No hay dogma económico

(Acracia, Junio 1886)

Sanciona el código la propiedad en la forma en que actualmente está constituida, niégala su sanción la ciencia, señalando a su origen principios diatnetralmente opuestos a los que la atribuye el legislador.

Resulta, pues, un antagonismo entre el hecho y el derecho que entraña por una parte el ataque y por otra la resistencia, y que da origen por natural consecuencia a penosa crisis que ha de resolver en su día una evolución que formará época en los anales del progreso.

Este antagonismo trasciende naturalmente a la vida social, donde se halla representado por dos agrupaciones distintas y perfectamente deslindadas que tienen preocupaciones, ideas e intereses diferentes y opuestos.

Una de dichas agrupaciones se halla en posesión de la tierra, del capital, de los grandes instrumentos de trabajo, de la ciencia y de la autoridad; es decir, posee, sabe y manda.

La otra vive al día, no tiene más medio de subsistencia que el trabajo asalariado, sólo recibe la instrucción primaría (y eso casi únicamente en los grandes centros de población), vegeta en medio de las mayores privaciones; es decir, no posee, ignora y obedece.

En oposición con el hecho social que dejamos bosquejado se hallan estas consideraciones de perfecta justicia:

La tierra, el aire, la luz, productos naturales, anteriores al hombre y por consiguiente interiores a la sociedad, no pueden vincularse en una persona, en una familia o en una categoría de personas.

El capital, trabajo producido, en cuya producción pueden intervenir diversos factores, no puede considerarse como la propiedad exclusiva de una persona, de una familia o de una clase.

La ciencia, producto de la observación, del estudio y de la metodización de todas las generaciones que nos han precedido, no puede considerarse como el patrimonio exclusivo de los poseedores del capital.

Los grandes instrumentos de trabajo, aplicación de la ciencia a la producción, no deben ser propiedad exclusiva de un gran acaparador ni tampoco de una sociedad de capitalistas.

El desconocimiento de estas sencillas nociones ha producido las dos agrupaciones de que dejamos hecha mención, debiendo considerarse la primera como acaparadora y expoliadora, y la otra como despojada y desheredada.

Acaparadora y expoliadora, porque atesora riquezas que no produce y se reserva los medios de continuar indefinidamente el mismo acaparamiento, la misma expoliación.

Despojada y desheredada, porque constituyendo la tierra, el capital, la ciencia y los grandes instrumentos de trabajo un patrimonio universal, sólo participa de él una clase constituida en mayorazgo, especie de hereu social, privando de la justa participación a todos los trabajadores.

Tal es el hecho que se ha querido revestir de la autoridad de derecho y que los legistas y no pocos economistas presentan como dogma social.

Nosotros, que sólo aceptamos la verdad demostrada y que rechazamos todo dogma, mucho menos aceptaremos este que en tan grande oposición se halla con la verdad y la justicia y que además es causa de males innumerables, de infinitas víctimas, y promete, dado su arraigo, continuar sus desastrosas consecuencias hasta que la razón, abriéndose paso, sustituya el actual régimen social con otro en armonía con la ciencia.

Y si combatimos el dogma en todas sus manifestaciones, ora como código, ora como argucia de leguleyo, ora como sofisma de economista venal o adulador, combatimos no menos enérgicamente los paliativos con que se pretende hipócritamente atenuar el mal.

En efecto, dueños los acaparadores y explotadores de todas las posiciones y seguros de que no serán desalojados de ellas, fingen querer remediar el mal que de una manera tan lamentable se presenta, y reconociendo que en el individuo existe una tendencia natural al mejoramiento propio, predican el ahorro, prometiendo a los que lo practiquen constantemente, la elevación sobre el nivel general; convencidos de que no basta tocar la cuerda del egoismo para contener la masa de los desheredados, predican también la caridad y amalgamando así el egoismo y el altruismo se produce un compuesto que pudiéramos llamar la resignación, con lo cual se logra que todos en revuelta confusión seamos víctimas y cómplices del desbarajuste social.

Respetamos el ahorro cuando no degenera en avaricia y no lleva al individuo a cometer actos de insolidaridad; respetamos la caridad no en su sentido místico, sino considerada como sentimiento que lleva al individuo hasta el heroísmo y la abnegación por sus semejantes, pero los detestamos y no los consideramos como virtudes sino encubridores y causantes de grandes males cuando sirven de reparos y paliativos a injusticias trascendentalísimas.

En pugna con esa hipocresía admiramos la cínica franqueza de aquel economista que se atrevió a decir que el que no encontrase cubierto para sí en el banquete de la vida no tenía derecho a quejarse sino a morir.

Queremos la verdad en las ideas y la justicia en los hechos, y ejercitando nuestro derecho y sirviéndonos de la razón juzgaremos todas las doctrinas y condenaremos todos los abusos, sin que nos detenga en tan noble propósito los vanos respetos de que pretenden rodearse el error y el vicio arraigados por el transcurso del tiempo y por las influencias de los poderosos, porque juzgamos que nuestra tarea no debe limitarse a afirmar nuestro derecho de pensar libremente, que éste todo individuo lo tiene aun en los tiempos de dominación más absolutista, sino que nos proponemos quitar creyentes a todo dogma para proporcionar prosélitos a la ciencia y con ellos allegar elementos a la obra de la transformación social.