La crisis política en Francia

(Acracia, Noviembre 1887)

Francia tiene el privilegio de fijar la atención especial de Europa; sus vicisitudes interesan a todas las naciones del continente porque con ella tienen todas relaciones de intereses o de ideas, y naturalmente, como estos pueden afectarse en bien o en mal según el curso de los acontecimientos, todos esperan su solución como el que teme un peligro o espera un suceso próspero.

Graves inmoralidades cometidas a la sombra de poderosas influencias oficiales han levantado un grito de indignación y han promovido una crisis política, cuyo resultado inmediato será la dimisión del presidente de la república, y sus consecuencias para lo porvenir, indudablemente graves, no pueden preverse.

Todos los partidos se agitan, todos cabildean, casi puede decirse conspiran, y dícese a última hora que el poder alemán ha lanzado una especie de amenaza para el caso en que por la dimisión de Grevy salga Francia de la calma del oportunismo para entrar en el terreno de las aventuras radicales.

El elemento trabajador, avivado por las continuas luchas económicas que viene sosteniendo contra el capitalismo, vivamente afectado por la tragedia de Chicago y separado en su gran mayoría de los partidos burgueses, se prepara a obrar como clase distinta y opuesta a la burguesía, tomando al efecto enérgicas y oportunas resoluciones.

Nunca como en la situación presente ha podido decirse que nos hallamos en una época de transición.

Vívese en una organización formada con restos del pasado; habiendo arrojado como lastre inútil todas las ideas y todas las creencias que dieron vida a esa misma organización, y no alcanzando aún las ideas modernas consistencia suficiente para arrollar los viejos intereses y fundar nuevas instituciones, todo son contradicciones, anomalías, luchas y apasionamientos.

No hay colectividad política que pueda ofrecer garantías de paz y seguridad; todas se hallan igualmente desacreditadas, constituyendo este hecho el golpe decisivo que arroja a los profundos abismos de la indiferencia y del escepticismo a infinito número de personas pertenecientes a todas las categorías sociales que aun hoy dividen las naciones.

Sólo en los trabajadores se halla hoy la firmeza de los principios, la fe en aspiraciones regeneradoras, la abnegación del sacrificio. Y esto porque, inteligencias no viciadas en el sofisma, desengañados de las seductoras utopías con que la burguesía les atrajo a su partido y purificados por el sufrimiento, son hoy los depositarios de la idea de progreso, abandonada por la satisfecha burguesía, y ellos han de constituir el potente núcleo de donde han de irradiarse esos trabajos de reorganización social, absolutamente necesarios para que la Edad Moderna pueda considerarse como definitivamente constituida en frente de la caduca Edad Media.

Así juzgamos la actual crisis política de Francia, y sean cualesquiera los sucesos que sobrevengan, ora suba a la presidencia un burgués de los varios que se anuncian como candidatos, ora se entregue a una dictadura militar, ora por una intriga parlamentaria se entronice como representante de la legitimidad el descendiente de Felipe Igualdad, ora estalle el rencor de las dos naciones separadas por el Rhin, siempre consideraremos esos varios sucesos como episodios de la gran obra de transformación social.