Un recuerdo revolucionario

(Acracia, Julio 1887)

Entre los documentos publicados por El Cantón Murciano, órgano oficial del gobierno revolucionario de Cartagena en 1873, hállase el siguiente:

Junta Soberana de Salvación de Cartagena.- Comisión de Servicios Públicos.- Considerando que la propiedad es uno de los derechos más legítimos del hombre, siempre que sea el resultado indispensable de su trabajo.

Considerando que una de las necesidades más urgentes de la revolución y uno de los principios más elementales de nuestra doctrina regeneradora, es el establecer una separación absoluta entre la propiedad bien y mal adquirida, justa e injusta.

Considerando que desde inmemorables tiempos y por efecto de los sistemas absolutos que han regido nuestro país, las fuerzas vivas de su producción y riqueza, se encuentran en su casi totalidad paralizadas e improductivas en las manos de una docena de familias privilegiadas que la adquirieron por derecho de conquista y donaciones realengas.

Considerando que estas y otras razones económicas, que se demostrarán en otras análogas disposiciones, son la causa primordial de nuestra inferioridad relativa en el desarrollo industrial y comercial con respecto a otras naciones, haciendo, con gran escándalo de la lógica, el país más pobre del más rico en producciones naturales.

Considerando que tales privilegios económicos constituyen los mayores elementos de fuerza que las clases que los monopolizan emplean para combatir los sagrados derechos del pueblo.

Considerando que la revolución desea cortar estos abusos, destruir estos odiosos privilegios y reivindicar todas las justicias económicas.

Considerando que así mismo la revolución debe salvar la Hacienda pública y hacer frente a las necesidades que la avaricia y orgullo de otras privilegiadas familias han creado al Erario de nuestra desdichada nación con las luchas intestinas que la despedazan. Esta Junta Soberana acuerda.

Se procederá desde luego y con la celeridad posible por los poderes revolucionarios, a la delimitación absoluta de la propiedad legítima y de la propiedad ilegítima.

1º. Quedan confiscados y declarados propiedad colectiva del Cantón, todos los bienes que radiquen en su término y que disfruten sus actuales dueños por herencia y con origen de gracia o donación real, tales como vinculaciones, mayorazgos, capellanías; etc.

2º. Quedan confiscados, como propiedad colectiva del Cantón, los bienes adquiridos por venta del Estado desde la primera desamortización eclesiástica y que hayan sido pagados menos de la tercera parte de su valor real, revisándose por otras autoridades revolucionarias los asuntos, expedientes y títulos que existan sobre venta de bienes nacionales para resolver como proceda en derecho y justicia sobre la legítima de su posesión.

Cartagena 1º de Octubre de 1873.

Al día siguiente publicó aquel diario esta rectificación:

Junta Soberana de Salvación de Cartagena.- Comisión de Servicios Públicos.- Por error en nuestro número de ayer, se publicó el decreto sobre la propiedad legítima e ilegítima, que aun no ha sido aprobado por la Junta Soberana, y sólo presentado a la misma por esta Comisión.

Cartagena 2 de Octubre de 1873.

La publicación de donde tomamos estos documentos nos hace saber que “tanto esta como otras disposiciones redactadas por un individuo de la Junta, no sólo no tuvieron efecto alguno, sino que fueron rechazadas por unanimidad. La tendencia de aquel individuo era dar al movimiento cantonal matiz socialista; pero ni el pueblo ni la Junta secundaron en lo más mínimo esa tendencia: precisamente el carácter más saliente de este movimiento fue el escrupuloso respeto a la propiedad, sin distingos de ningún género. El empeño mostrado en insertar en el periódico oficial artículos, proclamas y proyectos de esta índole fue causa de que, desde el 22 de Noviembre, dejase de publicarse dicho periódico”.

No puede concebirse una revolución que no afecte al modo de ser de la propiedad.

La propiedad es un hecho anterior al conocimiento del derecho, y por tanto aquel hecho ha de ser necesariamente arbitrario e irracional.

Cada revelación científica del derecho es una aspiración revolucionaria contra la brutalidad del hecho, y por consecuencia, toda revolución triunfante desposee cierto número de privilegiados y da un paso hacia la universalización de la propiedad.

Un recuerdo revolucionario fortalece de una manera brillante nuestra afirmación. Véanse los siguientes párrafos del discurso pronunciado por Pi y Margall cuando la célebre discusión sobre la Internacional en las Cortes:

Entramos, señores, en una de las cuestiones más graves que pueden presentarse: en la cuestión de la propiedad.

¿No os llama la atención, señores diputados, que a cada nueva revolución política que se verifica en el mundo se vuelve a poner sobre el tapete la cuestión de la propiedad? ¿No os dice esto que la propiedad es una de las instituciones más graves y al mismo tiempo más movedizas? A cada revolución política sobreviene una cuestión sobre la propiedad; porque la propiedad es la institución que más y mejor afianza el derecho y el poder de las clases que políticamente se han emancipado. Así, toda clase politicamente emancipada busca en seguida la propiedad, y toda clase socialmente emancipada busca en seguida el poder político.

Volved sino los ojos a la antigua Roma; ¿qué encontráis en los primeros tiempos de la república? Un patriciado que por de pronto es el único poder del Estado.

No se contenta, sin embargo, esa turbulenta plebe con tener tribunos que opongan su veto a las decisiones del Senado, no se contenta con poder dictar leyes que sean obligatorias para todos los ciudadanos de Roma; no le basta apoderarse del nombramiento de las altas magistraturas, obligando por este medio a aquellos orgullosos patricios a mendigar sus votos y a pensar en su suerte; pide sin cesar leyes agrarias, pide la participación en el ager publicus, es decir, en aquella inmensa masa de bienes que constituían entonces el patrimonio de la república. Esto es lo que constituye la obra de los Gracos; esto es lo que hace posible la dictadura de Mario y la de César.

Cae luego el mundo romano: pueblos venidos del Norte y del Oriente se precipitan sobre los pueblos del Occidente y del Mediodía: ¿se contentan tampoco con mandar las naciones vencidas? No; empiezan por apoderarse de la propiedad de la tierra, por despojar de gran parte de ella a las naciones sojuzgadas; y por un conjunto de circunstancias que sería ocioso y prolijo enumerar, llegan a una constitución de la propiedad que se presentaba por primera vez en la historia.

El poder y la propiedad contraen una unión indisoluble: la propiedad lleva anejo el poder; el poder lleva aneja la propiedad. Esta y no otra cosa fue el feudalismo, la consolidación del poder y la propiedad. Pero esa consolidación fue una inmensa tiranía para las clases subalternas, y produjo más tarde el movimiento de las municipalidades de los siglos XII y XIII, movimiento que no ha sido consumado sino por vosotros. Vosotros sois los que habéis coronado la obra empezada por las municipalidades de la Edad Media.

¿Qué era la propiedad antes de la revolución? La tierra estaba en su mayor parte en manos de la nobleza y del clero. En manos de la nobleza estaba amayorazgada, en manos del clero amortizada, en unas y en otras manos fuera de la general circulación. Como quedaban todavía grandes restos del antiguo feudalismo, sucedía que la propiedad, ora estuviese en manos del clero y ora en las de la nobleza, llevaba en muchas provincias aneja la jurisdicción y el cobro de tributos, así reales como personales, a pueblos enteros.

¿Qué hicisteis vosotros, es decir, qué ha hecho la revolución? Por un decreto devolvió al Estado la jurisdicción que había sido entregada a los antiguos señores feudales, y declaró abolidos los derechos señoriales; por otro declaró libre la mitad de los bienes amayorazgados en manos de los que entonces los poseían, y la otra mitad en manos de sus inmediatos sucesores.

Después de haber auyentado con la tea en la mano las comunidades religiosas, declaró por otro decreto nacionales los bienes de esas comunidades; y no satisfecha con esto, se fue apoderando sucesivamente de los bienes del clero secular, de los de beneficencia e instrucción pública, de los de los municipios y las provincias.

¿Y cómo habéis hecho esto? Para abolir los señoríos habéis rasgado las prerogativas y las cartas selladas de los antiguos reyes, sin tener para nada en cuenta que muchos de los hombres que los cobraban eran los descendientes de los antiguos héroes de la reconquista del suelo patrio contra los árabes; o los descendientes de los otros que habían ido a llevar por todos los ámbitos del mundo nuestra lengua y nuestras leyes.

Para desamayorazgar los bienes de los nobles habéis rasgado las cartas de fundación que habían otorgado sus fundadores, las cédulas por las que los reyes las habían confirmado, las leyes seculares a cuya sombra se habían establecido.

Para apoderarse de los bienes del clero secular y regular habéis violado la santidad de contratos, por lo menos tan legítimos como los vuestros, habéis destruido una propiedad que las leyes declaraban poco menos que sagrada, puesto que la consideraban exenta del pago del tributo, inenajenable e imprescriptible.

¿Qué principio habéis proclamado para hacer esas grandes reformas? La conveniencia pública, el interés social. Y vosotros que eso habéis hecho en materia de propiedad, cosa que yo de todo corazón aplaudo, ¿os espantáis ahora de que vengan clases inferiores a la vuestra a reclamaros la mayor generalización de la propiedad? Porque en último resultado, la Internacional no pide sino que la propiedad se generalice más de lo que la habéis generalizado vosotros, que la propiedad se universalice. ¿No es acaso esa tendencia la que la propiedad viene teniendo? Si la examináis a través de la historia, ¿no encontráis que la propiedad está hoy más generalizada de lo que nunca estuvo? Lejos de considerar inmoral la aspiración de la clase jornalera a la propiedad, ¿cómo no advertís que vosotros mismos, por la definición que de ella dais y por las circunstancias y el poder que le atribuís no hacéis más que encender en el alma de las clases proletarias el deseo de adquirir, no sólo la de la tierra sino también la de los demás instrumentos del trabajo? ¿No estáis diciendo aquí a todas horas que la propiedad es el complemento de la personalidad humana, que es la base sine qua non de la independencia de la familia, que es el lazo de unión entre las generaciones presentes y las generaciones futuras? Es natural que la clase proletaria diga: si la propiedad es el complemento de la personalidad humana, yo que siento en mí una personalidad tan alta como la de los hombres de las clases medias, necesito de la propiedad para complementarla. Si la propiedad es la conditio sine qua non de la independencia, para la independencia de mi familia necesito de la propiedad. Si la propiedad es el lazo que une la generación presente con las generaciones venideras, necesito de la propiedad para constituir ese lazo entre mí y mis hijos.

***

Ya sé yo, señores diputados, que después de las grandes reformas efectuadas por la revolución, no ha faltado entre vosotros quien haya creído que la propiedad es sagrada e inviolable; pero harto comprenderéis también que esto es completamente absurdo.

Pues qué, la tierra, que es nuestra común morada, que es nuestra cuna y más tarde será nuestro sepulcro, que contiene todos nuestros elementos de vida y de trabajo, que entraña todas las fuerzas de que disponemos para dominar el mundo, ¿había de ser poseída de una manera tan absoluta por el individuo que la personalidad social no tuviera derecho de someterla a las condiciones que exigen sus grandes intereses? ¿Por dónde venís, pues, a decir que es inmoral la aspiración de las clases jornaleras? Ya sé lo que vais a contestarme: lo que tenemos por inmoral, diréis, no es que las clases jornaleras deseen la propiedad individual, sino que quieran la propiedad colectiva. ¿Y esto es inmoral para vosotros? ¿No ha existido antes la propiedad corporativa, que en el fondo venía a ser la propiedad colectiva? ¿No es propiedad colectiva la del Estado? ¿No existe hoy mismo en el Oriente de Rusia? Todos vosotros conoceréis probablemente la organización de la propiedad en los pueblos slavos. En los pueblos slavos la municipalidad es la propietaria de todas las tierras del término. Esto no quiere decir, sin embargo, que los pueblos slavos vivan en común ni siquiera que cultiven en común la tierra. No: la municipalidad lo que hace es repartir las tierras del término entre las diversas familias que constituyen la municipalidad, y cada trece años practica un nuevo reparto, si es que las dos terceras partes de los vecinos no lo decretan antes.

La propiedad es allí colectiva sin que haya un verdadero comunismo: cada familia tiene allí su hogar; cada familia tiene tierras que cultiva por su cuenta.

Y qué, ¿creéis que los pueblos slavos son pueblos que cuentan corto número de habitantes? Los pueblos slavos los cuentan por millones. Os explicaba el otro día el Sr. Castelar el origen entre los internacionales de la idea de la propiedad colectiva, y os decía que un ruso eminente (Bakounin) era el que la había traído al Occidente de Europa.

Pero el mismo hombre público que expresa tan enérgicamente la idea revolucionaria cuando veía próximo el planteamiento de la república y solicita el apoyo popular para su sistema de gobierno, cuida poco después, y ante la misma espectativa, de dar satisfacción a la burguesía, por medio de un dictamen de bases económico-sociales presentado a la asamblea del partido republicano celebrada en Madrid en Marzo de 1872.

En dicho dictamen, impuesto también al partido republicano en la asamblea de Zaragoza de 1883, se lee el siguiente párrafo:

Esta comisión está firmemente convencida de que no es posible cambiar en un momento dado la organización social de los pueblos, y sí tan sólo irla modificando por una serie de reformas, ya en las leyes civiles, ya en las económicas, que la vayan purgando de los vicios que entraña, hasta acomodarlas al ideal de la más absoluta justicia. Y como, por otra parte, vea que lo que se ha convenido en llamar cuestión social no tiene aun en el criterio de ninguna escuela ni de ningún partido soluciones que satisfagan la razón y la conciencia pública, ha creído que la República federal que mañana se constituya no haría poco si empezase por poner a los jornaleros en situación de atender a sus necesidades intelectuales y morales, garantiese contra la inmoderada codicia de los capitalistas la justa cifra de los salarios, asentase sobre nuevas bases el crédito, haciendo que sus beneficios redundasen en favor de la masa de los productores y acelerando por este medio la elevación del proletario a propietario y encaminase al mismo fin la organización de todos los servicios públicos. Con esto y con reformar las leyes de la sucesión intestada, hoy extendida a grados que no consintió nunca el espíritu de la legislación verdaderamente española; con mejorar en favor de los colonos y de los inquilinos las condiciones de los arrendamientos; con estimular la posesión de tierras a censo y autorizar la redención del censo por partes; con ir, en una palabra, subordinando la propiedad a los intereses generales y llevándola a las manos de los que con su trabajo la fecundan, entiende la comisión que se adelantaría más en el terreno de las cuestiones sociales que pretendiendo transformar como por encanto la vieja sociedad de que formamos parte.

No nos proponemos únicamente hacer constar la falta de unidad lógica entre las ideas y la conducta de ciertos políticos, sino más bien aprovechar las ráfagas de pensamiento revolucionario que lanzan en determinadas circunstancias, para servirnos de ellas contra los sofismas que suelen oponer a las aspiraciones reivindicadoras del proletariado.

En efecto; el hombre que venía simbolizando la federación política, llega a hallarse en posesión del poder ejecutivo, ejerciendo de rey constitucional en una república que, aunque se había acordado llamarla federal, vivía en completo régimen unitario, y se ve en el caso de declarar rebeldes a los que en Cartagena querían hacer prácticos los principios que él mismo había propagado; mientras que en la ciudad donde ondeaba la bandera roja se desechó la idea de proclamar la transformación de la propiedad por una junta revolucionaria, ya que eso significa el documento antes inserto con fecha 2 de Octubre del 73. Y aquel mismo presidente del poder ejecutivo que declara rebeldes a sus correligionarios, mejor dicho, a sus discípulos, no limita su pensamiento a distinguir entre la propiedad legítima y la ilegítima para entregar al Estado los bienes confiscados como de ilegítima posesión, sino que llega a afirmar que “el concepto de que la propiedad es sagrada e inviolable es completamente absurdo”.

Estudien detenida y desapasionadamente los trabajadores estas contradicciones y verán palpablemente que la causa de ellas consiste en el propósito deliberado de mantener vivo el privilegio, cambiando únicamente de privilegiados, para mantener al productor sujeto a la vil tiranía del salario, y por consecuencia alejado de su correspondiente participación en el patrimonio universal.

Fijémonos bien en estas consideraciones: Según el primer documento cantonal que dejamos transcrito, “las fuerzas vivas de producción y riqueza de nuestro país, se encuentran en su casi totalidad paralizadas e improductivas en las manos de una docena de familias privilegiadas que la adquirieron por derecho de conquista y donaciones realengas”; y sin embargo aquella Junta revolucionaria se opuso a reintegrar a los trabajadores en su derecho, invocando para justificar esta falta el respeto a la manera de ser tradicional de la propiedad.

Reconoce el pontífice del federalismo que “la tierra es nuestra común morada, que es nuestra cuna y más tarde será nuestro sepulcro, que contiene todos nuestros elementos de vida y de trabajo, que entraña todas las fuerzas de que disponemos para dominar el mundo, y por consiguiente es moral la aspiración colectivista de las clases jornaleras”; para venir luego a proclamar que “no haría poco la república si garantiese la justa cifra de los salarios”. Afirma que “la propiedad es el complemento de la personalidad humana”, y quiere luego que los trabajadores se contenten con ser despojados de esa propiedad y se limiten a vivir bajo un régimen que les promete el imposible de garantirles la justa cifra de los salarios.

Todo eso son argucias: no puede haber reformas políticas que satisfagan a los despojados y les contengan en los límites de una platónica admiración hacia un régimen político que establezca la autoridad con más o menos arreglo a ciertas condiciones artísticas; esto a lo sumo puede compararse a la admiración que muchas veces inspira el ingenio de ciertos estafadores. Lo único positivo en punto a reformas revolucionarias es desposeer a los que abusivamente y a la sombra de la ley han usurpado la propiedad de todos, y poner a las víctimas de la usurpación en posesión de los bienes usurpados.

¿Puede esto hacerlo la política? No hay partido alguno capaz de intentarlo siquiera, porque tal propósito se hallaría en contradicción con el monopolio de la riqueza y del poder, base esencial de la existencia de la burguesía, que es la iniciadora y organizadora de los partidos políticos.

Sólo comprendiéndolo así los trabajadores, y obrando en consecuencia, pueden afirmar el derecho por conquistas positivas y caminar con seguridad por la vía del progreso.