CEl Individuo contra el Estado (y IV)

Spencer y "La Revue Socialiste"

(Acracia, Mayo 1886)

Si concreto y preciso hemos visto al autor en los anteriores capítulos que hemos analizado, en nada rebaja estas preciosas cualidades en el que ahora analizaremos. La gran superstición política le titula, y en él se demuestra plenamente que el poder es tiranía y el gobierno es poder, y cuantos buscan el remedio al mal social, en un cambio de forma de gobierno sólo alcanzarán cambiar la forma de la tiranía.

La gran superstición política de lo pasado era el derecho divino de los reyes, la de hoy es el de los parlamentos. Por absurda que parezca aquella creencia es más lógica que la moderna. Si teólogos como Bossuet enseñaban “que los reves eran dioses y participaban en cierta manera de la independencia divina”, es lógico que se creyese en el poder ilimitado del Estado; no pretendiendo el cuerpo legislativo tener un origen ni una misión divinos, no puede buscar en lo sobrenatural la justificación de sus aspiraciones, y como por otra parte tampoco les ha dado una base natural, la creencia en lo ilimitado de la autoridad parlamentaria es más absurda que la del poder absoluto de los reyes. Los hombres son fieles en los hechos a doctrinas que desecharan nominalmente, retienen la sustancia después de abandonar la forma: al que duda de la legitimidad de una intervención arbitraria de los legisladores se le enseña un acta del Parlamento y enmudece por el respeto, y es que antes se suponía que los legisladores eran delegados del cielo, hoy lo son del sufragio, y en ambos casos subsiste el mismo error, se creen poseedores de un poder ilimitado. No hay medio de seguir al autor en la serie de razonamientos y exposición de hechos en apoyo de las anteriores indicaciones, y acaba por afirmar: “La revolución francesa tuvo por origen una reglamentación tan excesiva de la actividad en provecho del gobierno, que la vida era imposible. El utilitarismo empírico de entonces, lo mismo que el de hoy, difieren del utilitarismo racional en que se refería solamente a los efectos de las intervenciones particulares y no concebía los efectos producidos por la multiplicidad de tales intervenciones en la existencia de los hombres en general. Y si profundizamos la causa de este error, hallamos su raíz en la superstición política, según la cual el poder directivo debe estar libre de toda limitación. Cuando ese esplendor divino que rodeaba al rey y que ha dejado un reflejo en torno de la corporación heredera de su autoridad haya desaparecido; cuando se comience a ver claro que en una nación donde el pueblo gobierna, el poder es sólo un administrador, se verá también sin duda alguna que este administrador carece de toda autoridad propia. Al mismo tiempo se comprenderá que las leyes no son sagradas en sí mismas, recibiendo exclusivamente el carácter de tales por la sanción moral, la cual a su vez se deriva de las leyes de la vida humana, en tanto se desenvuelve en el medio de las condiciones inherentes a la vida social.

Llegamos al fin de nuestro trabajo. El Individuo contra el Estado parécenos como un llamamiento a la lógica, como un grito de la conciencia. Desenvuélvese la sociedad humana de error en error, y la evolución social, en lo que tiene de dependiente de la inteligencia y de la voluntad de los hombres, ha carecido de base racional y progresiva y, por tanto, ha caminado a ciegas, saliendo de un mal para dar en otro diferente y a veces mayor que su antecedente. Por esto vemos con el autor que los liberales, oponiéndose a la tiranía de los conservadores degeneran a su vez en conservadores, en tal grado, que a no ponérseles dificultades insuperables labrarán al fin la esclavitud del porvenir. Hemos visto la serie de actos que entrañan la grave responsabilidad, las culpas de los legisladores, explicadas plenamente, ya que no justificadas, por la gran superstición política; y el autor, no exento de esa falta de lógica que tan bien sabe descubrir en aquellos que hace objeto de su crítica, incurre en la grave equivocación de confundir el socialismo con el comunismo, con lo cual queda como encerrado en un estrecho círculo sin salida y renuncia al único remedio aplicable a los males que deplora.

Si la inteligencia de los hombres aplicada al régimen de las sociedades ha dado hasta ahora resultados negativos, ha sido porque se desconocían las leyes naturales de la evolución, y ya que la Sociología está hoy en camino de descubrirlas, no tiene excusa el pensador que, por someterse a preocupaciones de escuela o tal vez de clase, se limita a un orden reducido de ideas y no se coloca decididamente por la observación y por el estudio a la cabeza del movimiento sociológico.

Este es el caso de Spencer: ha examinado los hechos, ha confundido los que pueden considerarse como resultado fatal del proceso evolutivo con los producidos por los errores de los sistemas, y creyendo que en lo porvenir continuará el desorden que ha visto en lo pasado, exclama: “Los socialistas, y con ellos los llamados liberales que les preparan diligentemente el camino, se imaginan que los defectos humanos pueden ser corregidos a fuerza de habilidad por buenas instituciones. Es una ilusión. Cualquiera que sea la estructura social, la naturaleza defectuosa de los ciudadanos ha de manifestarse necesariamente en actos perniciosos. No hay alquimia política bastante poderosa para transformar instintos de plomo en conducta de oro”. Pero el progreso, que ha dado a los individuos conciencia de su dignidad personal, hará también que se halle la fórmula social que garantice la dignidad y el derecho de todos, digan lo que quieran los que, impulsados por el orgullo, desconfían del progreso humano antes que reconocer los límites de su inteligencia.

Respecto a la Revue Socialiste diremos que es cuando menos prematuro declararse acérrimo partidario de un sistema económico social cuando la ciencia no ha dicho aún su última palabra, y pudiera haberse ahorrado la réplica al libro de Spencer si en lugar de sus preocupaciones comunistas hubiera dado preferente atención a las adquisiciones que debemos ya a la Sociología.

Terminaremos este trabajo con una observación importante que deseamos inculcar profundamente a nuestros lectores. Cuando se ven talentos tan privilegiados como el de Spencer remover los fundamentos sociales con espíritu asaz analizador, estudiarlos en su origen, en su modo de ser y en sus efectos, sintetizar luego y detener el vuelo de su pensamiento incapaz de preconcebir los derroteros del progreso y caer en enervante y letal escepticismo, nos afirmamos cada vez más en la misión que tiene el proletariado moderno tan sabiamente expresada por aquellas célebres palabras: “La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”.