Justicia y economía

(Acracia, Junio 1887)

Puede decirse que hasta que el socialismo moderno suscitó la idea de justicia y economía sociales no se tenía un concepto claro de estas ideas.

Por justicia se consideraba los preceptos morales consignados en los libros sagrados o las prescripciones legales.

Por economía entendíase el conjunto de prácticas rutinarias transmitidas tradicionalmente en los distintos ramos de la actividad humana. Y era la justicia la Biblia y el Código; era la economía la rutina envejecida y aceptada sin examen.

La idea de justicia, que ha de ser la última expresión del trabajo del pensamiento en lo moral, y la de economía, que representará el dominio científico de la materia, tomadas de lo pasado y respetadas como cosa histórica y tradicional, constituyen un error gravísimo, cuya consecuencia inmediata es dificultar el progreso, convirtiendo en reaccionarios a los poderes, las instituciones, las costumbres y a un numero inmenso de personas.

La razón es clara: considérese si se quiere el cristianismo allá en su origen como un progreso inspirado por la idea de justicia que protesta contra los errores y la corrupción del paganismo; considérese igualmente el derecho romano como un progreso social y político respecto de la imperfecta organización de los Estados anteriores. ¿Puede aceptarse que el cristianismo y el derecho romano sean la fórmula absoluta de la justicia? Veinte siglos de dominación durante los cuales la historia archiva un cúmulo espantoso de guerras, revoluciones, pleitos y todo género de crueles y sangrientas desavenencias responden negativamente.

Las necesidades materiales de la vida son apremiantes e imprescindibles: para llenarlas cumplidamente era necesario tener una noción justa del derecho para que todo consumidor cumpliese sus deberes sociales sin faltar a la justicia, y después necesitábase un conocimiento suficiente, ya que absoluto no era posible, de la materia utilizable y adaptable a las necesidades humanas, juntamente con una organización equitativa del trabajo, del cambio y de la distribución de los productos. ¿Puede creerse que con la carencia de circunstancias tan esenciales existiera la economía? Las crisis industriales, la aglomeración de habitantes en los grandes centros de población, la miseria de las poblaciones rurales, las emigraciones en masa y las guerras para la conquista de nuevos mercados dan también respuesta negativa.

En el orden moral es justo lo que por el concurso de todos a todos beneficia por igual.

En el orden material es económico lo que por todos y para todos produce más y mejor resultado con menor esfuerzo.

Si con el criterio que de estos principios sociales se desprende juzgamos la actual sociedad, llegaremos a un severísimo juicio.

Encontramos que el producto se obtiene por el concurso de capitalistas y obreros: los primeros en posesión del crédito, del capital, de las primeras materias y de los instrumentos de trabajo; los segundos poseyendo únicamente,sus brazos y un empirismo práctico.

Para el capitalista la propiedad del producto, más los beneficios de su venta.

Para el obrero que ha vendido su trabajo por el jornal, hállase el peligro de verse despojado de su oficio, único medio de subsistencia, por la adopción de una nueva máquina, y cuando como consumidor ha de adquirir el mismo producto que ha creado, ha de pagarla usura al capitalista.

Semejante fundamento social, considerado con el criterio de la justicia, es inmoral e injusto, por cuanto viene a ser un pacto leonino en que el que contribuye con más es el que reporta menos en odiosa desproporción; considerado con el de la economía, es desordenado e irregular, toda vez que con ese sistema de producción se pierden fuerzas, inteligencias, actividades e iniciativas.

Tan inicuo como torpe procedimiento es causa de un dualismo social que divide a los hombres en explotados y explotadores, y se opone a la fraternidad y solidaridad que debe existir entre todos los miembros de la gran familia humana.

Vemos, pues, que lo que en el mundo de la tradición y de los explotadores se entiende por justicia y por economía, en el mundo de la razón y de la ciencia es injusticia y despilfarro.

Para que la justicia y la economía sean una verdad en los hechos y en la apreciación general de todas las inteligencias, necesítase una transformación social que destruya todos los privilegios, y una difusión de la ciencia que desvanezca los errores de la tradición y los espejismos con que los falsos sistemas alucinan a los sectarios.

Hoy que los trabajadores constituidos en potencia social proclaman que su emancipación ha de ser su propia obra, deben penetrarse bien de la noción exacta de justicia y economía, estudiarla en el seno de sus organizaciones, prepararse a llevar a la práctica sus conclusiones y acelerar la obra revolucionaria, porque sólo de este modo pueden, en medio de la sociedad de la injusticia y del desorden, anticiparse a servir la causa de la justicia y de la economía.