Ciencia burguesa y ciencia obrera

(Acracia, Octubre 1887)

El Consejo Local de Barcelona de la Federación de Trabajadores de la Región Española ha tomado una importantísima resolución, y en su nombre vengo a anunciárosla. Ha acordado la creación de Conferencias de Estudios Sociales, donde todos los federados puedan venir a exponer sus ideas, sus esperanzas, sus dudas y sus conocimientos sociológicos para resolverlos por medio de la discusión razonada y de la controversia fraternal en afirmaciones demostradas, y conseguir la formación de la ciencia obrera, cimiento indestructible del edificio de la sociedad del porvenir, en la que la emancipación que tanto ambicionamos será un hecho, la justicia y la economía en inseparable concurso regularán todas las relaciones sociales, y la felicidad individual y colectiva iluminará las generaciones que tengan la inefable dicha de vivir sobre nuestros consumidos restos.

He dicho la ciencia obrera, y he de explicar esta frase, con el fin de demostraros que la generalización que entraña la palabra ciencia no se destruye por la particularización inherente al calificativo obrera.

La ciencia es la verdad conocida.

Parece natural que cuantos sean aptos para conocer pueden constituir las unidades componentes del gran todo científico, y poseyendo esa aptitud el género humano, la ciencia debiera ser humana. Esto indica la razón, esto exige la lógica; pero contra la razón y la lógica está el privilegio, que desde la infancia de la humanidad hasta nuestros días recluyó la ciencia en el templo, en el convento o en la universidad, reservando a sus favorecidos la explicación de los fenómenos naturales, el conocimiento de la historia, el análisis de las fuerzas físicas, para dar a los desheredados, mitos para atrofiar su inteligencia, leyes para rebajar su dignidad, falsa moral y supersticiones para embrutecerlos. Sirvió la ciencia a los privilegiados para hacer trabajar al pobre y arrancarle después el fruto de su trabajo. Por el monopolio de la ciencia llegaron la Religión y el Estado a convertirse en máquinas de gran poder absorbente para extraer el jugo de la vida de los trabajadores, y la acumulación de tantos productos, resultado de tan enorme espoliación, creó la Propiedad.

Hay, pues, ciencia privilegiada, y si se tiene en cuenta que el privilegio actual se halla vinculado en la burguesía, bien puede decirse que hay ciencia burguesa.

El privilegio procuró casi siempre la ciencia para sí y la ignorancia para su víctima, exceptuando únicamente el caso de aquellos nobles de la Edad Media que hacían gala de no saber leer ni escribir, y aun estos vivían descansados sobre los conocimientos de la teocracia.

En su consecuencia, la ciencia que adquieran los que no tratan de explotar a nadie y sólo pretenden librarse de la explotación, será la verdadera ciencia, la ciencia igualitaria y justiciera: ese honor corresponde a la ciencia obrera, y si este calificativo parece poco adecuado, en virtud del estado de ignorancia en que se ha pretendido sumir eternamente a los trabajadores, y también porque denomina una de las actuales clases sociales, tiene en su apoyo la constitución como cuerpo revolucionario pensante y militante del proletariado, y la seguridad de que la sociedad ultrarevolucionaria dará la ciencia desde la primera edad a todos los miembros sociales, que para tener el derecho de tales han de ser todos productores.

Proclamamos, pues, la ciencia obrera: de la ciencia burguesa tomaremos la verdad y desecharemos los sofismas que sirven de base al privilegio, y con criterio despreocupado iremos agrupando conocimientos que sirvan para beneficiar a todos los hombres y para impedir que infames mixtificadores puedan privarnos de nuestros derechos naturales y arrebatarnos el fruto de nuestro trabajo.

No son las consideraciones expuestas las únicas que abonan la ciencia obrera.

Lleva en sí la ciencia burguesa elementos que la contradicen y que neutralizan sus efectos: aprenden los burgueses en establecimientos donde se da una enseñanza supeditada al dogma religioso y a los errores económicos dominantes, que si no han llegado a constituir dogma poco les falta. Por el dogma religioso aprenden los burgueses las ciencias exactas supeditadas al Génesis, y mientras la geología, por el estudio de las capas terrestres, señala miles de siglos a nuestro globo, la universidad ha de contentarse con los 6.000 años del P. Petavio; la antropología y la etnología contienen abundante caudal de verdades demostradas respecto a los antecedentes de nuestra especie y a la formación de las diversas razas humanas que pueblan la superficie de la tierra, y los doctores de nuestra burguesía han de enseñar la leyenda de Adán y Eva y explicar las razas por la dispersión acaecida después del fracaso de la torre de Babel. En economía se enseña, conforme lo que en la sociedad inicuamente se practica, que el dinero, valor ficticio que representa el trabajo, puede obtener un premio que se acumula al capital, aumentando incesantemente capital y réditos, con lo que los poseedores pueden adquirir en propiedad personal y absoluta porciones de suelo, palacios para su propia habitación, casas como jaulas para que mediante rentas exorbitantes las habiten los no propietarios, fábricas e instrumentos de trabajo para que por medio de mezquinos salarios las hagan funcionar hombres alquilados para ese fin; mientras que a los trabajadores, los productores del verdadero valor, se les despoja del fruto de su trabajo y se les da en cambio un jornal, medio de subsistencia que se da al hombre libre, equivalente a la miserable pitanza que el amo de carne humana daba al esclavo, para que viviera y mantuviera incólume el valor de la humana mercancía.

Eso aprenden los burgueses, y a eso llaman ciencia. Comprenden también los programas de enseñanza burguesa, la teología, llamada ciencia de Dios; la legislación,ciencia del derecho, y la filosofía, pretendida investigación de la verdad absoluta; pero ni la teología, ni la legisción, ni la filosofía, son ciencias, porque carecen de base de observación; para servirme de una frase gráfica comprensible entre trabajadores, diré que les falta material de trabajo y plan de construcción.

Dios, como principio, es una hipótesis empleada por la ignorancia de los primeros tiempos para explicarse la existencia del universo, y partiendo de la falsa creencia de la maldad ingénita en el hombre, sirve también de base a la moral. Como fin, Dios es una justicia para suplir la incapacidad para el bien atribuida a los hombres: al malo el castigo eterno; al bueno la recompensa imperecedera. Pero si Dios está fuera del alcance de nuestros sentidos, de nuestros medios de investigación, si a Dios no se le ve, no se le oye, no se le huele, no se le toca y no se le gusta, no hay Dios para la ciencia, no hay Dios para la verdad, no hay Dios para los trabajadores, y mucho menos le habrá si se tiene en cuenta que, según la misma teología, Dios es incomprensible para el hombre. Dejemos, pues, la teología con sus interminables infolios, sus lenguas muertas, su religión, sus milagros y sus dogmas; los trabajadores no podemos tener con ella más relación que la del odio, ya que ella nos manda el sufrimiento, el abandono de los bienes terrenos, y nos entrega como sumisas víctimas al sacrificio.

La ley, con respecto al hecho, es la imposición del fuerte contra el débil, y, con respecto al tiempo, es la negación del progreso. Lo que conviene al conquistador, los intereses del estadista, las preocupaciones del legislador se consignan en la ley; los sumisos vasallos o ciudadanos se ven obligados a obedecerlo por el poder coercitivo de la máquina gubernamental de los Estados, y si el curso de los conocimientos humanos demuestra que aquello es injusto, se replica: “es legal”; y la injusticia tiene fuerza ejecutiva; y la justicia, si alcanza energía para tratar de llegar a vías de hecho, queda confinada en una cárcel o en un presidio. Cuerpo de derecho se llama a la compilación de leyes efectuada en el curso de la historia, pero una doctrina que santificó siempre el privilegio dominante, que consumó tan infinito número de injusticias, que no ha dejado nunca de defender los intereses inicuamente creados, no es ciencia, no es verdad y no obliga moralmente a nadie, y por eso la ley se ha apoyado siempre en la fuerza pública.

La filosofía persigue el absurdo de encerrar en los estrechos límites de un sistema lo infinitó, lo absoluto. El origen del universo, las condiciones de vida de todo lo que existe y el objeto final de la creación se abarca con tremenda osadía por los sistematizadores filósofos, sin caer en la cuenta de que parten de un principio falso y plantean mal el método de sus investigaciones: sin datos no se despeja jamás una incógnita, y para conocer lo que podría ser el tiempo y el espacio antes de la existencia de la materia no suministra la razón más que un dato negativo, que consiste en la afirmación racional de que la nada nada produce y que la existencia de algo supone la preexistencia de algo. No obstante, los filósofos, a semejanza de los teólogos, han partido siempre del supuesto de una fuerza creadora sobrenatural y de una inteligencia ordenadora que impulsara lo creado a un objeto final, con lo cual llevaban su inteligencia a lo eterno, a lo infinito, a lo absoluto anterior y posterior a lo que no tiene, según ellos mismos, principio ni fin. En tal situación la filosofía no es ciencia, y sus trabajos, todo lo más, puede considerárselos como auxiliares de la ciencia; pero, entiéndase bien, como auxiliares involuntarios e inconscientes, porque han amontonado materiales para ensanchar la esfera de los conocimientos, del mismo modo que los trabajos de los alquimistas de la Edad Media buscando la piedra filosofal sirvieron para dar nacimiento a la química moderna. Por otra parte, producto de la fantasía, hay tantos sistemas filosóficos como inteligencias de primera magnitud se han dedicado a forjarlos; los filósofos de menos pretensiones se constituyen en sectarios, no sin introducir alguna innovación en el sistema, lo que da por resultado la existencia de tantos sistemas como filósofos. De ninguno resulta la evidencia, señal cierta de la falsedad de todos.

La ciencia es la verdad conocida, he dicho antes; ahora la definiré más categóricamente: La ciencia es el análisis de la materia y el estudio de sus relaciones morales y materiales. Esto enseña el positivismo moderno: esto han aprendido los trabajadores al salir de las sombras de la sumisión y de la ignorancia para entrar en la vida de la Revolución; y como poseen inteligencia virgen y conciencia limpia, no tienen sofismas de escuela que les impida aceptar las verdades científicas, ni intereses despreciables que con su peso les imposibilite elevar su vuelo a los extensos espacios donde ha de desarrollarse la inteligencia, la voluntad, la fantasía, el sentimiento y la actividad ingénita en nuestra especie.

Compte, Marx, Bakounin, la Internacional, la Commune de París son nombres y sucesos gloriosos que constituyen el génesis de la redención de los trabajadores.

El positivismo y el socialismo son hermanos gemelos: el uno es la revolución en el mundo de la idea, el otro es la revolución en el mundo de los hechos: ambos se completan, del mismo modo que en el hombre sano y bien conformado se aunan la inteligencia poderosa y la voluntad enérgica.

Por eso los trabajadores positivistas socialistas rechazan la doctrina con que los privilegiados han querido sustentar el dogma y la fe, la ley y la obediencia, la propiedad y la miseria, para sobre sus ruinas levantar la ciencia y la razón, el contrato y la reciprocidad, la posesión del patrimonio universal y la felicidad inherente a la práctica universal del bien.

Una declaración importante he de hacer, o, si se quiere, he de soltar una prenda; recójala quien quiera: al hablar de la ciencia obrera, partiendo del valor que ésta tenga o pueda tener, no quiero supeditarla al grado de instrucción que individualmente tengan o puedan tener los trabajadores. Las condiciones especiales en que la sociedad nos coloca nos obliga a seguir un método opuesto al más conveniente y racional, ya que no es posible que seres organizados para pensar, sentir y querer queden imposibilitados de ejercer tan nobles funciones, por mucho empeño que haya en imposibilitarlas. No damos, pues, a nuestros estudios el carácter de instrucción primaria, por más que esto pueda extrañar a muchos. No es que desdeñemos estos conocimientos, los estimamos en mucho y en mayor o menor extensión los poseemos, y a los que de ellos carecen les excitamos a que los adquieran: nuestros actos revelan que esos conocimientos los poseemos, porque sin ellos no podríamos tener una organización que se sustenta por la activa correspondencia y la buena y ordenada administración, y además hemos podido contender con la burguesía en sus mismos centros, en reuniones públicas, en la prensa, y donde quiera que ha sido necesario presentar hombres en defensa de nuestra idea no han faltado ilustrados trabajadores que han cumplido dignamente con su deber; pero lo declaro muy alto, no queremos en la edad viril ocupar sistemáticamente nuestra inteligencia en estudios propios de la infancia; no queremos que nadie entienda que el adulto a quien la sociedad negó en tiempo oportuno los beneficios de la instrucción ha de pasar en las aulas horas destinadas al descanso, como en castigo de una ignorancia de que no es responsable, y sobre todo rechazamos la idea por la burguesía y aun por dudosos revolucionarios manifestada de que los trabajadores han de aplazar sus aspiraciones revolucionarias hasta haber alcanzado cierto grado de instrucción: los burgueses para explotarnos no nos piden un certificado del maestro de escuela ni un diploma de bachiller, sino que dicen: ¿Tienes fuerza e inteligencia para producir en mi industria?, toma una herramienta o ponte en esa máquina, trabaja; los gobiernos nos imponen leyes, y sea cualquiera nuestra ilustración, nos exigen responsabilidad, nos obligan a cumplirlas. Si el derecho a las reivindicaciones sociales hubiese de ser posterior a la completa ilustración de los trabajadores, sería como resignarse el proletariado a vivir perpetuamente en la servidumbre, porque la burguesía, por acaparamiento y por sistema explotador, imposibilita la instrucción obrera: ved los trabajadores de la agricultura, reducidos a meros instrumentos de trabajo; llevan una vida vegetativa; imposibilitados de toda instrucción, es imposible que adquieran conocimientos que en absoluto se les niega. Los trabajadores de la industria parece se hallan en distinto caso, y no obstante, por la aplicación de la mecánica se reduce al obrero a una situación insostenible y el progreso de la instrucción se dificulta cada vez más. Por ese camino la explotación se eterniza, la Revolución Social es imposible.

Dos tendencias se han manifestado respecto de este punto: una que quiere adornar al individuo de ciertos conocimientos particulares; otra que quiere elevar al individuo y a la colectividad a la consideración de los asuntos que a la humanidad entera interesan: de la primera salen obreros aptos para ingresar en la burguesía mediante un poco de protección que no siempre se obtiene sin menoscabo de la dignidad y de la honra, o se forman capataces y mayordomos que tiranizan a sus compañeros en nombre de los intereses del amo; de la segunda salen trabajadores que ingresan en las falanges revolucionarias que tienen a su cargo la solución de los grandes problemas sociales.

A esta última clase pertenecemos, en este sentido ha planteado el Consejo Local las Conferencias de Estudios Sociales, por este medio quiere contribuir a aumentar el caudal de la ciencia obrera; para esto pide vuestro concurso como el de todos los trabajadores que forman la Federación Regional; no se le neguéis, contribuid todos a los trabajos iniciados hoy y que empezarán a desarrollarse el martes próximo y sucesivos, y tened la seguridad que por este medio prestaréis un servicio importantísimo a la Revolución Social.