La demagogia burguesa

(Acracia, Febrero 1887)

La Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo Barcelonés ha entablado una discusión sobre el socialismo. Inició los debates con una extensa memoria el secretario de dicha Sección, haciendo una historia del socialismo desprovista de toda realidad y una exposición de sus aspiraciones que, si no mereciera el calificativo de inocente, la calificaríamos de injuriosa, para terminar afirmando que el socialismo no puede armonizarse con el progreso moderno.

El Sr. Salas Antón combatió la memoria, declarándose partidario de lo que se ha convenido en llamar socialismo de cátedra, calificación que se da al conjunto de teorías que aceptan los pensadores, guiados por una aspiración de justicia, aunque desprovistas de calor y de vida, por cuanto se salen de la realidad de las cosas por el afán de inventar hipótesis más o menos ingeniosas. Así, por ejemplo, acepta el orador la desposesión de los actuales monopolizadores de la tierra y de los medios de producir, pero quiere que la sociedad, reintegrada en el patrimonio universal, conceda una indemnización a los desposeídos. Los proletarios socialistas no podrán cumplir las promesas ni las esperanzas del Sr. Salas Antón, porque más íntimamente poseídos del sentimiento de justicia, no transigirán con el monopolio, el cual, por más que se haya perpetrado a la sombra de la ley, es una injusticia social y ha de desaparecer, y los burgueses que sobrevivan a la gran reivindicación social han de ponerse en aptitud de contribuir a la producción si quieren vivir, porque las bicocas habrán terminado. Por dolorosa que parezca la posición de estos en aquellas circunstancias no será más triste que la de aquella multitud de trabajadores que se quedan sin medios de vida cuando se inventa una máquina, cuando hay crisis por exceso de producción o falta de demanda o cuando una compañía promueve un paro con el fin de rebajar las tarifas de la mano de obra, cosa que ocurre todos los días y produce la desesperación y la miseria de infinito número de trabajadores en todo el mundo civilizado.

Combatieron al anterior los Sres. Balagueró y Rahola llamándose individualistas, pero ambos tan poco conocedores del asunto que traían entre manos, que tan pronto hacían afirmaciones acráticas que no tendría inconveniente en suscribirlas el que traza estas líneas, como se entretenían en divagaciones sobre la acción paternal del Estado y la necesaria intervención de los poderes públicos sobre los actos más insignificantes de la vida. Convencidos de que el título académico que poseen y la posición que disfrutan les da competencia para todo, han hojeado varios libros, han tomado los datos y los argumentos que les han parecido de más bulto, y sin tomarse la molestia de adaptarlos a un criterio uniforme y racional, los han arrojado a guisa de proyectiles contra el socialismo, careciendo del juicio necesario para comprender que por su contradicción resultan completamente ineficaces. Parten de la preocupación, desechada ya por todos los obreros pensadores, de considerar a los capitalistas como representantes de la parte inteligente y directiva de la producción, y a los trabajadores como meras fuerzas materiales que contribuyen a ella de una manera secundaria, siendo así que la moderna ciencia económica demuestra que capitalista y productor deben ser una sola y única persona, y por consecuencia proclama la propiedad colectiva y clasifica como productores a todos cuantos en los diversos y múltiples ramos de la actividad humana contribuyen a la satisfacción de las necesidades del cuerpo social, desde las investigaciones del sabio hasta los más rudimentarios trabajos de la agricultura. Ha dominado en dichos señores la idea de presentar a las socialistas como guiados por una aspiración sensualista, inspirados por la envidia y desconocedores de toda noción de justicia, y con tanto apasionamiento y tan garrafales contradicciones han probado que nuestras universidades, esos establecimientos donde la burguesía enseña y aprende la ciencia a medias, se dan diplomas y derecho de ejercer profesiones científicas, pero no está probado que se dé la aptitud necesaria para ejercerlas.

En las rectificaciones trataron de sacar todo el fruto posible de los argumentos de su contradictor, pero a pesar de haber tenido todo una semana de tiempo, cuando menos, no llegaron a hacer maravillas.

Lleno de fogosidad presentóse el Sr. Domenech, y, aunque tuvo la precaución de advertir que no se proponía hablar a la inteligencia, sino al sentimiento, todavía nos fué preciso contenernos para no dar rienda suelta a la hilaridad, al ver aquel derroche de elocuencia para embellecer vulgaridades, lugares comunes, disparates y todo cuanto puede decir el que se propone echar discursos sin estudiar ni meditar lo que dice.

Continúa la discusión, y si en sesiones posteriores no se eleva, aquel centro artístico, científico y literario quedará acreditado de club demagógico burgués.