Pacto y ley

(Acracia, Diciembre 1886)

La primera vez que los hombres sintieron la necesidad de obrar de mancomún, ya para la defensa, ya para la producción, ya para el cambio, pactaron, y al nombrar un jefe o un director, no entendieron seguramente crear una autoridad, sino una delegación. Si el delegado se creyó señor, rey, emperador, fue debido a que el individuo tiende a abusar cuando las circunstancias le favorecen, y a que los contratantes no supieron garantir las bases del pacto.

Este principio es tan universal y tan natural, que en todas las épocas, lo mismo que en la actualidad, cuando los hombres quieren reunir para cualquier objeto la parte de actividad que les deja libre la autoridad dominante, pactan también.

Cuando un delegado por las libres partes pactantes, abusa del poder que se le confiere y se erige en señor de los que le encumbraron, legisla, primero en su propia defensa, y después, cuando la duración del abuso del poder hace olvidar su origen y llega a alcanzar el carácter de institución permanente, con el fin de normalizar la vida del señorío, reino o imperio.

Este abuso repítese con harta frecuencia, y todos los días vemos sociedades, cuyas juntas directivas o sus presidentes, para perpetuarse en el poder o para otros fines, legislan también.

El pacto representa la libertad, y también la parte que de la misma libertad abdican los individuos en bien del objeto común.

La ley representa la voluntad de un usurpador y también la sumisión de individuos que dejaron de ser libres.

El pacto es la libertad, la dignidad, la responsabilidad.

La ley es la imposición, la indignidad, la servidumbre.

No necesita el pacto de sanción exterior, bástale con que las partes contribuyan equitativamente a su objeto, y perciban en justa proporción sus beneficios, y si la ley se entromete a garantirle, es para realizar una doble injusticia; la exacción de un tributo y la sumisión de una parte a un contrato leonino.

Necesita la ley una sanción exterior, porque careciendo el legislador de fundamento racional, no sería obedecido si no ostentase un título con que seducir a los sometidos. En tiempos de poder personal, dícese el autócrata legislador de derecho divino; cuando a los poderes personales suceden clases privilegiadas, invócase la representación nacional.

Derecho divino: ficción del presente para oponerse a la libertad.

Representación nacional: ficción del presente para oponerse a la libertad.

Ambas ficciones soh los fundamentos de la ley, opuesta al pacto, y señalan los límites de esa falsa ciencia del gobierno que se llama política, que se origina en el désconocimiento de la libertad, se desarrolla y vive legislando, es decir, tiranizando, y morirá cuando renazca la libertad y su principal manifestación: el derecho del libre pacto.

Concibe fácilmente la razón que la sociedad pueda basarse en el libre pacto, porque este sirve para satisfacer todas las necesidades individuales y sociales, y en su fiel cumplimiento hállanse interesados por igual los individuos y las colectividades.

No concibe la razón que la ley sirva de base a la sociedad, porque en lo que tiene de orgánico significa estacionamiento, en oposición al movimiento, ley de la vida, y en lo que tiene de moral prejuzga los actos sin poder desentrañar la verdadera responsabilidad.

Vive el pacto por el interés de las partes contratantes que disfrutan de sus ventajas, y tienen la seguridad de poder rescindirlo cuando a sus intereses no convenga.

Vive la ley por el privilegio y la fuerza pública.

El progreso en su día establecerá la fuerza de la razón sobre la razón de la fuerza.