El capitalismo en la agricultura

(Acracia, Junio 1887)

Hasta el presente el movimiento del proletariado concretábase a los grandes centros de población y a los trabajadores de la industria.

La perturbación causada por la concentración de capitales y por la aplicación de la mecánica pusieron tiempo há a los obreros industriales en el caso de organizarse para la defensa, a la par que determinaron la revelación de las aspiraciones emancipadoras del socialismo.

Cada vez que un invento destruía un método antiguo de producción y multitud de pequeños industriales sucumbían ante la concurrencia poderosa de la fábrica montada con gran capital y sorprendentes y poderosas máquinas, multitud de obreros antes diseminados en pequeños talleres y aun en el hogar doméstico se regimentaban en un gran centro productor, limitaban sus aptitudes productoras a las exigencias de la división del trabajo y seguían automáticamente el toque de la campana que señala alternativamente las horas de la explotación y las de la mísera libertad que conceden los explotadores.

Esa concentración, siguiendo la ley de las compensaciones, ha producido el proletariado militante, facilitando las relaciones, la propaganda y la organización y creando esa potencia proletaria que como un nuevo elemento de progreso ha surgido en el presente siglo.

Los trabajadores agrícolas quedaban naturalmente rezagados respecto de ese movimiento, merced a que el capitalismo ha retardado su entrada en los dominios de la agricultura, y por tanto el agricultor seguía viviendo en plena Edad Media y sin participar apenas de la lucha de las ideas modernas, entregado a la servidumbre moral y material impuesta por el cura y el cacique de aldea.

Tal estado ha de tener un término, y del mismo modo que el tejedor, por ejemplo, ha visto su telar anulado por la inmensa fábrica de hilados y tejidos, el campesino verá su olivar, su viña, su huerta y su tierra de pan llevar confundidas en la vasta granja, donde, bajo la dirección de un ingeniero, se aplicará la mecánica, la química y la división del trabajo para producir con arreglo a las exigencias de la economía y someterse a la ley de la oferta y la demanda.

Cuando esta transformación, iniciada ya, alcance cierto grado de desarrollo, comenzará a perderse el tipo rudo y semibárbaro del campesino, se verá en los campos el noble y simpático aspecto del obrero industrial y por todas partes surgirán secciones de agricultores que completarán las falanges del ejército revolucionario.

Para que no se crea que nuestras presunciones carecen de fundamento, llamamos la atención sobre un hecho que se viene produciendo hace ya tiempo en Barcelona y que en un principio llamó vivamente la atención de la prensa y de la opinión pública, aunque después, pasada la impresión del momento, haya caído en la general indiferencia con que aquí se miran los asuntos de verdadera importancia económica para dar la preferencia a cuanto afecta únicamente los intereses de los privilegiados o las preocupaciones proteccionistas. En el puerto de Barcelona se reciben grandes cargamentos de trigo que, a pesar de los gastos de transporte que ocasiona el cruce del Océano y los derechos de entrada, compite ventajosamente con el trigo español. De modo que España, país eminentemente agrícola, se ve derrotado en uno de sus puertos porque el empirismo del cultivo y la carestía de sus medios de transporte son inferiores a los adoptados en las apartadas regiones de Norte América, cuyo país da a la agricultura un desarrollo extraordinario, como puede verse por los siguientes párrafos de una Memoria publicada por el administrador de una hacienda, que reproducimos tomados de una publicación socialista: “Nuestra hacienda de 1.500.000 acres nos fue concedida en 1883 por el Estado de la Luisiana y el gobierno federal. Era entonces este territorio un inmenso erial donde pastaba el ganado de algunos negociantes de las inmediaciones. En la toma de posesión se encontraron más de 300 pares de caballos y toros salvajes. Se hicieron las divisiones convenientes y se construyeron estaciones o ranchos distantes seis leguas uno de otro, rodeando toda la extensión de la hacienda de una tapia que costó 250.000 francos. La tierra resultó excelente para el cultivo del arroz, del azúcar y del algodón.

Establecióse naturalmente la grande cultura, haciéndose todo el trabajo por medio del vapor, incluso el drenaje y el riego. Tres hombres con una máquina pueden labrar 30 acres diarios o sean sea 121.380 metros cuadrados. El desbroce, la plantación y demás trabajos todo se hizo y se hace de la misma manera. No existe en toda esta vasta hacienda un solo caballo de tiro, destinándose los caballos a los guardas del ganado, del cual hay 16.000 cabezas y a otros servicios análogos. Hay además una nevera, molinos, varios talleres y una cantera”.

Por si el anterior dato no basta, traducimos de nuestro colega holandés Recht voor Allen:

Todos sabemos que la famosa granja de Dalrymple, en el Dacota, era la mayor del mundo; es tan grande que un par de mulas arando empleaban medio día para hacer un solo surco, caminando siempre en la misma dirección.

Pues bien, últimamente se ha constituido una sociedad de capitalistas de Nueva York para explotar una granja tres veces mayor que la de Dalrymple. Tendrá 160 kilómetros de largo por 40 kilómetros de ancho, o sea un total de 640.000 hectáreas.

Todo el trabajo se hace en ella exclusivamente por medio del vapor. Cuando hay que arar, por ejemplo, un campo de 60 hectáreas, se emplean dos máquinas de vapor, una a cada extremo del campo, que impulsan el arado, ya en una, ya en otra dirección.

Por este procedimiento tres hombres labran 10 hectáreas al día, en tanto que con los procedimientos comunes, por medio de bueyes, no podrían labrar más que 2 o 3.

Esta sociedad cuenta con buques de vapor de su propiedad, y el ferrocarril del Sur del Pacífico cruza sus tierras en una longitud de 67 kilómetros”.

Como se ve, la pequeña propiedad y el cultivo tradicional se hallan en camino de ser absorbidos y transformados por la gran propiedad y el cultivo científico y económico, y por consiguiente la agricultura quedará sometida a la explotación capitalista como su hermana la industria.

Con esa transformación el capitalismo, como inmenso pólipo, llevará sus tentáculos a donde quiera que exista jugo que chupar para llenar su insaciable estómago, irá secando fuentes de vida y produciendo más y más esas grandes crisis que por alcanzarse unas a otras constituyen ya un estado permanente; pero habrá simplificado los términos del problema social y agrupado a todos los trabajadores del mundo civilizado.

Con los progresos de la organización coincidirán los del estudio y de la propaganda, que llegarán al punto de demostrar con absoluta y perfecta evidencia que la revolución burguesa sucumbió después de un siglo de existencia por haber opuesto al progreso su egoísmo de clase, al paso que por alcanzar su emancipación la clase desheredada, que constituye la última capa social, queda libre la vía del progreso, y la revolución proletaria será por esto imperecedera.