto no conviene, porque demasiado sabéis lo que son las alianzas entre colectividades que tienen diferente objeto; la una trata de imponerse a la otra; la más astuta, al fin se impone y después considera a la otra como enemiga, porque como tiene derecho a protestar de este dominio, en nombre de la ayuda que ha prestado, la vencedora trata por todos los medios posibles de acallar y hasta destruir los medios que le puede dar el derecho que tiene por la participación que haya tenido en el triunfo de esta alianza. Y de esto podría citar ejemplos; sin ir más lejos, la revolución de septiembre, que no ha sido más que el resultado de una unión en la cual se han reunido elementos diversos y el uno se ha impuesto a los demás, nos presenta tanta lucha entre los que se habían coaligado para luchar como entre los partidos que tienen las ideas más opuestas. Por lo mismo, queda demostrado que entre nosotros y los partidos políticos, hasta los más radicales, hay diferencia de objeto; que nuestra asociación tiene medios de triunfar sin alianza de ningún género, y queda también demostrado que las alianzas entre los que se cree que haya más unidad de miras, siempre que no haya unidad completa, es perjudicial. He dicho. (Bien, aplausos.)