La guerra y la civilización

(Acracia, Agosto 1886)

La justicia sin la fuerza es impotente; la fuerza sin la justicia, tirana.

La justicia sin la fuerza es desoída; la fuerza sin la justicia, despreciada.

Pascal.

La historia demuestra que nunca se abandonó un error y se aceptó una verdad pacíficamente, ni tampoco se conservó ésta sin la protección de la fuerza; y si esta afirmación se halla comprobada por el estudio de la vida de la humanidad, si todos los pueblos sin distinción de cultura, religión ni régimen la han evidenciado, ha de reconocerse su indiscutible verdad.

Los filántropos que sueñan en la paz universal, como los utopistas que confían en el exclusivo poder de la idea, viven, pues, fuera de la realidad de la vida, y su trabajo, por más que reconozcamos su buena fe, es pernicioso, porque sólo produce la prolongación de la injusticia si es fuerte, y el desconocimiento de la justicia si es débil.

Si una ley permanente existe en la historia es esta: toda idea se establece por la imposición, no por la persuasión. Tertuliano pudo decir en el segundo siglo del cristianismo “somos de ayer y ya nos extendemos por todo el mundo”, creyendo que pronto el mundo iba a ser cristiano, y sin embargo sólo cuando tuvo la fuerza cuatro siglos más tarde, con el emperador Constantino, pudo imponerse, no el cristianismo, sino el catolicismo. Lo que consigue la idea por su propia bondad es generalizarse, adquirir partidarios, y estos, por su número y su organización, adquieren fuerza, con ella luchan, combaten las preocupaciones y los intereses creados que se le oponen, y por último; se imponen a consecuencia de una batalla decisiva.

Guerra y civilización son, pues, dos términos aparentemente contradictorios, pero que muchas veces se explicán recíprocamente, dándonos el uno la razón del otro.

Las batallas, dice Pi y Margall, han sido muchas veces una necesidad en el mundo. Se las cree todas hijas del capricho, ya de los reyes, ya de los pueblos; pero injustamente. En muchas se han hallado frente a frente dos principios. La civilización ha luchado con la barbarie, la idea con la realidad, lo porvenir con lo pasado. Las revoluciones y las reacciones no son más que batallas: ¿sabéis por qué las hay en los pueblos? Llevamos la contradicción en el espíritu: ¿cómo no ha de parecer en los hechos de la humanidad y el hombre? Hé aquí por qué vivimos separados en bandos y remueve la guerra el suelo de las naciones”.

La paz y la guerra, dice el autor que nos sirve de guía en este trabajo,1 vienen representando los dos polos de la historia, cuyos verdaderos nombres son el derecho y la fuerza. Entre dos polos gravitan el mundo moral y el mundo físico; como que de su contradicción nace la armonía y de su antagonismo el equilibrio. El secreto de la actividad social no es otro que esa perenne contradicción, y ese antagonismo constante que así se revela en la naturaleza como en el hombre, en el hombre como en la familia, en la familia como en las sociedades. Vida de luchas incesantes en todas las esferas, vida sembrada de obstáculos a través de los cuales el progreso se realiza de un modo penoso, pero constante. La idea lucha a veces con la fuerza, y es la fuerza misma la que asegura su dominación; porque a la postre esta viene a convertirse en su esclava, pero no sin haber recibido la terrible sanción de los combates. En cambio, la fuerza que se revela en toda su plenitud en la guerra, no puede destruirse si no se destruye también la libertad necesaria a la realización del progreso. Dentro de esa vastísima esfera se mueve el hombre con toda su grandeza y la humanidad se desarrolla más cumplidamente.

Cuando una civilización no guarda equilibrio con la fuerza, si no desaparece por completo, queda oscurecida, como consecuencia de su propia debilidad. Por esto Grecia sucumbió al poderío romano, Roma y la civilización latina cayeron a los empujes de los bárbaros; así cayó en España el poderío godo, lo mismo que el caduco imperio de Oriente, y así pesó sobre la Italia del Renacimiento el azote de una doble invasión. Así se explica el fraccionamiento de Polonia y la humillación de la Francia corrompida por el régimen imperial ante la fuerza avasalladora de los ejércitos prusianos.

El ideal del mundo antiguo, que era la conquista, lo realizó Roma por la fuerza y por la guerra. Tenía por objeto este ideal la fundación de una gran unidad material, la unidad de todos los pueblos bajo la dominación de Roma, la reunión de todos los cultos en el Panteón, de todas las sectas en el Foro, consiguiendo sólo positivamente la amalgama de todos los vicios que transformaron la Roma de los Césares en un lupanar. Pero sobre aquella unidad absorbente tomaba asiento una idea civilizadora, un nuevo derecho, para el cual habían abierto camino las lanzas del legionario, la inteligencia de los capitanes que sojuzgaron sus provincias y la de los cónsules que les dictaron leyes; así llevó a gran parte de la tierra su régimen municipal, sus costumbres y sus artes. Ya antes de que esto se realizara, las naves del errante fenicio que lleva la civilización egipcia a las playas griegas, y la heroica expedición de Alejandro al través de las misteriosas regiones del Asia, preparan en Oriente el advenimiento de una nueva edad. Y obsérvase que si la guerra concluye a veces con una civilización, no es sin que a su vez ésta triunfe de la fuerza y se imponga a sus mismos dominadores. La corrupción asiática alcanzó a los griegos y los vicios de Oriente a los romanos, preparando en Occidente el camino a los bárbaros, cuyas primeras avanzadas, sometidas al civilizador influjo latino, transforman sus usos al poco tiempo de caer sobre el imperio. Es de ello ejemplo patente el pueblo godo, a quien cupo estable dominación en España. Posteriormente y ya en pleno Renacimiento, Italia, invadida a la vez por franceses y españoles, falta de unidad, combatida por sus príncipes y sus repúblicas, cubierta de ruinas y de sangre, pero radiante de esplendor y de belleza, donde brotan con el Renacimiento todos los gérmenes de la vida moderna, se impone a sus conquistadores, españoles y franceses, se impone a Europa, dicta a todos sus usos y costumbres, les deslumbra con sus obras maestras y su refinada cultura, y salvando los ensangrentados campos, se enseñorea de las cortes del Mediodía. Entonces España dirige a un nuevo mundo sus carabelas conducidas por un hombre de genio, y si tras él el espíritu aventurero hace a la virgen América presa de perturbadores elementos, entrega a la civilización un nuevo continente, abriendo ilimitado campo a la actividad humana.

La triple revolución religiosa, filosófica y político-social por que cruzan respectivamente los siglos XVI, XVII y XVIII, se desarrolla por la guerra en Flandes y en Alemania, en Inglaterra y en Francia. Las diferencias religiosas hacen del primero de aquellos pueblos un sangriento teatro, donde se asegura por las armas la libertad de conciencia predicada por los reformadores; así como la fermentación político-social desarrollada en Francia por los enciclopedistas, al estallar imponente y grandiosa en aquel país, levanta ecos de guerra allende el Rhin, los Pirineos y los Alpes, cruza la tierra y el mar y comunica el incendio por el mundo; atacada por una coalición poderosa se defiende con sublime heroísmo, y concluye por ser su heraldo el mismo hombre que trata de ahogar la revolución entre sus brazos y que la propaga por Europa llevándola envuelta entre los pliegues de sus banderas. Tomó la forma de un águila, Y como ella batió el espacio con sus alas cruzando altiva el continente entre el humo de cien combates. ¡Hé aquí la guerra! Italia conquisto la unidad a sus ecos; Grecia un nombre; Austria vio abatido su antiguo poderío; Francia ganó y perdió su reputación militar en breve tiempo y, más rápidamente aún, parte de su territorio; Prusia ató en inseguro haz algunas provincias coronándolo con una diadema imperial; Turquía no sin dignidad, se ha visto próximo a desaparecer; Rusia, ganosa de dominación, nada ha resuelto en definitiva; surgen y desaparecen pequeños Estados entre ese caos en que oscilan la fuerza y el derecho.

La idea de la paz permanente, dice Martínez de Monge en su libro la Razón de la Guerra, data de muy remota antigüedad. Ella fue la que inspiró a los griegos la institución de los Anfictiones, o sea representantes de todas las Colonias y Estados de Grecia, que, reuniéndose dos veces al año en el templo de Ceres, deliberaban sobre cuestiones religiosas y resolvían sobre las diferencias entre las ciudades anfictionesas, reconociendo ciertas garantías en los casos en que no pudiera evitartese la guerra. A pesar de tener facultades para exigir el cumplimiento de sus decretos a todos los pueblos que formaban parte de la confederación jamás pudo con el espíritu individualista de la raza helénica y nunca llegó a ser considerada como verdadera dieta nacional.

En 1464 el rey de Hungría, hallándose en lucha con el papa y con el emperador, envió una embajada a Luis XI, rey de Francia, para proponerle se convocase una asamblea de reyes y de príncipes, con el objeto de constituir nuevamente la Europa, coligándose al efecto los Estados secundarios contra el pontificado y el imperio, a fin de prevenir la opresión de estas dos potencias; semejante proyecto, que por entonces no tuvo acogida, fue modificado tiempo más tarde por Enrique IV, quien lo sometió sucesivamente a Isabel y a Jacobo I de Inglaterra, sin conseguir resultado alguno. En esta época, y después de ella, gran número de hombres eminentes han procurado hallar los medios de mantener la paz; Emerie Lacroix en 1623 propuso constituir una dieta internacional permanente, donde los miembros elegidos por los pueblos, tuvieran la misión de examinar las causas de las guerras y dirimir las contiendas; dos años más tarde, Crotius, en su tratado De Jure belli et pacis, invita a las potencias cristianas a reunirse en los casos de conflictos internacionales, con objeto de obligar a las partes contendientes a recibir la paz en condiciones equitativas; en 1693, William Penn escribió en Londres un Estudio sobre la paz presente y futura de Europa, con el mismo fin; en 1745 apareció el Proyecto de paz perpetua del abate Saint-Pierre, puesto que tiende a eternizar el status quo e imposibilita la emancipación de los pueblos, formando una liga de soberanos. Bentham, Fourier, Saint-Simon, Kant y otros han continuado sosteniendo la idea de diferentes modos, y últimamente ha circulado una pequeña cartilla, dando las bases para el Congreso de la paz”.

Desde la institución de los Anfictiones, 1496 antes de nuestra era, según Odysse-Barrot, se han jurado en el mundo 8.397 tratados de paz, y en ese período de 3.357 años figuran 227 años de paz frente a 3.130 de guerra, que han producido, calculando a bulto, la muerte de más de 151 millones de hombres.

Todos estos tratados revisten cierto carácter de perpetuidad, todos se han cerrado con las mayores formalidades y acompañado de las más solemnes promesas. Y sin embargo, la historia acusa que la duración por término medio de esos 8.397 tratados ha sido la de dos años. ¡El viento se ha llevado los juramentos como las palabras! Y a medida que la civilización se va desarrollando, si ha ido en aumento el número de los convenios diplomáticos, no ha disminuido el de las batallas.

De hecho, dice Saliéres, la diplomacia ha fomentado más las guerras que contribuido a contenerlas. Firmar tratados de paz después de la lucha es reconocer las pretensiones del vencedor. Un tratado es sólo un armisticio o una tregua, o si se quiere un pedazo de papel que uno de los firmantes rasga de un sablazo. Los que firman prometiendo y concediendo con las bayonetas del enemigo en el pecho, se creen desligados de su compromiso cuando se sienten fuertes para resistir o atacar. Esto es lo que constantemente prueba la historia”.

Entre todos los tratados firmados por las potencias desde la paz de Westfalia, sólo hay uno observado fielmente, el de Methuen, de 27 de Diciembre de 1703, ajustado entre Inglaterra y Portugal, perjudicialísimo para los portugueses, única razón de su fiel observancia.

Después que se hubo propagado el derecho en Europa como cuerpo de doctrina, la historia consigna atroces atentados contra el derecho, entre los que en época reciente figura el reparto de un pueblo por tres poderosas potencias.

Estos gravísimos ultrajes a la justicia se han repetido incesantemente, a pesar de la solemnidad de los tratados y de los siguientes congresos: de Munster y de Osnabruck en Vestfalia 1648; de los Pirineos 1659; de Oliva, que fundó la soberanía de Prusia e inauguró el desmembramiento de Polonia, 1560; de Breda 1667; de Aix-la Chapelle 1668; de Radzyn 1670; de Nimega 1678; de Francfort 1681; de Andrusowi, que continuó el desmembramiento de Polonia, 1684; de Altona 1689; de Ryswich 1697; de Carlowitz 1698; de Utrech 1713, de Baden 1714; de Brunswich 1714; de Anvers 1715; de Passarowitz 1718; de Nystadt 1721; de Cambray 1722; de Soissons 1728; de Niemeroff 1737, de Abo 1741; de Aix-la-Chapelle 1748; de Hubertsbourg 1763; de Folskchany 1772; de Bukarest, al que siguió el famoso tratado de 1774 entre Prusia y Turquía, 1773; deTeschen 1779; de París, seguido del tratado de Versalles de 1783, 1782; de Versalles, que produjo el de Fontainebleau de 1785, 1784; de Reichembach 1790; de la Haya 1790; de Sislowa 1791; de Rastadt 1797 y 1798; de Amiens 1802; de Erfurt 1808; de Fassy 1899; de Praga 1813; de Chatillon 1814; de Viena 1815; de Aix-la-Chapelle 1818; de Carisbath 1819; de Viena 1820; de Troppau 1820; de Verona 1821; de Londres 1830 y 1836; de París 1857; de Berlín 1878.

Es evidente que la paz es una aspiración, un ideal, que si algún día llega a realizarse, será únicamente cuando la Sociología haya dicho su última palabra respecto a la teoría de la sociedad, y cuando la Revolución haya cumplido su misión de imponerla a la práctica; y una vez más, y acaso sea la última, aunque no nos atrevemos a prejuzgarlo, la fuerza será servidora del derecho, y derecho y fuerza, será una misma cosa que presente dos fases distintas, porque el antagonismo que les separaba habrá desaparecido en la unidad de la justicia.

Dice Guizot: “El derecho no es nada cuando no se cuenta con la fuerza para que prevalezca”. Tan tremendas palabras, que parecen inspiradas por el cinismo de un salteador de caminos, encierran una solemne lección, y si los socialistas la olvidan caerán en un ridículo quijotismo.

Es necesario definir el derecho; pero no menos necesario es armarse y organizarse para imponerle y, si conviene, conservarle. Lo contrario es pisotear el derecho inspirados por miserable debilidad. La injusticia cometida pacíficamente extendiéndose por todos los ámbitos de la tierra y prolongándose a través de las generaciones es un mal infinitamente mayor que un campo sembrado de cadáveres y una ciudad en ruinas: la primera es el mal viviendo sujeto a método y sistema y sin fin probable; lo segundo es la tempestad, a cuyo fragor tiembla la naturaleza, y que después ejerce saludable y benéfica influencia. Víctor Hugo, luchando como hombre de imaginación, con opuestos sentimientos, exclamó un día: “¡Deshonremos la guerra!” Después comprendió su error y escribió: “No se pone la paz debajo de la fraternidad; la paz es su resultado: no se decreta la paz, como no se decreta la aurora”.

En resumen: Si el pensamiento indicó la vía que el progreso debía seguir, la guerra desbrozó el camino arrancando intereses y preocupaciones, y lo hasta aquí sucedido irá sucediendo hasta que la sociedad encuentre perfecto asiento. La guerra, pues, es un auxiliar del pensamiento, y condenarla en absoluto es anular a la vez el pensamiento y renunciar al progreso.

1Barado, La Guerra y la Civilización, interesante opúsculo que extractamos con el beneplácito del autor, adaptando los datos históricos que contiene a nuestro criterio.