El Individuo contra el Estado (III)

Spencer y "La Revue Socialiste"

(Acracia, Abril 1886)

Visto el mal en todo su inmenso alcance, que lleva al autor a hablarnos de la esclavitud del porvenir con aquella seguridad que cualquier mortal podría predecir que el que reuniese cierto número de unidades de especie inferior sería propietario de la suma equivalente en unidades superiores, viene luego la investigación de las causas, y con su franqueza característica, titula el capítulo “Las culpas de los legisladores”.

III

Veamos estas causas que se traducen en culpas y en demostración de los culpables:

En las pequeñas sociedades no desenvueltas, donde ha reinado por espacio de siglos una paz completa, nada parecido existe a lo que llamamos gobierno, ni ha sido necesario tampoco para la existencia de las virtudes fundamentales: veracidad, honradez, justicia y generosidad. Está probado en cambio que la autoridad ha nacido de la guerra por la necesidad de la defensa y que, reconocida temporalmente en un principio, se establece definitivamente si el estado de guerra se prolonga. Originado el gobierno de la agresión y por la agresión, conserva siempre su carácter agresivo y coercitivo, y, aunque bajo la apariencia de querer el bien, obra siempre el mal, o si se quiere, para ser bueno se arriesga a ser cruel. El poder directivo es tanto más agresivo en lo interior cuanto más precisado se ve a serlo en lo exterior. Interesante por demás es el cuadro de las trasgresiones de los gobiernos, tanto en sus actos como en sus omisiones, pero prescindiendo de él, veamos las faltas que los legisladores cometen, no ya por ambición, sino por ignorancia. Exígese para toda profesión prueba de capacidad y competencia, sólo al legislador, que ha de regir a los hombres, se le exceptúa de esta prueba: un curandero, un farmacéutico incapaz pueden matar a un hombre y serían perseguidos por la ley; un legislador puede matar a muchos hombres causando la ruina de una nación, y todo el mundo lo tolera con censurable indiferencia. Leyes promulgadas contra la usura que han aumentado la tasa del interés; medidas para evitar el acaparamiento de granos que produjeron una escasez grandísima; fijación de precio de artículos ae consumo que desaparecieron totalmente del mercado; determinación de la unidad de salarios que galvanizó una industria decadente y mantuvo la población en la miseria, e infinidad de medidas de esta clase llevan al lector la convicción de que los legisladores, en su afán de mitigar las miserias humanas, no consiguieron más que aumentarlas. Es incalculable el número de disposiciones gubernativas abolidas en vista de sus desastrosos efectos. Desconocen los gobiernos las relaciones de causa a efecto en el terreno sociológico, por eso han entorpecido y perturbado constantemente el desenvolvimiento progresivo de la sociedad y no le han favorecido nunca. No se debe al Estado esa inmensa multitud de inventos útiles desde la azada hasta el teléfono; los grandes descubrimientos científicos, los sorprendentes mecanismos dedicados a la producción, las transacciones mercantiles que facilitan el cambio de productos en todo el mundo, el perfeccionamiento artístico, hasta el mismo lenguaje de que se sirve, todo se ha hecho por la actividad espontánea de los individuos o de las colectividades, a pesar de los gobiernos.

Es imposible resumir más la serie de razonamientos y consideraciones, comprobadas por infinidad de datos, que el autor aduce para acusar a los legisladores, a los gobiernos, al Estado, de irracionales y tiránicos.

Nada opone La Revue Socialiste a esta demostración. En ella hace Spencer una afirmación que debemos entresacar y exponerla aparte, porque pretende nada menos que, en nombre de la ciencia, anular las aspiraciones socialistas, y creemos necesario denunciar este sofisma.

Dice el autor:

Los animales de tipo superior, más lentos en desarrollarse, pueden prestar a sus hijos más auxilios que los animales inferiores. Alimentan los animales sus crias mientras éstas son incapaces de proveer a su subsistencia, y sólo así puede asegurarse la permanencia de la especie. Durante la infancia los beneficios recibidos deben estar en razón inversa de la fuerza o destreza del que los recibe; si, en lugar de esto, los beneficios fuesen proporcionales al mérito, la especie desaparecería en el espacio de una sola generación. Ahora bien: si se beneficiase a los individuos en razón a su inferioridad, si por consecuencia se favoreciese la propagación de los individuos inferiores y se dificultase la de los mejor dotados, la especie degeneraría progresivamente y desaparecería ante su competidora en la lucha. Pero como esto no puede suceder porque el suicidio es sólo una excepción y no puede en manera alguna ser ley de la vida, los superiores han de dominar necesariamente a los inferiores, y el régimen de familia ha de ser por necesidad diferente al régimen de sociedad, en la cual ha de resultar, sin que haya fuerzas que lo impidan, la pobreza de los incapaces, la miseria de los holgazanes, el aplastamiento de los fuertes por los débiles.

La afirmación es grave y sobre ella reclamamos la atención de todos los pensadores socialistas.

Nuestro colega replica:

El socialismo no pretende llevar a la sociedad el régimen de la familia o de sentimiento, y no trata, por lo tanto, de suprimir la lucha por la vida, que reconoce como indispensable para el sostenimiento de nuestra especie; quiere, sí, llevar a la sociedad el régimen de la justicia o de la reciprocidad. El contrato concebido como compromiso recíproco es, no la supresión de la lucha, sino una atenúación racional. El derecho, en el sentido abstracto de la palabra, no existe en las sociedades primitivas, hay en su lugar el hecho mudable, pasajero, que carece de la estabilidad del derecho moderno, y el hecho era el dominio del débil por el fuerte; pero el progreso ha cambiado las condiciones naturales de la lucha en provecho de los débiles, de aquellos que respecto de la energía, de la inteligencia y de la moralidad han sido mal dotados por la naturaleza, y hoy son fuertes por derecho social, amparados por la fuerza impersonal del Estado; los fuertes al contrario, cuanto más se afianza el derecho más se debilitan y acaban por ser débiles y vencidos.

Asunto es este por demás interesante, y no puede satisfacernos el breve extracto que precede, por lo que prometemos volver sobre el otro día. En el número próximo continuaremos este trabajo.