La sífilis

(Acracia, Julio 1887)

La extensión de los conocimientos de los trabajadores contribuye a robustecer su criterio y facilita la obra de su emancipación. Por el estudio se desvanecen las confusiones de la aspiración para adquirir las formas positivas de la realidad, y por la crítica de lo existente se viene en conocimiento de las raíces del mal que nos agobia.

Necesitamos elevarnos por la razón al conocimiento del conjunto social que se conforme con las condiciones de nuestra especie y con las exigencias de la justicia, a la par que debemos analizar y examinar las fuerzas, los errores, los vicios y las preocupaciones que nos sujetan a la sociedad presente.

Estas consideraciones nos mueven a aprovechar los trabajos presentados a la Academia de Medicina de París por el Dr. Fournier, como ponente de la Comisión nombrada para estudiar las reformas que habrían de introducirse en la profilaxia pública de la sífilis, ampliándolos con algunos datos oportunos que darán a nuestros lectores completa idea de la calamidad social de que vamos a ocuparnos.

La sífilis, verdadera peste moderna, amenaza la salud pública con un peligro gravísimo y permanente, peligro individual, hereditario y social.

El individuo, una vez infectado de sífilis, no está nunca seguro, aun después de un tratamiento específico prolongado, al que por lo demás pocos enfermos saben someterse, de estar para siempre libre de nuevos vencimientos, por decirlo así, que pueden presentarse a plazos muy largos, es decir, después de diez, veinte, treinta y más años. Las recientes investigaciones de la ciencia han ensanchado grandemente los límites de los dominios de la sífilis, pues un gran número de afecciones cerebrales, espinales, oculares, articulares, laríngeas, hepáticas, renales, vasculares y otras, se han encontrado dependientes de esta diátesis; la sífilis cerebral sobre todo se considera ya como un hecho bien averiguado e incontestable.

La sífilis es una enferrhedad contagiosa virulenta, constitucional, hereditaria e inoculable, constituida por un germen o principio virulento. Cuando no es hereditaria se manifiesta por una lesión local que parece insignificante si se la compara con el número inmenso de manifestaciones morbosas subsiguientes. En esta desastrosa enfermedad se interesa todo el organismo, que se ve atacado en sus fuerzas vivas, en los focos más profundos de su nutrición elemental, llegando al extremo de que en un momento dado todas las células se embeben de la materia morbosa. La impregnación es larga, tenaz y rebelde; resiste a los cambios materiales que se verifican incesantemente en los tejidos; se opone a la fuerza eliminadora que actúa en ellos cuando un agente agresivo y perjudicial los invade, y no se deja expulsar y neutralizar sino muy difícilmente por los agentes específicos. A pesar de la larga estancia del virus en el medio sanguíneo, llega un momento en que desaparece; pierde sus propiedades contagiosas, y a partir de aquí las lesiones emanadas de la acción sifilítica dejan de ser peligrosas e inoculables; creeríase que la enfermedad ha dicho su última palabra, que ha llegado al término de su evolución. Desgraciadamente no sucede así: aunque en muchos enfermos no tenga ulteriores consecuencias, en otros no es más que la primera etapa. De difusa y superficial que había sido hasta entonces, la enfermedad se torna circunscrita y profunda; se la ve despertarse después de muchos años de silencio, y esta reaparición es más violenta, más enérgica; se diría que sus raíces se han sumergido más profundamente en el organismo, más allá de la sangre, en las partes más íntimas del ser, en los últimos confines orgánicos, hasta en la sustancia primordial de la vida.

Las consecuencias hereditarias de la enfermedad, son todavía más desastrosas. Una mortalidad enorme, espantosa, pesa sobre la prole de los individuos sifilíticos, alcanzando por la parte de la madre hasta 71%, y en los establecimientos hospitalarios aun hasta 84 y 86%. Además el influjo de la sífilis hereditaria puede prolongarse más allá de la primera infancia, constituyendo hasta en la adolescencia, y acaso todavía más tarde, una causa de afecciones graves que pueden producir la muerte. Se sabe que cierto número de lesiones que hasta ahora se habían imputado vagamente a la escrofulosis, no son en realidad más que manifestaciones tardías de la sífilis heredada.

Las consecuencias sociales son las siguientes: achaques diversos que van a parar a la incapacidad para el trabajo y a la miseria, carga excesiva para la beneficencia pública; en el ejército inutilidad permanente de un gran número de individuos; propagación de contaminaciones innumerables entre la población; introducción de la sífilis en el matrimonio, conduciendo a las separaciones y divorcios con todas las calamidades sociales consiguientes; contaminación frecuente de las nodrizas; esterilidad de cierto número de matrimonios, o lo que es peor aún, degeneración de la raza; gran mortalidad de la juventud que desde el punto de vista social se presenta como factor activo de la despoblación, etc.

Las proporciones que alcanza tan terrible enfermedad superan a lo que puede imaginarse el más pesimista y contrastan con la estúpida indiferencia con que las mira la generación presente.

En Inglaterra se calcula que se aproxima a dos millones el número de atacados anualmente por la sífilis, y considerando al ejército como el mejor y más exacto termómetro para conocer con certeza los males que esta enfermedad causa en el país, recogemos los siguientes datos:

En el período de 7 años y 3 meses antes de 1851, el ejército inglés de guarnición en el Reino Unido, sobre un total de 44.611 hombres ha dado cada año 8.032 casos de infección, o sea unos 181 enfermos por 1.000. En 1853 la proporción fue de 250 por 1.000; en 1854, de 108 por 1.000. En 1860 había en el interior del reino 606 atacados por 1.000, cuya permanencia en los hospitales representó una pérdida anual de servicio de 8,69 días por individuo. Durante el curso de 1862 el efectivo de los buques de guerra de estación en las costas de Inglaterra se elevaba a 20.760 hombres, de los cuales resultaron 2.978 casos de infección. En el mismo año y en el siguiente 1863, el ejército inglés daba anualmente más de 318 por 1.000, y en 1864, 290. Según Holland, 50.000 mujeres vivían entregadas a la prostitución en Inglaterra, y en el curso de un año fueron causa de que adquirieran sífilis 1.652.500 individuos de ambos sexos.

En Francia, a causa de mirarse con más atención que en Inglaterra las medidas profilácticas, la proporción de los soldados sifilíticos fue en 1864 de 113 por 1.000.

En Bélgica se atiende aún con más escrupulosidad a la proxilaxia del mal, y con todo, la proporción no baja de 90 por 1.000.

En España, según datos tomados de una estadística que comprende de 1870 a 1878, la infección del ejército representa el 96 por 1.000. Cada uno de estos atacados causa una hospitalidad media de cinco días más que los de otras enfermedades; de modo que si se comparan las bajas producidas por otras afecciones, las venéreas y sifilíticas suman la quinta parte y para su curación gravan al Estado en más de 3.000.000 de reales al año.

En Italia, según la estadística del Consejo de Sanidad del ejército italiano, de 200.000 hombres que componían el efectivo de aquel ejército en 1869, resultaron 18.719 sifilíticos, y al siguiente año, 24.100.

En Rusia alcanza el mal una extensión horrible: según datos suministrados por diferentes estadísticas, no ya referentes sólo al ejército, sino comprensivos de los diferentes estados en que se dividen los habitantes de aquel iipperio, la enfermedad infecta el 42 por 100 de la población.

Por escasos e insuficientes que estos datos sean, dan, no obstante, clara idea del inmenso alcance del mal, porque dejan suponer el desarrollo que alcanzará en todos los países de donde no hay estadística.

Si en el sentido estricto de la palabra hay sífilis buscadas, no deja de haber muchas encontradas, como la de las mujeres honradas infectadas por su marido, de las nodrizas infectadas por sus crías, y de éstas infectadas por aquéllas; sífilis inmerecidas son también las que los niños llevan al nacer, y que los mata por regla general; en fin, todas las sífilis que no son de origen venéreo, como las que resultan de la vacunación, las de que en el ejercicio de su profesión se infectan los médicos, los alumnos, las comadronas, las que resultan de un simple contacto casual, etc., etc.

La profilaxia de la sífilis, se impone, pues, como derecho y como deber social. En cuanto a las medidas que deben tomarse para conseguir esta prevención, pueden clasificarse en tres conceptos: se puede combatir la sífilis por un conjunto de medidas de administración y policía encaminadas a tener a raya la provocación en la vía pública, a someter a las prostitutas al régimen llamado de inscripción, a vigilar los establecimientos que bajo la careta del nombre de cervecerías o botellerías, no son en realidad más que casas de prostitución, etc., etc.

En segundo lugar, puede atacarse la sífilis tratándola, hospitalizándola, curándola; es decir, en términos generales extinguiendo los gérmenes del contagio.

Finalmente se la puede combatir instruyendo más completamente de lo que se ha hecho hasta el día a las generaciones jóvenes de médicos en todo lo que concierne los síntomas de la enfermedad, sus diferentes formas, sus peligros sociales, su tratamiento, etc.

Estos tres órdenes de medios contribuyen en grado diferente al logro del resultado apetecido.

La Comisión declara que los siguientes principios constituyen la base de una profilaxis antisifilítica:

1º. La prostitución crea un peligro público por los contagios venéreos que disemina en la población;

2º. Es indispensable desde el doble punto de vista de la higiene y de la moral, que la prostitución sea vigilada y si cabe reprimida por los poderes públicos;

3º. El sistema de la prostitución libre, es decir, no vigilada, es desastroso para la salud pública;

4º. La provocación pública, que constituye el único modo de manifestación exterior por el cual la prostitución puede atacarse legalmente, debe combatirse y reprimirse en sus diversas formas;

La provocación pública, que constituye a la vez un escándalo público, un ejemplo de desmoralización y un peligro por el número incalculable de contaminaciones de que es origen, ha alcanzado en nuestros días un desarrollo extraordinario, manifestándose abiertamente o con disimulo en formas muy diversas.

Hay la provocación callejera que pulula en las calles principales y las vecinas desde las ocho de la noche hasta la una; la provocación matinal, que se manifiesta en forma de pequeñas trabajadoras que van a su trabajo, con una caja de cartón o un lío en la mano; la provocación tendera que se ejerce en las tiendas que dan a la calle, sobre todo las de perfumería, guantería, fotografías, librerías de curiosidades, etc. La provocación escolar, que rodea los colegios, institutos, etc., y es explotada por verdaderas agencias de mujeres que espían a los estudiantes en las horas de entrada y salida, para atraerlos, procurándose sus señas, las señas de sus domicilios, y enviándoles cartas hasta a casa de sus padres; la provocación de las cervecerías, cafés, etc., con servicio femenino, establecimientos que, desconocidos pocos años há, se han multiplicado con funesta rapidez, llegando a ser los centros más activos de propagación de la sífilis, puesto que el mayor número, si no todos, no son más que casas de prostitución disfrazada, de prostitutas libres, es decir, no vigiladas, y por esto infinitamente más peligrosas que las casas públicas, siendo en efecto antros de perdición física y moral para los jóvenes que allí encuentran los tres azotes de la sociedad actual, la holgazanería, el alcoholismo y la sífilis; la provocación de las tabernas, más peligrosa aun que la anterior, porque se dirige a un público más numeroso, a la clase obrera y al ejército.

De estas diversas formas de provocación pública, resultan tantos peligros, que la Comisión no ha titubeado en proponer que la autoridad considerara esta provocación, fuente de tantos contagios, como un delito.

La Comisión propone a la Academia que tome los siguientes acuerdos: 1º. llamar la atención de la autoridad sobre el desarrollo que ha tomado la provocación en la vía pública, en estos últimos años, y reclamar una represión enérgica; 2º. declarar necesario asimilar con esta provocación de la calle, varios modos no menos peligrosos que la provocación pública ha tomado en nuestros días, como el de las tiendas, de las cervecerías, y particularmente de las tabernas; 3º. denunciar a la autoridad de una manera no menos especial, la provocación que rodea los liceos, los colegios, y tiene por resultado la excitación de los menores a los excesos; 4º. declarar que ante la salud pública, lo mismo que ante la moral, estos diversos modos de provocación constituyen un delito que debe reprimirse legalmente.

También habría lugar a indicar especialmente que la salud pública exige la vigilancia médica de las jóvenes reconocidas culpables del delito de provocación, de lo que resultaría: 1º. la obligación de la visita periódica de estas jóvenes, y 2º. la reclusión en un asilo sanitario especial de aquellas que resultaran afectadas de enfermedades venéreas, y especialmente de sífilis.

El sistema propuesto por la Comisión, descansaría en la ley que declarara delito la provocación pública, confiando la represión a quien corresponda mientras que el sistema actual no tiene otra base que la arbitrariedad de la policía. La Comisión pide, en segundo lugar, que los principios del derecho común presidan todas las medidas de represión o cohesión que se juzguen necesarias, no pudiendo, por ejemplo, la inscripción de una joven culpable del delito de provocación en la vía pública hacerse sino por fallo de tribunal después de un debate contradictorio.

Por otra parte, la Comisión ha opinado unánimemente que cuando una vez las cosas hubiesen entrado en la legalidad estricta, la salud pública estaría interesada en que la penalidad de la inscripción continuara sometiendo a la joven inscrita a vigilancia médica. Pero considerando insuficientes las medidas vigentes en la actualidad, la Comisión propope que todas las jóvenes inscritas sean sometidas a una visita semanal de fecha fija, y además a una visita suplementaria mensual por parte de un médico inspector de fecha desconocida. Cada una de estas visitas sería completa, sobre todo con respecto al examen de los órganos genitales y de la boca. Las medidas que se adopten en la capital deberán emplearse también en provincias.

Propone además la Comisión diferentes medidas respecto a la hospitalización, a la profilaxia del ejército y a la enseñanza de la especialidad, que omitimos porque todas se basan en el mismo principio legal y autoritario antes indicado.

En cuanto a la protección que debe concederse a las nodrizas contra los riesgos de contaminarse por la cría, la Comisión cree que sería equitativo conceder a las nodrizas contra sus crías, la misma garantía que las familias exigen de las nodrizas. Para este fin, el reglamento de las agencias de nodrizas podría completarse con un párrafo que dijera: “no se permite a nadie tomar una nodriza sin la presentación de un certificado del médico, que garantice a la nodriza contra todo riesgo de afección contagiosa que pudiera transmitirle el niño que va a criar”.

El dictamen termina con las siguientes consideraciones: “O la Comisión se engaña en absoluto, o del debate que no puede dejar de surgir en el seno de la Academia, sobre las grandes cuestiones que acaba de exponer resultará algo útil para la causa pública. Nunca se ha ofrecido una ocasión más solemne para afirmar la urgencia, la necesidad social, los defectos actuales de la profilaxia, de la sífilis. Si podemos hacer algo contra esta enfermedad, este es el momento de hacerlo; ahora o nunca es el momento de abandonar las viejas rutinas, y de acabar con los sistemas gastados, carcomidos, impotentes, para intentar un esfuerzo nuevo, conforme al espíritu moderno digno de la higiene y de la ciencia actuales, esfuerzo que puede ser fecundo en resultados felices”.

***

Hasta aquí el extracto del dictamen de la Comisión para la profilaxia de la sífilis, en el cual hemos procurado conservar los caracteres científico y empírico que en el documento dominan.

Se ve claramente que los médicos tienen claro concepto de la esencia de la sífilis y de la gravedad de sus consecuencias, pero preocupados como los hombres más vulgares por la rutina gubernativa y estacionaria, proponen medios profilácticos impotentes para destruir la potencia de las causas morbosas.

La Comisión lo declara terminantemente: su sistema descansa en la ley que declare delito la provocación pública y en la represión. Toma la sociedad tal cual es, la considera irreformable y trata únicamente de llevar los medios coercitivos existentes a los elementos generadores de la enfermedad, sin tener en cuenta que por este sistema sólo se consigue aumentar el número de los centros dependientes del Estado, y por consiguiente, elevar la cifra de los cohechos, fraudes e inicuas imposiciones patrocinadas por la autoridad. Por este sistema no se combate la sífilis y se protege la holgazanería, otra de las plagas sociales reconocida por la Comisión.

En vano se buscará en el dictamen que nos ocupa una palabra encaminada a elevar el nivel moral y material de las últimas capas sociales, ni menos dirigida a combatir la brutal explotación a que se halla sometida la mujer desvalida, causa primordial de la prostitución, limitándose los señores académicos a estudiar su especialidad, mezclándola con torpes preocupaciones en cuanto se roza con otra clase de estudios que a su especialidad no se refieren directamente.

No es esta la manera de atacar un mal cuyas raíces son tan profundas. Mientras los privilegiados usurpen la parte de riqueza pública que a los desheredados corresponde, y tan inicua usurpación constituya el régimen social de las naciones, habrá necesariamente mujeres cuyo único medio de vida sea la prostitución, hombres que se encenaguen en el vicio y junto con la degradación moral consiguiente se desarrollarán las causas de degeneración de nuestra especie.

Los médicos que esto desconocen podrán estar muy versados en el estudio de su especialidad, serán competentes para curar individualmente la sífilis, pero son incapaces de establecer la profilaxia social de tan terrible enfermedad. Conocen una de las fases de la cuestión y sobre ella edifican todo su sistema, pero ignoran completamente las restantes y su sistema es ridiculamente inútil.

A eso llega la burguesía después de cien años de absorción y predominio: a presentar una ciencia plagada de preocupaciones e ignorancia, que resulta impotente cada vez que aspira a realizar un bien general.

Desengáñense esos higienistas burgueses: todas sus estadísticas, todas sus lamentaciones sobre la extensión del mal y todos sus proyectos para su extinción sólo podrán ser eficaces el día que se determinen a entrar en el campo de la revolución social.

Entre tanto los trabajadores aprovechemos los estudios de nuestros adversarios los burgueses y llevemos nuestra acción donde ellos son incapaces de llegar, y a la par que nuestra emancipación obtendremos la salud social.