Virtud y deber

(Acracia, Octubre 1886)

En una organización social en que las instituciones, las leyes y las costumbres mantengan en vigor las jerarquías opuestas a la Igualdad, el predominio de esas mismas jerarquías superiores contrario a la Libertad, y el monopolio y la explotación que escarnecen la Justicia, los individuos que se sienten inspirados por el bien, practican la Virtud y al hacerlo así, se elevan sobre el nivel moral de su tiempo.

Los individuos virtuosos, más o menos conscientemente, protestan contra la insuficiencia moral de la sociedad en que viven y preparan la evolución progresiva para la conquista de las reformas.

La existencia de individuos más justos que la sociedad de que forman parte es un hecho constante, no interrumpido en la serie inmensa de generaciones que constituyen la vida de la humanidad, y merced a él podemos apreciar el progreso realizado hasta nuestros días, y gozar anticipadamente del que se efectuará en lo porvenir, mediante la concepción científica de una sociedad basada en los indestructibles principios de la sociología.

Pero si la virtud, como excepción del mal en una sociedad injusta, y como elemento de progreso, es meritísima; considerada en abstracto en injusta, por cuanto impone a los que la practican la obligación de dar más bien del que reciben, y lo que es más, de dar bien en cambio de mal.

Así, pues, todo sistema religioso, filosófico o social que se funde en la virtud, es inmoral, es injusto.

A la virtud, necesidad del presente y del pasado, ha de reemplazar el deber, necesidad del porvenir, que significa el cumplimiento de las funciones reservadas a cada uno en un organismo social.

Si suponemos una sociedad fundada en la estrecha reciprocidad de los deberes y los derechos, un conjunto de instituciones en armónica correspondencia con la naturaleza humana, en que cada individuo dé a la sociedad con justa proporción de lo que ésta da a cada uno, todos cumplirán su deber, todos serán justos, y la virtud habrá pasado a la historia por inútil y vacía de sentido.

El Deber, pues, supone una sociedad sin fronteras que aislen los pueblos, sin gobernantes que legislen atendiendo sólo a sus intereses, sin holgazanes acaparadores de la riqueza producida por los pobres trabajadores, sin charlatanes que vendan indulgencias a crédulos e ignorantes.

¿Será dado a la humanidad alcanzar algún día sociedad semejante? Si hay quien se atreva a responder negativamente, que renuncie para siempre a invocar el progreso, porque este, si es un hecho evidente con respecto a lo pasado, es una promesa de cumplimiento infalible para lo porvenir, y no hay nadie capaz de señalarle límites en su marcha ascendente hacia el perfeccionamiento, aunque otra cosa digan cuatro necios conservadores o reaccionarios.

Tenemos pues:

Virtud, idea complementaria con que los buenos procuran reparar el déficit moral en que se han hallado y se hallan las sociedades humanas; que quieren hacer permanente los que niegan a la humanidad el poder de alcanzar una forma social justa, sin tener en cuenta que es absurdo, inmoral e injusto pedir a los hombres que presenten la otra mejilla al que le haya abofeteado.

Deber, idea de reciprocidad que suave y dulcemente obliga al hombre a llenar su función social en perfecta y equitativa compensación de los beneficios que de ella recibe.

¿Cuál, pues, es la obligación del hombre con respecto a estas dos ideas Virtud, Deber?

Imponerse la virtud de inspirarse en el deber para limpiar la sociedad de todos los errores tradicionales y procurar armonizarla con la justicia; es decir, ser revolucionarios.