Refutación de un sofisma

(Acracia, Julio 1886)

El socialismo moderno es el desarrollo del generoso pensamiento de los utopistas de los siglo XVII, XVIII y primera mitad del XIX, serie brillante de pensadores, gloria de la humanidad, que comienza en Tomás Moro y acaba en Sixto Cámara, y en la cual brillan en primer término los nombres de Vives, Campanella, Helvecio, Mably, Morelly, Owen, Fourrier, Saint-Simon y Cabet.

Tal es hoy su desarrollo, que se extiende a límites superiores al número inmenso de socialistas, que se organizan, discuten, escriben y se agitan en todo el mundo civilizado; llega hasta influir en los indiferentes, en los que dedican su pensamiento y su actividad a distintas esferas y hasta en sus mismos enemigos. La ciencia, provista de sus perfectos instrumentos de análisis, recorre hoy la inmensa escala que separa los infinitamente grandes de los infinitamente pequeños, eleva la dignidad humana por los méritos de su propio pensamiento y destruye la ficción mitológica que forjaron los hombres de las primitivas sociedades; el arte, falto ya de aquellos ideales sustentados por la fe, se arrastra decadente, deja que vegeten como medianías los artistas formados en las antiguas y agotadas escuelas, y da aliento a los jóvenes atrevidos que se lanzan al descubrimiento de nuevas fuentes de inspiración brillando ya entre ellos los que se han distinguido con producciones que combaten la tradición; la política, en su parte positiva, dedicada a mantener el orden y regir las sociedades, se ve obligada a sacrificar parte de los intereses creados para hacer concesiones a las masas proletarias, y en su parte ideal, acentuando cada vez más su aspecto revolucionario, pide como una gracia a los socialistas que aplacen su propaganda y su organización hasta que haya llevado a la práctica su programa; la producción, que hasta ahora dominó en el mercado fijando el valor en vista de los intereses del capital, vése hoy precisada a contar con las exigencias impuestas por las agrupaciones de trabajadores; hasta las costumbres, que venían siguiendo la rutina tradicional, se modifican visiblemente cada día con arreglo al espíritu del siglo, caracterizado principalmente por la actitud socialista délas masas proletarias.

Frente a esta invasión socialista que a todo alcanza levántanse algunos pensadores eminentes a oponerse a sus progresos, y su autoridad atrae a, conservadores y oportunistas hasta el punto de vernos amenazados de la formación de una escuela conservadora en nombre de la ciencia.

No queremos creer que los pensadores aludidos, temiendo las consecuencias sociales que se deducen de sus importantes descubrimientos, hayan inventado un sofisma para atenuar los resultados de su propia obra: eso es pueril hasta un punto inverosímil y no podemos creerlo, y si algún sabio se empequeñeciese hasta ese punto, peor para él. Por tanto, nosotros dejamos a un lado la cuestión de los móviles, y vamos directamente a combatir el error y la injusticia que en nombre de la ciencia y de la justicia se nos opone.

Dice Haeckel: “La naturaleza ha llegado al perfeccionamiento relativo de las especies por la eliminación sucesiva de los individos mal conformados. Esta eliminación se efectúa principalmente por medio de la lucha por la existencia; en la cual los seres mal dotados son vencidos y suprimidos por los más fuertes y más inteligentes. Las especies mejor apropiadas al medio en que viven, han reemplazado a las otras, y en estas especies mismas los individuos robustos e industriosos han tenido mayores probabilidades de perpetuar la raza; luego los socialistas que quieren establecer un equilibrio artificial entre los débiles y los fuertes, favoreciendo ello con la reproducción de los primeros, van contra las leyes naturales y sólo pueden conseguir la degeneración de la especie humana”.

Dice Spencer: “La miseria es el resultado fatal de la incongruencia entre la constitución y las condiciones. Todos esos males que nos afligen y que parecen a los ignorantes consecuencia clara de tal o cual causa removible, son el inevitable cortejo de la obra de adaptación que se está cumpliendo. La humanidad tiene que someterse a las necesidades indispensables de nueva posición, amoldarse a ellas y resistir lo mejor que pueda las desgracias que son su corolario. Hay que seguir el proceso y aceptar el sufrimiento. Ningún poder sobre la tierra, ninguna medida imaginada por hábiles legisladores, ningún proyecto destinado a rectificar el curso de las cosas, ninguna panacea comunista, ninguna reforma pueden disminuir aquel sufrimiento en un ápice: puede sí aumentarse su intensidad y de hecho se la aumenta, y el filántropo que se proponga remediar este mal, hallará siempre amplia esfera en que ejercitarse; pero el cambio lleva consigo una cantidad normal de sufrimiento que no puede ser reducida sin atentará las leyes mismas de la vida... Es claro que si la severidad de este proceso puede mitigarse por la simpatía espontánea que liga a los hombres, debe ser mitigada, aunque es incuestionable que sobrevienen daños cuando esa simpatía, se manifiesta sin tener en cueílta las últimas consecuencias; pero los inconvenientes que resultan no son nada en comparación del bien cumplido. Sólo cuando esa simpatía impulsa a actos de iniquidad; cuando produce intrusión prohibida por la ley de libertad igual, para todos; cuando suspende en alguna dirección particular de la vida la relación necesaria entre la constitución y las condiciones, sólo en este caso es realmente nociva. Entonces, sin embargo, burla ella misma sus propios designios. Favorece la multiplicación de los más ineptos con perjuicio de los más aptos, y tiende a llenar el mundo de personas para quienes la vida será una carga, cerrando las puertas a aquellas otras para quienes la vida sería un placer. Inflige una miseria real e impide una felicidad positiva”.

Aunque otros notables publicistas abundan en las ideas citadas, a éstas nos concretamos por creer que representan perfectamente el error que nos proponemos combatir.

La afirmación de Haeckel, si tiene valor en las especies que viven la vida de la animalidad, y a creerlo así nos inclinamos, no rige para la sociedad humana, en la cual no son los individuos más fuertes y más inteligentes los que disfrutan del poder, de la riqueza y de la ciencia, sino los favorecidos por el privilegio. Si en la sociedad los seres bien dotados prevaleciesen y suprimiesen a los inferiores, tendríamos una sola categoría de poderosos, ricos y sabios; y el paria hubiera sucumbido sin dejar rastro de su existencia, y por consecuencia no hubiera podido transformarse en esclavo, siervo ni proletario, escala progresiva por la que los seres inferiores o débiles han llegado hoy a la vida de la democracia y alcanzarán mañana la acracia. La historia, al consignar el progreso social, que consiste principalmente en la supresión de las diferencias sociales, evidencia con perfecta claridad la afirmación contraria: el señor absoluto de vidas y haciendas que se creía tan poderoso como un dios, cuya voluntad subyugaba todas las voluntades, cuyo capricho era la única ley, fue sucesivamente compartiendo su poder con diferentes categorías sociales que ante él se levantaban, llegando en el día a convertirse en una vana sombra de majestad protectora de la burguesía dominante, que a su vez pacta con las poderosas fuerzas democráticas, en tanto que llega el último término de la evolución social con el establecimiento de la acracia que eleve el nivel común de las condiciones sociales al punto final de la aspiración de justicia.

Para que Haeckel tuviera razón, la historia debería entenderse al revés: la lucha por la existencia hubiera durado un plazo más o menos largo, pero hubiera terminado por la supresión de los débiles y los inferiores, los fuertes y los superiores hubieran quedado solos, y como en su soberbia ninguno hubiera querido someterse al duro trabajo, hubieran quedado como reyes sin vasallos, legisladores sin pueblo, generales sin soldados, pastores sin grey, sabios sin admiradores, artistas sin público; no habiendo cultivadores, productores ni abastecedores de lo indispensable para la vida, en cuyas faenas se han ocupado siempre los débiles e inferiores, la vida hubiera terminado por un cataclismo más tremendo que el supuesto diluvio bíblico.

Mientras veamos individuos que salen de los abismos de la miseria y de la ignorancia para alcanzar las posiciones más brillantes y gloriosas, y sea posible, por el contrario, que los descendientes de los recién encumbrados o de los encumbrados de larga fecha, caigan en la abyección y el embrutecimiento; mientras veáis al proletariado de las grandes poblaciones agitarse, discutir, organizarse, dar conferencias, publicar periódicos y constituir casi por sí solos la sociología, ciencia eminentemente revolucionaria, y enfrente de ellos veáis a los últimos restos de la aristocracia criar caballos, asistir al circo gallístico, frecuentar el trato de manólas y rufianes, y a los vástagos de aquellos burgueses que engordaron con la desamortización, vestir con femenil atildamiento, usar lentes y llevar patillas de L y la frente cubierta de engomado cabello, puede afirmarse que Haeckel no tiene razón, y al acusar a los socialistas de querer restablecer un equilibrio artificial entre los débiles y los fuertes resulta probado que él y con él todos los conservadores quieren justificar las iniquidades del pasado, perpetuar las injusticias del presente e impedir que la sociedad humana llegue a alcanzar el equilibrio perfecto.

Spencer parece que considera a los socialistas como sentimentales filántropos, cuyos caritativos sentimientos se viesen afectados tristemente por la existencia de la miseria; pero la severidad de sus palabras, antes transcritas, no alcanza a los socialistas, que confían en la ciencia y en la revolución, sino a los creyentes que pretenden arregladlo todo por la caridad, recurso individual en su mayor alcance, pero nulo y de valor negativo como terapéutica social.

Reclamen, pues, contra Spencer los cristianos, ya que les niega el medio que dicen que su Dios les reveló para corregirlas imperfecciones de las relaciones humanas, que los socialistas nada tienen que ver con la caridad.

Renunciamos, por tanto, a hacer el análisis de las ideas de Spencer respecto a este asunto, ya que con lo dicho respecto de las de Haeckel creemos haber conseguido nuestro objeto.

Pasó ya el tiempo en que a los que a la justicia social aspiraban, se les consideraba como visionarios y utopistas, hoy el socialismo ha salido de las generalidades sentimentales para entrar en el estudio y la experimentación, y tiene por suya una ciencia, la sociología, con la cual irá hasta donde pueda y deba ir, sin que puedan contenerle en su camino los errores de los sabios.

En resumen, los socialistas, a pesar de la autorizada aunque errónea oposición de los sabios, persiguen una aspiración legítima y racional.