El proletariado militante

(Acracia, Octubre 1887)

El estudio del movimiento obrero internacional ofrece un fenómeno extraño para el que carezca de un criterio seguro para juzgarle.

No hace muchos años el proletariado de ambos mundos corría presuroso a la formación de una poderosa y única agrupación obrera internacional; allanábanse todas las dificultades para conseguir el objeto; todo el que desease la transformación de la sociedad para establecerla sobre las bases de la Verdad, la Justicia y la Moral, era aceptado sin distinción de color, creencia ni nacionalidad.

La unión es la fuerza”, proclamábase en todos los idiomas del mundo civilizado. “¡Obreros, asociaos!” enérgica excitación del Manifiesto de Marx, repetíase en todas las naciones por los iniciadores del movimiento internacional, y los trabajadores acudían con entusiasmo a la asociación, llegando a formar aquella formidable red de secciones y federaciones obreras que derramaron el consuelo y la esperanza en el corazón de todos los oprimidos y los desheredados de la sociedad.

Sucedíanse sin interrupción las reuniones de propaganda, discutíanse en el seno de las secciones los fundamentos sociales, dábanse repetidos conferencias sobre multitud de asuntos relacionados con la ciencia, Ia filosofía y la historia, y se creaba, a la par que la aspiración concreta y bien definida de la participación de todos en el patrimonio universal, esa pasión, motor principal de las acciones humanas, fuego que anima la actividad, la energía y la potencia populares.

Los congresos nacionales e internacionales celebrábanse con regularidad, y sus acuerdos elaboraban paulatinamente el nuevo evangelio, que, como producto del pensamiento humano, no de mentida revelación, se imponía a todos los trabajadores del mundo, no como un dogma obligado por la fe, sino como una verdad demostrada por la razón.

Los gobiernos vieron con sorpresa tan extraordinario fenómeno, y la diplomacia recibió la misión de poner un dique a la marea ascendente de la Internacional. Favorecióles la guerra franco-alemana y la derrota de la Commune de París, y la burguesía, pasados estos sucesos, durmió confiada creyendo que las hecatombes de la guerra, los fusilamientos y deportaciones de la venganza, y las limitaciones del derecho de asociación efectuadas por los gobiernos, habían aniquilado la hidra revolucionaria.

Lo cierto es que la Internacional, que cual un meteoro desconocido brilló un momento sobre el horizonte y asustó a la ignorante burguesía, se desorganizó por causas bien distintas de las dispuestas para conseguir este resultado por la torpeza de los burgueses. Sucumbió aquella organización porque las preocupaciones de raza y de secta habían de sobreponerse necesariamente a las vagas abstracciones de Verdad, Justicia y Moral si no se sometían a la fuerza coercitiva de una autoridad, y como la autoridad necesaria para obtener ese resultado no existía, pasado el rápido fulgor del entusiasmo surgió la natural disgregación; los que se unieron a pesar de conservar sus creencias particulares, vivieron unidos mientras el fuego del entusiasmo las eclipsó, y se separaron cuando la persecución y la acción del tiempo extinguieron aquel pasajero ardor.

Aceleraron esta descomposición los conatos autoritarios del Consejo general, que intentó en vano crear por medio de habilidosas intrigas un poder revolucionario internacional en el Congreso de la Haya, consiguiendo únicamente la retirada de la minoría de aquel Congreso, y la celebración del pacto de amistad y confraternidad de Saint-Imier.

A partir de este momento cada nación reconcentró sus propias fuerzas; los arrastrados por el entusiasmo se retiraron, pero llevando cada cual el germen de la idea socialista que les inhabilitaba para prestarse a ser de nuevo instrumentos de la burguesía; quedaron en todas partes los convencidos en número suficiente para constituir potentes núcleos que oportunamente habían de convertirse en centros de atracción que agrupasen los elementos dispersos.

Pocos años han sido necesarios para verificarse tan importante transformación, y hoy vemos que todas las previsiones de la burguesía dominante para combatir los progresos del socialismo han sido estériles.

Inglaterra, además de sus antiguas Trades-Unions, tiene la Federación democrático social y la Liga Socialista extendidas por toda la nación, que con sus periódicos, sus meetings y sus asonadas populares, causan el desasosiego de sus nobles y ricos lores.

La pacífica Holanda hállase agitada por las huelgas y los motines populares; multitud de periódicos socialistas difunden las ideas revolucionarias, y ha constituido un partido obrero inteligente y poderoso que tremola con valor la bandera roja.

Francia lucha incesantemente por la revolución social en sus grandes centros industriales, en las cuencas hulleras, en sus periódicos, en sus frecuentes congresos, en el Parlamento, y las grandes emociones de la lucha de aquel país, que tiene el privilegio de fijar la atención del mundo todo, reproducidas en la prensa universal por la multitud de sus corresponsales, repercuten en todas las naciones.

Italia hállase agitada por la actividad de los anarquistas y del partido obrero, y cuenta con una prensa socialista que alterna la demostración científica de los principios revolucionarios con las excitaciones más enérgicas de la pasión.

Alemania dio no há mucho el espectáculo de haber recogido en sus urnas electorales los votos de un millón cien mil socialistas.

Bélgica, Suiza, España y Portugal, han dado fisonomía propia a sus clases trabajadoras respectivas, que responden a la actitud en que se halla el proletariado de todas las naciones.

En el Nuevo Mundo se siente el movimiento proletario desde el San Lorenzo hasta el Plata: en el Sur por la emigración latina; en el Norte, por la germánica, al mismo tiempo que por el elevadísimo grado de explotación a que ha llegado el capitalismo en los Estados Unidos.

Vivo el espíritu de clase y unánime la aspiración revolucionaria en cada nación, falta, si hemos de seguir la preocupación burguesa, un centro de unión, una dirección inteligente. ¿Se formará ese centro? No queremos profetizar sobre ese detalle, relativamente secundario, pero nos inclinamos a la negativa.

Lo que une es el pensamiento, y en este punto el proletariado universal hállase unánimemente conforme en la destrucción del jornal y en la necesidad de conquistar la toma de posesión del patrimonio universal. Sin centro de unión, sin entidad directiva, en cada país conservará el proletariado su fisonomía propia, y su iniciativa y su actividad responderán positivamente al grado de desarrollo que en el mismo alcance la idea revolucionaria; no habiendo, por tanto, peligro de que se convierta en instrumento de bajas pasiones personales, y hallándose en disposición de responder espontáneamente cada vez que la solidaridad lo exija, tanto respecto de la acción como de la propaganda.

Consciente ya el proletariado respecto de su derecho, y aleccionado por la experiencia y por su propio criterio para desarrollarse y obrar libremente, constituye hoy una verdadera potencia, que se acrecentará cada día y llegará infaliblemente al logro de sus aspiraciones para bien de la humanidad y satisfacción de la justicia.

Tal es el proletariado militante.