El Individuo contra el Estado (II)

Spencer y "La Revue Socialiste"

(Acracia, Marzo 1886)

El propósito de legislar para hacer cesar el mal del pueblo y producir el bien, ora queriendo quitar causas de miseria y de ignorancia, ora procurando su bienestar y su felicidad, tal es la causa que lleva a los liberales a usar procedimientos autoritarios, expuestos en el primer capítulo de la obra que examinamos.

La consecuencia lógica de la conducta de los nuevos conservadores la expresa el autor por esta terrible frase que sirve de epígrafe a su segundo capítulo, la esclavitud del porvenir.

II

Veamos su demostración:

Entre la piedad y el amor existe cierto parentesco que se demuestra en que ambos idealizan su objeto. El sentimiento revelado por la frase “¡pobre hombre!” excluye la idea de “¡mal hombre!” que en otra ocasión pudiera ocurrírsenos. Cuando se trata de la miseria que sufren los pobres, la generalidad la consideran como pena impuesta a la virtud, no a la culpa. La multitud de desocupados que invade los sitios públicos y da contingente de espectadores a los espectáculos callejeros, créese formada por los que carecen de trabajo, sin saber si es que rehusan trabajar; lo cierto es que de algún modo viven a expensas de los que trabajan, son parásitos de la sociedad, vagos e imbéciles, criminales o aprendices del crimen, jóvenes mantenidos por sus padres, maridos que explotan a sus mujeres, individuos que participan de las ganancias de las prostitutas, y paralelamente una clase de mujeres, aunque no tan visible y numerosa. La felicidad no puede alcanzar a tales gentes, lo natural es que atraigan la desgracia sobre sí y sobre cuantos les rodean. La opinión dominante siempre y hoy más que nunca de que todo mal social puede y debe ser remediado es errónea; separar la pena de la mala conducta es contrariar la lógica de los hechos, y perseverar en ella sólo conduce a agravar la situación. El mandamiento “comerás el pan con el sudor de tu frente” es una ley universal a la que debe la humanidad su estado actual de progreso y por la que toda criatura incapaz de bastarse a sí propia debe perecer. Inspirándose los llamados políticos prácticos en esos sentimientos generales, creen que las medidas adoptadas no traspasarán los límites que pretendieron trazarles de antemano, no conciben los resultados indirectos que seguirán a los efectos inmediatos de sus medidas ni menos en los efectos remotos causados por aquellos resultados; así es que una ley, un decreto, un acto autoritario cualquiera efectuado por esos políticos prácticos y liberales ha producido una serie de males mayor infinitamente que el mal primitivo que se trataba de destruir, lo cual evidencia el autor con una riqueza admirable de hechos que sentimos no poder reproducir. Los cambios realizados, los que están en vías de operarse y los que se proponen nos llevarán, no sólo al Estado propietario de la tierra, de los edificios y de las vías de comunicación, sino a la absorción de todas las industrias, cuya consecuencia será la anulación absoluta de la libertad individual y la conversión de los individuos en átomos de un gran todo, el Estado.

No hemos sabido bosquejar mejor el sorprendente cuadro que traza Spencer con el nombre de “La esclavitud del porvenir”.

Veamos ahora la réplica de La Revue Socialiste.

La reforma económica, la nueva solución del problema de la repartición de las riquezas, sólo tiene valor considerada como medio de obtener la libertad del individuo, el cual, si viene al mundo desprovisto de derechos, la sociedad debe proveerle de ellos para facilitar su desarrollo, y en este concepto el socialismo se encamina al ideal de una sociedad basada en el contrato. La obligación que una a los hombres escudados en sus recíprocos derechos es mutua en el verdadero sentido de la palabra, y sobre ella no tiene fundamento racional el Estadb absorbente. El Estado histórico y el actual es un tutor que ejerce la tutela, no en beneficio del menor, sino en el suyo propio; no otra cosa descubre el análisis. El Estado del porvenir se limita a defender y desarrollar la personalidad en germen, a mantener la justa equivalencia de las prestaciones estipuladas en los contratos y a conservar las bases de la sociedad, no en el sentido negativo de conservar lo que existe, sino en el activo, inteligente y progresivo.

Sobre este tema se extiende nuestro colega con más elocuencia pero no con más lógica que el autor.

Demuestra Spencer que el Estado obra naturalmente en conformidad con sus condiciones esenciales de vida, y su contradictor, cuando habla de un Estado reformado en lo porvenir destinado a producir la justicia en las relaciones sociales, olvida que la reforma se inició ya cuando el liberalismo subió a las alturas del poder, y van ya realizadas muchas reformas parciales que sin duda serán como las unidades de esa reforma total, y no obstante el Estado es cada vez más encarnizado enemigo del individuo, y si a esta progresión no se le opone un impedimento insuperable, la esclavitud del porvenir, lúgubre profecía, inducción fatalmente lógica de un genio profundamente observador, será un hecho.

El mal, como resultado y como causa, es el Estado; su acción perniciosa es inseparable de su propia vida, de su manera de ser, y mientras el Estado viva será malo; y su maldad será progresiva en razón directa de los males que vaya produciendo; quererle convertir en garantizador de derechos individuales y en fiel de la balanza social es un absurdo de que desgraciadamente no han sabido desprenderse aún muchos socialistas.

Suspendemos aquí nuestro trabajo para continuar en el número próximo la exposición que hemos emprendido.