El socialismo en el Parlamento francés

(Acracia, Enero 1886)

Camélinat, el antiguo propagandista de la Internacional, por cuyo motivo fue procesado en tiempo del Imperio, y actualmente diputado en la Asamblea Nacional, ha presentado la siguiente proposición:

“Artículo 1º El gobierno francés responderá favorablemente a las indicaciones del gobierno suizo concernientes a una legislación internacional del trabajo.
Art. 2º El gobierno francés tomará la iniciativa, de acuerdo con el gobierno suizo, para entablar lo más pronto posible con los gobiernos extranjeros las negociaciones necesarias en vista de una legislación internacional del trabajo.
Art. 3º Esta legislación internacional tendrá por objeto:
1º La prohibición del trabajo industrial de los niños menores de 14 años.
2º La limitación del trabajo de las mujeres y de los menores especialmente protegidos.
3º Las medidas de higiene, de salubridad y de seguridad en los talleres, con el objeto de proteger la salud, el desarrollo físico y moral y la vida de los trabajadores.
4º La protección y el seguro contra los accidentes.
5º La inspección de las minas, fábricas, manufacturas, talleres y canteras por inspectores, la cual se formará, mitad nombrada por el ministerio de trabajos públicos y mitad elegida por los trabajadores.
6º La fijación para los adultos de una jornada normal de trabajo, o al menos de un límite máximo.
7º La fijación de un día de reposo por semana.
8º La institución de una oficina internacional de intervención general, de estadística obrera e industrial y de proponer los medios de extender y codificar la legislación internacional del trabajo.
Art. 4º Se nombrará una comisión de treinta y tres miembros encargada de presentar un proyecto de legislación internacional, después de consultar la opinión de los diversos grupos obreros de Francia”.


  El autor acaricia la esperanza de que la anterior proposición, que considera justa y en armonía con las tendencias de la democracia moderna, sea aceptada por la Asamblea, movida por el deseo de realizar una obra de justicia económica y de pacificación social.

Lo diremos con franqueza, protestando anticipadamente de que no es nuestro ánimo ofender al veterano socialista cuya mano tuvimos ocasión de estrechar cuando se hallaba emigrado en Londres: no creemos en la sinceridad de su proposición, y consideramos un deber expresar nuestra opinión sobre tan interesante asunto, con objeto de evitar los errores que pudiera suscitar.

La base de la proposición consiste en la buena voluntad del gobierno, que “responderá favorablemente a las indicaciones del gobierno suizo”, “tomará la iniciativa, de acuerdo con el gobierno suizo...” Y si el gobierno no responde favorable ni desfavorablemente, ni toma la iniciativa, siempre podrá contestar a las excitaciones que se le dirijan que tiene otras atenciones más apremiantes, o si no podrá nombrar una comisión a semejanza de la que existe en España para el mejoramiento de la clase obrera, cuya presidencia va de Cánovas a Moret o de Moret a Cánovas, oscilando según las alternativas de la política.

Por otra parte, una legislación internacional que determine en todas las naciones el trabajo de las mujeres y los niños, la higiene, salubridad y seguridad de los talleres; que fije la jornada normal del trabajo y que instituya una oficina internacional de intervención general, es una utopia tan irrealizable como la Icaria de Cabet, teniendo aún la desventaja de carecer de aquella poesía sentimental y humanitaria que tanto embellece la obra de aquel comunista.

Conviene mucho fijarse en la imposibilidad de esas medidas que se proponen con la idea de realizar algunas mejoras inmediatas, porque con ellas sólo se consigue apartar elementos de la aspiración racional y científica y aumentar el número de los escépticos, asaz numeroso por desgracia, en vista de los desengaños de la práctica.

La diferencia de condiciones productoras de las diversas naciones, sus leyes aduaneras, sus tratados, sus sistemas de tributación, sus costumbres y mil y mil causas peculiares a cada nación en particular, hacen imposible una legislación internacional sobre el trabajo, y por encima de esa multitud de dificultades existe la imposibilidad de que los detentadores del patrimonio universal, de la riqueza pública, quieran poner a sus explotados en condiciones de fuerza y organización para oponerse a sus explotadores.

Esto es tan obvio, que no podemos admitir que un hombre encanecido en las luchas sociales como Camélinat, pueda desconocerlo, y no vemos en todo ello más que componendas y ardides políticos de aquellos que no van por el camino recto, y por consecuencia, apartan del verdadero objeto.

Acaso pretenda con su proposición sacudir la indiferencia del proletariado y suscitar agitación popular; pero es contraproducente el medio empleado, porque el apasionamiento que generalmente sucede al planteamiento de un grave problema, se trueca en peligroso indiferentismo cuando carece de solución práctica y racional.

Más útil sería, ya que de antemano sabe el autor que su proposición ha de ser desechada por espíritu de intransigencia burguesa y por impracticable, que aprovechara la investidura de representante del pueblo (?) que actualmente posee, para atacar los vicios constitucionales y las reminiscencias del pasado que informan la organización social presente, oponiéndoles las verdades irrefutables que debemos a la moderna sociología; y de esta manera, a la par que realizaría una obra meritísima enseñando a sus compañeros la senda que conduce a su emancipación, tendría la aprobación de su propia conciencia y el aplauso de los hombres rectos y desinteresados.