La jornada de ocho horas

(Acracia, Octubre 1886)

Grande es el poder de la asociación, a ella somos deudores de la realización de los más grandes y de los más nobles propósitos que haya podido concebir el pensamiento, en ella confiamos, no sólo para mantener las conquistas de la civilización, sino para trabajar con fruto en la obra del progreso.

Cuando la asociación se propone un fin racional, su organismo está bien entendido y combinado y sus miembros se hallan animados por la constancia, su poder es incontrastable; por pequeños que parezcan, sus componentes alcanzan los últimos límites de lo posible, colocados mucho más lejos que lo que los supone la generalidad; es como esas inmensas moles de que nos habla Michelet, agrupaciones que merecen el nombre de continentes y cuya unidad son los restos de insectos microscópicos.

La asociación sólo tiene un enemigo temible: la asociación.

Asócianse los trabajadores para alcanzar su emancipación, asócianse los privilegiados para negársela. Carecen los primeros de instrucción, tiempo y capital; tienen los segundos por suya la universidad, pueden disponer de las horas a su antojo y monopolizan toda la riqueza producida; tienen los unos contra sí las leyes, son los otros legisladores.

Dos fuerzas iguales y opuestas se neutralizan; una superior vence a otra inferior. La asociación de los privilegiados tiene, pues, todas las condiciones necesarias para destruir a la de los desheredados.

Si los proletarios se asocian para cooperar, los privilegiados que ven, no sólo un concurrente, sino unos clientes menos, tienen medios para ahogar la sociedad naciente, a menos que les convenga para ulteriores fines dar la mano a unos cuantos proletarios para elevarlos a la categoría de burgueses. Si se reúnen por oficios para imponer una tarifa en que se consigne aumento de jornal o disminución de horas de trabajo, raro es el caso en que la caja y el crédito del burgués no pueda dar buena cuenta de la caja de resistencia obrera. Y es que combatir los males de lo existente con lo que participa de la causa del mal, podrá a lo sumo producir los efectos de un paliativo, nunca será un remedio radical.

Hállase, pues, el proletario entregado a los efectos del desbarajuste autoritario y capitalista de la sociedad presente, y mientras a ella se someta, mientras como trabajador se contente con regatear con el usurpador de los medios de producir un real más o una hora menos de su salario, y como consumidor no piense más que en cooperar para comer más barato, siempre tendrá sobre sí el peso de la clase dominante que legisla, gobierna, manda, explota y despilfarra.

En tal situación es inútil pensar en el esfuerzo individual para aquello en que la acción combinada de muchos fracasa por ineficaz.

No menos inútil es confiar en la eficacia de la política, cuya acción se limita al arte de gobernar a los hombres considerados como incapaces de entenderse sin una autoridad que les guíe, pasando por la contradicción de encargar a unos hombres aquello de que declara incapacitados a todos los hombres, y es nula para dar solución al problema social.

Tiene, pues, el proletariado cerradas todas las puertas de la esperanza. No hay para él mejora parcial posible: si se asocia para cooperar, aplástale la concurrencia capitalista; si se asocia para resistir, aun suponiendo que triunfe en luchas parciales, nivélanse los precios de la mano de obra con los de los productos, y lo que gana como productor lo pierde como consumidor.

Mas, a pesar de la ineficacia de los medios hasta aquí aconsejados para alcanzar su emancipación, el proletariado no puede renunciar a ella; necesita abrirse camino para llegar a las grandes justificaciones que guarda el porvenir. Tiene conciencia de su derecho y un ideal, y en tales condiciones no es apto para sobrellevar la condición servil a que le tiene condenado la sociedad presente. El conocimiento del derecho y la aspiración a la libertad comprimidos por una tiranía, sea política, sea económica, produce necesariamente una explosión revolucionaria al menor incidente que sobrevenga, a la manera que las materias explosivas contenidas en una mina explotan cuando les toca la chispa fulminante.

Necesítase, pues, adoptar una conducta negativa, ya que no la hay positiva que conduzca a un fin racional y práctico. Es indispensable que el proletariado organice la lucha para el triunfo de su ideal.

No puede ser esta lucha aquella en que la burguesía tiene probada su superioridad por los grandes medios que le proporciona el poder y la riqueza. Nada puede el proletariado contra un ejército que, a la severidad de la disciplina, reúne la perfección del armamento; es igualmente impotente para luchar en el mercado con sus pobres cuotas contra el gran capital. Quédale sólo la lucha económica.

Así lo ha comprendido el proletariado en las naciones más productoras y por consecuencia más explotadas; así lo demuestran las grandes manifestaciones del pueblo trabajador en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Bélgica, etc., al dar como grito de guerra la jornada de ocho horas.

No entienden los trabajadores que han iniciado este movimiento alcanzar un estado normal en que mediante un trabajo diario de ocho horas se gane un jornal capaz para atender dignamente a las necesidades del hombre civilizado, eso es una verdadera utopia; propónense hacer guerra a los privilegios de la burguesía, producir perturbación, iniciar el periodo revolucionario que tenga por término la supresión del salario.

Con ello pierde el trabajo el carácter de mercancía pasiva que tiene para los cálculos del burgués y empieza a adquirir el valor activo que le corresponde; sufre una disminución el tiempo destinado a efectuar la ganancia del explotador; obliga a éste a emplear 3 obreros de 8 horas para hacer el trabajo de 2 de 12; imposibilita la realización de los contratos basados en una explotación exagerada; atrae a los trabajadores a la organización y produce un desequilibrio en las actuales condiciones sociales que necesariamente ha de dar ocasión justificada a traer a la práctica las soluciones Sociológicas ya reconocidas como de perfecto valor científico.

Contra el estancamiento de la rutina y del privilegio, necesítase el empuje revolucionario, y este empuje, después de efectuada la demostración racional de su objetivo, deben verificarlo los más directamente interesados en que la reforma se lleve a cabo: éstos son los trabajadores, víctimas de siempre que, desengañados de la imposibilidad de pactar dignamente con la sociedad en que vivimos, y empeñados en alcanzar la realización de su ideal de justicia, dejan a un lado las diferencias de escuela y hasta las preferencias personales que les separaban y se agrupan bajo el lema de la jornada de ocho horas, con la mira de obtener la consagración de todos sus derechos por la transformación de la propiedad y la supresión del salario.