Movimiento social

(Acracia, Octubre 1887)

La Revolución es vieja en el mundo, pero hasta hoy ha sido ineficaz.

Movimientos encaminados a destruir una forma del mal se han efectuado siempre; correctivos apropiados a la manera de ser de aquel mal particular se han aplicado cada vez que la opinión ha alcanzado consistencia suficiente para traducirse en hechos y obtener la victoria; mas en las mismas garantías empleadas para que el mal no se reproduzca se han guardado sus gérmenes, y el mal ha retoñado fuerte y vigoroso; tanto, que si se considera la proporción relativa al mayor grado de instrucción, al mayor número de individuos conocedores del derecho y al valor material que por esas consideraciones representa la injusticia hoy dominante, existe en la actualidad un mal mayor que el existente en cualquier otra época histórica.

Guiados por generosos ideales, los fundadoras de la Unión de la América del Norte establecieron aquella república a costa de grandes sacrificios; el bien parecía haber encontrado una patria; todo inducía a creer que la justicia había hallado su fórmula práctica; diriase que la fraternidad, tan solicitada por los filántropos de todas las épocas, hallábase dispuesta a extender su bienhechora influencia por aquellas hermosas ciudades creadas como por encanto por la magia del trabajo libre, y aquellos campos recientemente abiertos por la civilizadora reja del arado. La libertad iluminó al mundo, no por una alegórica estatua como la inventada por la iconografía burguesa, sino en su sentido más expresivo y directo, dando un positivo impulso a la Revolución francesa, tan importante, que entre las causas de aquel gran acontecimiento casi se puede dar tanto valor a la entrevista de Washington y Lafayette y al viaje de Franklin a París como a los efectos del trabajo de los enciclopedistas.

Pero en aquella nación esperanza de todos los oprimidos, patria de todos los expatriados del viejo mundo, deslizase la esclavitud, se desarrolla rápidamente y amenaza convertir la república en oprobio de la humanidad. Su vitalidad libertadora no decae, y tras una sacudida tan vigorosa que no tiene ejemplo en la historia caen vencidos los esclavistas del Sur, y la libertad resplandece nuevamente. Quedaba existente el capitalismo, y éste, no habiendo aún extremado su maléfica influencia, sólo causaba admiración por las maravillosas obras por su iniciativa creadas. Mas las mismas necesidades de la vida nacional, tanto como la codicia de los capitalistas, les lleva a exagerar la creación de productos, la exportación y la explotación de los trabajadores, con lo cual aquella república crea la crisis para la vieja Europa y el problema social en su propio país.

Allí todo se hace con rapidez: en cuanto los trabajadores sienten la necesidad de agruparse y luchar, forman gigantescas agrupaciones y declaran huelgas de líneas enteras de ferrocarriles; por su parte la burguesía no se descuida y emplea para su conservación medios apropiados; siguen su curso las sucesos, y trátase de celebrar en Mayo del pasado año una huelga general; resiste y combate la burguesía, y después de vencer quiere recrearse con el placer de la venganza, y a semejanza de los antiguos mejicanos se reserva algunas víctimas para ofrecerlas en holocausto a su dios: eso representan los siete trabajadores sentenciados en Chicago.

¡El iris de paz se convirtió en negra tempestad! ¡El triángulo republicano pesa sobre los trabajadores libres como el cetro de un tirano de la Antigüedad sobre los trabajadores esclavos!

¿Cuál es la causa de esa transformación? ¿Por qué tan hermosos propósitos, tan risueñas esperanzas se convirtieron en tan odiosas realidades? Para nosotros es evidente la causa: porque, desconfiando de la bondad de los hombres, las revoluciones confían a la autoridad la represión de las demasías que puedan cometer; y como por evitar que unos hagan el mal se da a los otros el medio de hacerlo, estos lo hacen siempre en relación con los medios de que disponen; en una palabra: las revoluciones se esterilizan porque la autoridad no queda absolutamente destruida.

Esto comprenden hoy los trabajadores, para hacerlo práctico se preparan, y quién sabe si el drama que se desarrolla en Chicago será el preludio de la Revolución Social.