El partido obrero

(Acracia, Julio 1886)

Los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes...

La emancipación de los trabajadores no es un problema únicamente local o nacional, sino que, al contrario, este problema interesa a todas las naciones civilizadas; estando necesariamente subordinada su solución al curso teórico y práctico de las mismas...

Estatutos de la Internacional.

No existe organismo alguno cuyo funcionamiento produzca resultados opuestos a su propia naturaleza.

Una locución popular ha grabado esta verdad en la conciencia de todos: “Pedir peras al olmo” llámase todo propósito irracional, toda aspiración que no concuerde con los medios que para conseguirla se empleen.

Los socialistas que trabajan por la organización de un partido obrero para formar el Estado obrero y con él obtener la emancipación social del proletariado, desconociendo que Estado y Revolución son dos fuerzas opuestas e incompatibles, piden, pues, peras al olmo.

Hé aquí la demostración:

Un partido obrero que se organiza fuera de todo partido político burgués y que se propone alcanzar el poder para desde él desarrollar determinado programa, trata nada menos que de constituir un gobierno obrero, es lo que se ha convenido en llamar el partido del Estado obrero.

Porque háganse cuantas distinciones teóricas se quieran: la verdad es que de hecho no hay diferencia apreciable entre la idea Estado y la idea Gobierno, y el primero que tuvo la llaneza de declararlo fue Luis XIV con estas célebres palabras: “El Estado soy yo”.

Los obreros organizadores del partido obrero han debido pensar: ha habido Estados o gobiernos que han representado sucesivamente todas las clases sociales; la idea cracia ha sido combinada con las ideas auto, teo, aristo, meso, etc., representando el predominio de los reyes, de los curas, de los nobles y de los ricos; ahora bien, gastadas ya estas combinaciones, predícase la demo (pueblo) cracia (gobierno), nosotros somos el demo, conquistemos la cracia y tendremos el Estado obrero, que hará:

1º. Expropiación de la propiedad territorial, empleándose la renta para gastos del Estado; 2º. una fuerte contribución progresiva; 3º. abolición de la herencia; 4º. confiscación de la propiedad de todos los emigrados y rebeldes; 5º. centralización del crédito en manos del Estado, por medio de un banco nacional con privilegio exclusivo, sostenido y elegido por el Estado; 6º. centralización de los medios de transporte en poder del Estado; 7º. multiplicación de las fábricas nacionales, de los instrumentos de producción, cultivo y mejora de la tierra, conforme a un plan común; 8º. obligación igual para todos de trabajar, constituyéndose unos ejércitos industriales especialmente para la agriculturá; 9º. combinación de la agricultura con la industria, con el objeto de hacer desaparecer gradualmente las diferencias entre las poblaciones urbana y rústica; 10º. educación pública y gratuita de todos los niños, con abolición de la producción material con la educación”. Según Karl Marx, fundador de la secta.

O sino, según el partido democrático obrero español:

1º. La posesión del poder político por la clase trabajadora; 2º. la transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos del trabajo en propiedad común de la nación; 3º. la constitución de la sociedad sobre la base de la federación económica, de la organización científica del trabajo y de la enseñanza integral para todos los individuos de ambos sexos”. (Aspiración.)

Derechos de asociación, de reunión, de petición, de manifestación, de coalición, libertad de la prensa, sufragio universal, seguridad individual, inviolabilidad de la correspondencia y del domicilio, abolición de la pena de muerte, un solo fuero, justicia gratuita, jurado para toda clase de delitos, milicia popular en tanto que el ejército subsista, el servicio general y obligatorio, reducción de horas de trabajo, prohibición del trabajo de los niños en las condiciones en que hoy se verifica, prohibición del trabajo de las mujeres cuando este sea poco higiénico o contrario a las buenas costumbres, leyes protectoras de la vida y de la salud de los trabajadores, creación de comisiones de vigilancia elegidas por los obreros para inspeccionar las habitaciones en que estos viven, las minas, fábricas talleres y demás centros de producción, responsabilidad pecuniaria de los dueños de cualquier industria en materia de accidentes de trabajo, protección a las cajas de socorros y pensiones a los inválidos del trabajo, reglamentación del trabajo de las prisiones, creación de escuelas profesionales y de primera y segunda enseñanza gratuita y laica, reforma de las leyes de inquilinato y desahucio, y de todas aquellas que tiendan directamente a lesionar los intereses de la clase trabajadora, adquisición por el Estado de todos los medios de transporte y circulación, así como de las minas, bosques, etc., y concesión del trabajo de estas propiedades a las asociaciones obreras constituidas o que se constituyan al efecto, y todas aquellas reformas que el partido socialista acuerde, según las necesidades de los tiempos”. (Como medios de inmediata aplicación y eficaces para preparar la realización de sus aspiraciones).

Dejemos aparte la diferencia que pueda haber entre los propósitos de Marx, patriarca de los organizadores de Estados obreros, y los fundadores del partido obrero español; hagamos también caso omiso por ahora de la proclamación del oportunismo que entraña esta cláusula final: todas aquellas reformas que el partido socialista acuerde, según las necesidades de los tiempos; lo que a nuestro objeto conviene hacer notar es que el partido obrero quiere apoderarse del poder político en España, y no en Portugal, ni en Francia, ni en Andorra, Estados colindantes; ni mucho menos en Inglaterra, ni en Italia, ni en Alemania, ni en los Estados Unidos, etc., etc.; de donde resulta que el partido obrero se halla en oposición con un principio científico indestructible, que todo el mundo acepta, que aceptan seguramente todos los obreros que le forman y que han propagado con calor en otros tiempos los principales propagandistas de ese partido. La emancipación de los trabajadores no es un problema nacional. Contra este principio van los que quieren apoderarse del poder político en España antes de celebrar pactos, reunir fuerzas y combinar la acción para apoderarse de los poderes políticos de todas las naciones, o al menos de buen número de ellas, para desde aquellas posiciones dominar después a las restantes; y los que contra la ciencia van se estrellan necesariamente ante lo imposible.

Los esfuerzos hechos hasta ahora han fracasado por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes profesiones en cada país, y de unión fraternal entre los trabajadores de las diferentes regiones”; ¿quién hay entre los propagandistas del partido obrero capaz de destruir esa afirmación estampada en el preámbulo de los Estatutos de la Internacional? Nosotros la oponemos en su camino, les retamos a que la destruyan, y si no la destruyen, les decimos: de aquí no pasaréis.

No puede olvidarse a que el movimiento que se está efectuando entre los obreros de los países más industriales del mundo entero, al engendrar nuevas esperanzas, da un solemne aviso para no incurrir en antiguos errores, y aconseja combinar todos los esfuerzos hasta ahora aislados, razonamiento que encontramos hecho en el citado preámbulo y de que nos servimos para ayudar a la eficacia de aquel solemne aviso, y recordar a los extraviados que “los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes”.

Los que por medio del partido obrero se proponen alcanzar la constitución del Estado obrero creen que el Estado, hoy, es el representante, el órgano de la dictadura de las clases directoras; convenido. Pero si mañana, en lugar de esa caterva de abogados y periodistas aduladores de la burguesía que llegan a las alturas del poder, subiesen los obreros más eminentes entre los propagandistas del partido obrero; si tuviésemos un presidente obrero, ministros, diputados, gobernadores, alcaldes, etc., etc., obreros, es decir, el Estado obrero, ¿perdería por eso el Estado su cárácter esencial? ¿Dejaría el Estado de ser una tiranía? ¿Y podría esta vez la tiranía ser apta para fundar la libertad y resolver el problema social?

No.

Por otra parte, los obreros encumbrados dejarían de ser obreros para ser magnates, como lo estamos viendo con todos los que se encumbran, mientras es posible el encumbramiento, mientras existe la desigualdad; y no puede negarse que el partido obrero deja subsistente la desigualdad, si se tiene en cuenta que pretende elevar obreros a la categoría de gobernantes o mandarines, para que otros obreros queden como siempre reducidos a la humillante clase de gobernados y servidores.

Nunca la dictadura, cualquiera que sea su objeto y sujeto representará al pueblo. Si es útil para representar la burguesía, que constituye una oligarquía con intereses propios y particulares en oposición con el interés general; si puede encarnarse en un corto número de individuos, imponer una ley conforme a sus apetitos sin respeto al derecho ajeno y repartirse el botín social bajo la égida de un gobierno, porque toda oligarquía por la dictadura vive, nunca representará al pueblo, es decir, a la universalidad de los intereses regulados por la justicia.

Si suponemos que el gobierno se ejerce por obreros socialistas que quieren beneficiar su posición en beneficio del socialismo, poco habremos alcanzado; porque no puede confiarse la solución del problema y su aplicación a la práctica a unos pocos que no serán más sabios que el conjunto de sus compañeros, y contra quienes no habría garantía en el caso, no ya de una traición, sino de sentirse impulsados a la reacción aunque sólo fuera porque no juzgasen oportuno introducir ciertas reformas, por aquella razón tan repetida por todos los oportunistas modernos, porque la masa trabajadora no alcanzase el alto nivel intelectual a que a sí propios se juzgarían elevados.

El programa del partido se presta admirablemente a esto: tiene una aspiración y una serie de medidas de aplicación inmediata, con las cuales cree conseguir la aspiración que se propone; pero nótese una circunstancia importante: el primer punto de su aspiración es la posesión del poder político, y por más que crean los firmantes del programa que tenemos a la vista “que el Estado obrero no debe ser otra cosa que una delegación para la administración de los intereses sociales, sin facultades arbitrarias, responsable y revocable en todo lugar”, lo cierto es que ha de cumplir las reformas administrativas que dejamos copiadas, y esto sólo puede hacerse con el empleo de medios coercitivos, y si los tiene y ha de luchar con encontrados intereses y oposiciones de distinto género, lo natural es que la primera preocupación del Estado obrero, según consigna el programa, o del gobierno obrero, según el sentido común, sea sostenerse, como han hecho, hacen y harán todos los gobiernos habidos y por haber, sin cuidarse de programas ni compromisos anteriores, como no sea el contraído consigo mismo cada uno de los obreros elevados y a la gobernación del Estado de satisfacer su ambición particular.

La sociología no es una ciencia terminada sino una ciencia que empieza; cada descubrimiento, cada nuevo progreso, cada conquista del saber sobre la ignorancia puede ensanchar su horizonte, modificar las leyes de su aplicación, y esto reclama un mecanismo que permita al progreso social producirse gradualmente, con suavidad, al minuto y sobre todos los puntos a la vez, sin sacudidas, sin obstáculos, que permita, en una palabra, a la sociedad desenvolverse como se desarrolla el cuerpo humano, como brota la planta por una asimilación incesante y completa de todos los elementos de vida, de fuerza y de perfeccionamiento.

Este mecanismo no puede ser el Estado, aunque se le llame obrero, este mecanismo no puede ser otro que la libre federación de todas las agrupaciones productoras.

El Estado, por su propia naturaleza, es la encarnación del privilegio; él es nuestro enemigo, y de él no pueden servirse los que para destruir todos los privilegios han de renunciar aun a aquellos que pudieran beneficiarles.

El partido obrero se propone, pues, una imposibilidad y constituye, por tanto, una inconveniencia grandísima para los trabajadores.