Movimiento social

(Acracia, Agosto 1887)

Pocos hechos puede registrar la crónica de los que acostumbramos a consignar en esta sección, si por movimiento social se entiende únicamente la realización de actos trascendentales respecto de la propaganda o de la acción. No ha reclutado el proletariado militante ninguna nueva agrupación obrera; no se trata de nuevas operaciones de resistencia: antes al contrario las agrupaciones existentes se hallan algo debilitadas por el escepticismo o el exclusivismo sectario, y la huelga no goza actualmente del mayor crédito. Parece como que el proletariado hubiese entrado en un periodo de lasitud o aceptado una tregua.

A pesar de tanta calma nunca los poderes y las clases privilegiadas se han preocupado tanto de la cuestión social y de las reivindicaciones proletarias; siendo de notar que si tiempo atrás sólo se pensaba en la represión, se procuran al presente cierto genero de facilidades.

Los gobiernos y los partidos de la oposición hállanse conformes en reconocer en principio la justicia de las aspiraciones proletarias, formando notable contraste la conducta de hoy con las persecuciones anteriores; las corporaciones científicas y económicas de todos los países civilizados discuten bajo temas diferentes si al derecho social ha de dársele la misma extensión que la revolución ha dado al derecho político, resultando de estas discusiones un cuerpo de doctrina sociológica que amenaza extinguir las añejas teorías tradicionales; los hombres de pensamiento activo y de carácter independiente se lanzan al estudio y analizan los fundamentos sociales presentes y pasados, destruyendo el prestigio de que la sociedad venía rodeada por la manifestación palpable y evidente de sus errores y absurdos.

En comprobación de lo que dejamos sentado, basta recordar los trabajos que tienen entre manos varios gobiernos de Europa respecto a legislación sobre las condiciones del trabajo, así como los acuerdos de ciertas corporaciones científicas y la publicación de varias importantes obras sociológicas y literarias, cuyo detalle no creemos necesario exponer por suponerle conocido de nuestros lectores.

Débese esto a que las aspiraciones emancipadoras del proletariado han adquirido la consistencia necesaria para acreditarse de prácticas en breve plazo, al paso que las instituciones sociales en que se desarrolla penosamente la vida, han alcanzado la suma de descrédito necesaria para ser abandonadas, y los privilegiados de hoy se preparan a ser los privilegiados de mañana.

Sí, preciso es reconocerlo: estúdiase la historia para reducir a leyes fijas la evolución progresiva del bien y la desaparición retrogradativa del mal; compárase las condiciones esenciales de las instituciones pasadas con las propias de la naturaleza humana; examínase con criterio puramente científico el valor positivo de todas las teorias socialistas, y mientras trabajo tan útil se elabora aumentando el caudal de los humanos conocimientos, hay gentes que inventan mixtificaciones y preparan sofismas para adulterar la verdad.

A la revolución próxima se pretende quitarla el carácter liberal y nivelador que ha de informarla, para reducirla a una nueva evolución burguesa y a originaria de un futuro quinto estado.

Los privilegiados de nuestros días, excepción hecha de los españoles cuya ignorancia se excusa por la impudencia con que irregularizan la fortuna pública y mixtifican los productos de la industria, tienen ciencia y cinismo para defenderse, y no imitarán a sus congéneres del siglo pasado, cuya ignorancia les permitió, en un momento solemne, dejarse llevar por impremeditado sentimiento y hacer la abdicación de sus privilegios en el famoso Juego de Pelota y asociarse a la tiesta de la Federación.

Tenemos, pues, un proletariado que duerme o malgasta su actividad en luchas estériles después de haber dado un gran impulso, y una burguesía que comprende que no bastan las medidas coercitivas contra las reivindicaciones revolucionarias, sino que es preciso prevenirlas por el brillo de la superioridad de su instrucción y por el desvío de los racionales ideales.

Otra circunstancia importante caracteriza la época actual: la línea divisoria entre burguesía y proletariado ha perdido toda estabilidad y varía sin cesar en el sentido de reducir el número de privilegiados y de aumentar el de proletarios con los restos que la ruina, la bancarrota, la intriga y la perpetua crisis arrojan del campo burgués.

Las excrecencias burguesas que vienen a nuestro campo tienen el sentimiento agotado por la desesperación y la inteligencia ofuscada por el escepticismo, y carecen de aquella normalidad en la cual el pensamiento se eleva con dignidad a las grandes concepciones y la voluntad se determina a las acciones generosas. Hombres que habían soñado hacerse ricos por la explotación o la usura, a la perversidad arraigada en ellos el desengaño añadió la idea de venganza, y como su número aumenta incesantemente, porque la absorción capitalista se efectúa cada día en mayores proporciones, y la marcha del capitalismo conduce infaliblemente, si la revolución no le sale al paso, a la creación de un poder millonario ejercido por reducidísimo número de favorecidos, resulta que un día arrojarán a la lucha revolucionaria el contingente de su malicia, de sus odios, de sus venganzas, de su astucia y de su hipocresía, y ¡ay! entonces de los trabajadores que candidamente esperen que lo que después venga ha de redimirlos de la explotación y de la tiranía. ¡Terrible desengaño! La víctima, desvanecida la ilusión revolucionaria, se sentirá otra vez víctima; con la diferencia de que si antes tenía esperanza, la desesperación vendrá después a dar incomparable amargura a su miseria.

No se crean estos temores producto de influencias pesimistas sino más bien resultado de la reflexión desapasionada. No hay revolución en la historia que se haya efectuado tal como la concibieron los partidos revolucionarios que la allanaron el camino y que previamente formularon sus programas. Efecto la revolución más de causas materiales, de la insuficiencia y de la instabilidad de los regímenes anteriores, que del desarrollo de las ideas, por cuanto las mismas ideas revolucionarias tuvieron su principal origen en esas mismas causas materiales, prodúcese ensolviendo en su tempestuoso torbellino las ideas progrcsivas y las reaccionarias, los intereses creados, las preocupaciones, los odios, las esperanzas y las utopías, abriéndose luego un nuevo cauce a la vida social muy distante de todas las previsiones; y lo que ha pasado se reproducirá en lo porvenir si quedan en pie las mismas causas.

Es una insensatez confiar en que el progreso vendrá a dar la razón a nuestros particulares ideales, por racionales y justos que nos parezcan, si el motor que le impulsa no trabaja en ese sentido, y más aún si el propio individuo no le presta el concurso de la propia actividad.

Háblase mucho de la fatalidad del progreso; pero se olvida que este es un resultado, y los resultados sólo se producen mediante causas anteriores. Si a ese conjunto de causas unimos cada uno nuestra actividad e inteligencia el resultado se anticipará; poro si confiamos en la preocupación de la fatalidad del progreso y nos abandonamos a la inactividad, sólo resultará retroceso, a menos que causas más poderosas nos salven.

Véase, pues, cómo la burguesía entra también en el movimiento social. A los trabajadores corresponde utilizar las enseñanzas que de este hecho se desprende.