Pesimismo y optimismo

(Acracia, Abril 1887)

La vida es un continuado camino entre una serie no interrumpida de escollos.

Esta definición podrá no ser científica, ni filosófica, pero es gráfica. De muchas clases pueden ser esos escollos, y diferentes clasificaciones les corresponderían, según el pensamiento y el objeto del clasificador. Al nuestro sólo corresponde señalar los que se ofrecen al que pasa la vida sin la guía de un principio justo, de una aspiración racional, y, por consiguiente, de un criterio seguro; estos escollos son: el pesimismo y el optimismo.

El pesimismo es muy peligroso y a cada paso encontraréis desgraciados que contra él se estrellaron.

El optimismo no lo es tanto; caen en él en mucho menor número que en su antagónico, y aun casi todos salen por fin, pero no para mantenerse firmes y seguros en la marcha de la vida, sino para salvarse de Scila y estrellarse en Caribdis.

El pesimismo es la negra desconfianza, la esencia de la mala intención, la diplomacia del estúpido, lo superlativo de la fatuidad.

Para el pesimista todas las manifestaciones del pensamiento envuelven una segunda intención, todos los hombres son hipócritas, todas las generosidades encubren un repugnante utilitarismo.

Cree el pesimista que el mundo es un inmenso escenario y todas las escenas de la vida son el producto de una oculta tramoya. Decimos mal, oculta. Todo el mundo desconocerá el oculto mecanismo, fuera de la parte que a cada cual corresponda en la farsa, sólo el pesimista tiene el inmenso, el extraordinario, el sublime talento de adivinar lo que se oculta a la penetración de todos; él sabe lo que trae entre manos la diplomacia universal, lo que se proponen todos los gobiernos, lo que traman los conspiradores; os hablará de los propósitos de Inglaterra como si todos los ingleses pensaran con un cerebro común y con una boca también común le hubiesen declarado su pensamiento; para él no tiene misterios el jesuitismo ni la masonería, y tan sublime penetración, sabiduría tanta, contrasta frecuentemente con el aspecto más tronado y las más grandes privaciones. El poseedor de tantos secretos, que podrían enriquecerle si actuara de bajista en la Bolsa, carece frecuentemente de lo necesario.

El optimismo es el reverso de la medalla: la confianza irracional, la bondad del majadero, la esperanza de lo inverosímil.

Para el optimista todas las perversidades tienen disculpa, todas las hipocresías se cotizan a la par, todas las monstruosidades se ajustan a las rigurosas exigencias de la estética.

Cree el optimista que el mundo es una grande y maravillosa sinfonía en que todas las notas que se producen simultáneamente dan el acorde perfecto, y que la sucesión de esas mismas notas se deslizan en suave y conmovedora melodía.

Tan sumergido en el fondo de lo absoluto como su antagónico el pesimista, la lucha por la existencia, las transformaciones de los Estados, las guerras, las revoluciones, los grandes cataclismos los considera como abstracciones, como sucesos imaginarios, creaciones de la fantasía para dar animación dramática al gran poema de la vida, y no puede en manera alguna descender a la consideración analítica de las pasiones, de las injusticias, de los dolores ni de las víctimas individuales; es para él la vida una ópera de grandiosa concepción, de brillante aparato, de música sublime, y las más culminantes escenas se le aparecen impregnadas de las sonoras ondulaciones de la orquesta, de la majestad del coro y del deslumbrante esplendor de las bengalas y de la luz eléctrica.

Veréis al pesimista revelando en su ademán el desconfiado encogimiento del zorro; si le miráis de frente bajará la vista y mirará disimuladamente a los lados; no puede soportar el brillo de una mirada franca. Su sempiterna suspicacia le inspira la más bajas acciones. No puede contar con un amigo, no recibe ni acepta el consuelo de nadie, ni menos puede alcanzar la relativa felicidad del amor y de la familia.

El optimista, por el contrario, lleva la cabeza levantada, anima su fisonomía beatífica sonrisa, no fija su mirada en ningún punto concreto como dirigiéndose a un infinito que sólo responde a la vacía concepción de la armonía universal que se anida en su mollera; suele tener amigos tunantes que le explotan o le escarnecen, y como con esa irracional beatitud no pueden ofrecerse garantías contra las adversidades de la vida, si llega a alcanzar una compañera y crear una familia, se ceba sobre él la adversidad de tal manera que concluye por fijar la atención en la realidad de la vida.

No tiene razón el pesimista, porque si todo fuese malo la vida habría desaparecido de nuestro planeta.

No está en lo cierto el optimista, porque si todo fuese bueno el mundo sería aquel paraíso del Génesis, o aquella edad de oro de los poetas en que el género humano vivía entregado a las delicias de inocentes orgías, o sumergido en la contemplación de la bondad y la belleza absolutas.

La ciencia de la vida está en aceptar lo real y lo verosímil, huyendo de los absolutismos sistemáticos.

Entre la necedad del pesimista y la candidez del optimista tiene siempre paso franco la prudencia del hombre de recto juicio.