El Individuo contra el Estado (I)

Spencer y "La Revue Socialiste"

(Acracia, Febrero 1886)

Consecuentas en nuestro propósito de elevar el socialismo a la posesión de la sociología, debemos, no sólo estudiar los fenómenos sociales, sino estar a la mira de cuantos estudios sociológicos vengan a enriquecer la nueva ciencia.

Entendemos por socialismo el conjunto de doctrinas más o menos racionales, más o menos prácticas, que tienden a modificar o a transformar completamente el actual modo de ser de la sociedad, con arreglo a un ideal de justicia, diferenciándonos de los que le consideran como un sistema de organización social.

La sociología es para nosotros el resumen metódico y razonado de los conocimientos sobre el individuo, sus derechos, relaciones recíprocas y energías individuales o colectivas.

Atentos al cumplimiento del deber que nos hemos impuesto, hemos examinado un trabajo, producto de un pensador profundo y gran observador que hace ya algunos años viene fijando la atención de cuantos se interesan por la cosa pública. Nos referimos a Herbert Spencer y su último libro El Individuo contra el Estado. También hemos estudiado la crítica que de este libro hace La Revue Socialiste. El juicio que de este doble trabajo hemos formado es lo que presentamos a nuestros lectores.

Divide el autor su trabajo en cuatro capítulos titulados: “Los nuevos conservadores”, “La esclavitud del porvenir”, “Las culpas de los legisladores” y “La gran superstición política”.

A fin de ordenar nuestro estudio para que el lector obtenga el mayor fruto, examinaremos cada capítulo por sí con la réplica de su contradictor, exponiendo al fin nuestro criterio.

Dudosos de poder abarcar la vastísima extensión del asunto, aunque firmes en nuestro deseo de hallar la verdad y con ella contribuir a la gran obra del perfeccionamiento social, solicitamos el concurso de cuantos quieran ayudarnos con sus observaciones y consejos sobre el asunto especial que nos proponemos tratar, en la seguridad de que serán tenidos en cuenta en el curso de su desarrollo.

I

Afirma el autor: “La mayor parte de los que ahora se reputan como liberales son conservadores de una especie nueva”. En época anterior a sus nombres los dos partidos representaban los dos tipos opuestos de organización social, el militar y el industrial, caracterizados el uno por el régimen del Estado y el otro por el del contrato. Tomando la palabra cooperación en un sentido lato, puede considerarse a los conservadores como partidarios de la cooperación forzosa, y a los liberales de la voluntaria. Los liberales consideraban la monarquía como una institución civil; para los conservadores el rey era el delegado del cielo. Los primeros consideraban condicional la sumisión del ciudadano al gobierno; para los segundos era absoluta.

Como era natural cada partido ha venido obrando en sentido de su impulso inicial: los conservadores tratando de resistir por medidas coercitivas los intentos de los liberales; éstos procurando debilitar los atributos esenciales del poder. Transcurren años y se observa que el liberalismo, que aumenta de día en día su poder, se inclina a una legislación cada vez más coercitiva, contradicción que se explica por el propósito de legislar para hacer cesar el mal del pueblo y producir el bien, ora queriendo quitar causas de miseria y de ignorancia, ora procurando su bienestar y su felicidad. Multitud de ejemplos lo comprueban: promúlganse leyes, fúndanse instituciones, lo cual produce aumento en la contribución local o general necesario en parte para cubrir los gastos que ocasionan las instalaciones de escuelas, bibliotecas, museos, baños, lavaderos, sitios de recreo, etc., cada uno de los cuales implica una nueva coacción y una limitación de la libertad individual.

Los liberales defienden su autoritarismo estableciendo la diferencia que existe entre el poder hereditario e irresponsable y el de elección popular y responsable. Lo cierto es que la libertad individual ha disminuido, dejando aparte la naturaleza del agente limitador, y luego que si los hombres hacen uso de su libertad enajenándola, si un pueblo elige plebiscitariamente un déspota, la tiranía no dejará por eso de ser positiva. Los actos coercitivos no pueden sostenerse alegando que emanan de un cuerpo elegido por el pueblo, y si en los tiempos pasados el liberalismo luchó contra el poder absoluto de los reyes, no hay razón para apoyar a los Parlamentos que quieran abrogarse semejante autoridad. La libertad del individuo no debe medirse por el mecanismo gubernamental, sino por el número relativamente escaso de restricciones que se le impongan; las libertades establecidas deberán ser negativamente coercitivas más bien que positivamente coercitivas.

Tal es el resumen, tan fiel como hemos sabido hacerle, de las ideas emitidas por el autor en su primer capítulo “Los nuevos conservadores”.

La Revue Socialiste, después de una introducción en que hace gala de aquel chic parisién no muy adaptable al asunto, replica abarcando el conjunto de la obra, del cual extractaremos los razonamientos aplicables al resumen que dejamos hecho, por convenir más así al plan que nos hemos formado:

Las ciencias auxiliares para el conocimiento de la ley de la evolución se hallan aún en la infancia; la psicología apenas está bosquejada; la erudición tiene aún delante de sí inmensos terrenos inexplorados; la historia es una ciencia informe entregada a la banalidad de los llamados eruditos o a las generalizaciones estériles de los universitarios, que todavía conservan ciertos resabios escolásticos; nuestros conocimientos no nos permiten aún distinguir claramente entre dos cuerpos de derecho, entre el derecho en que vivimos y el de un pueblo salvaje o el de un pueblo desaparecido; nos es desconocida en su justo valor la evolución jurídica de nuestras patrias respectivas, y sin embargo Spencer pretende conocer la ley de la evolución.

El tipo militar y el industrial son concepciones que acaso no correspondan a la realidad; ni el uno ni el otro tienen valor alguno para el historiador. No está la sociología tan adelantada que pueda distribuir los pueblos en grupos naturales, ni menos establecer una clasificación que tenga valor científico.

Prescindimos de la argumentación que La Revue emplea para combatir las ideas del autor según el resumen que para ello efectúa, ya que Spencer se queja de que siempre para combatirle se le atribuyen ideas diferentes de las suyas. Por otra parte, en lo que se refiere al asunto concreto que hoy nos ocupa, lo importante es lo que dejamos consignado.

Tiene, en efecto, gran importancia la objeción que al autor hace nuestro colega: no es posible conocer un todo desconociendo las partes que lo constituyen; no puede calificarse de científico un estudio cuyos conocimientos accesorios o auxiliares se hallen aún en estado embrionario. Esto mina por su base el razonamiento de Spencer; pero quedan los hechos, y en esta parte el autor tiene colección abundantísima. Los hechos para un observador concienzudo, habida consideración a sus circunstancias especiales y a sus resultados, tienen su lógica, y cuando la razón los juzga en sí, en sus causas y en sus resultados, puede hallar en ellos la consistencia necesaria para establecer un criterio y descubrir una ley. Así considerado el asunto, entre las razonadas exigencias de La Revue y el procedimiento de Spencer pudiera sólo haber diferencia de método.

Dejamos por ahora la cuestión en tal estado, para volver a ocuparnos de ella cuando juzguemos la obra en conjunto, y terminamos hoy haciendo notar un error gravísimo en que incurren lo mismo el autor que el crítico. Para ambos socialismo es sinónimo de comunismo: el primero, eminentemente individualista, combate el comunismo como su principal antagónico; comunista el segundo, se defiende y ataca a su adversario. Ambos proporcionan elementos para la formación de la ciencia; procuraremos aprovecharlos en bien de nuestros propósitos.