Los pobres de Dios

(Acracia, Marzo 1888)

Un código de moral revelado al hombre por la sabiduría infinita ha de ser necesariamente irrefutable por la lógica humana. Si la razón lo refuta, sucederá una de dos cosas: o la revelación es falsa o sus enseñanzas son inaplicables. ¿Es irrefutable la moral contenida en el Evangelio? Si se examina esta proposición desde el punto de vista de la sociología, prescindiendo de otros muchos puntos de vista, hallaremos una negativa terminante y categórica.

Contra los tristes efectos de las injusticias sociales recomienda el Evangelio la caridad, no como virtud transitoria, sino como una práctica permanente: Jesús profetiza que siempre habrá pobres entre nosotros. Por consecuencia, el bueno ha de ser caritativo hoy, mañana y hasta el fin del mundo; y tanto es así, que, preguntado el maestro qué es necesario para alcanzar el premio señalado a los justos, responde:

Despojarse de todos los bienes terrenos y repartirlos entre los pobres.

¿Qué es el pobre? Doy la respuesta contenida en el primer diccionario que tengo a mano: un hombre necesitado, menesteroso, desprovisto de lo necesario. La definición es exacta: desprovisto de lo necesario. Fijáos en la significación de tan terrible frase. El que carece de lo necesario no puede vivir, porque lo necesario no es lo superfluo, ni lo accidental, ni lo condicional; es lo imprescindible, la circunstancia esencial de la vida, fuera de lo cual sólo se halla la muerte.

¡Siempre habrá pobres entre nosotros! Es decir, siempre habrá en el mundo quien carezca de lo necesario. Siempre habrá quien carezca de alimento para restaurar sus perdidas fuerzas, de casa y vestidos para defenderse del rigor de las estaciones, de instrucción y ciencia para desarrollar sus facultades intelectuales.

¡Fatídica profecía!

¡Siempre habrá pobres entre nosotros! Es decir, siempre habrá quienes vivirán fuera del derecho natural, consistente en la legítima posesión de la parte que le corresponde del patrimonio universal, y por consiguiente siempre habrá expoliadores, tiranos y explotadores.

¡Y esto lo dice un dios que todo lo sabe y todo lo puede, y que con todo su poder y toda su sabiduría ha creado el mal en el mundo, le deja subsistente, y para remediar su torpe conducta recomienda la caridad!

Si eso es Dios, razón tuvo Proudhon para decir: ¡Dios es el mal!

Pero la profecía divina no se cumplirá; tiene en su contra dos fuerzas poderosas, más poderosas que eso divinidad que, pudiendo evitarlo, crea los males para dar lugar a que se ocupen en algo los caritativos; esas dos fuerzas son: el Progreso y la Ciencia; y si esto no basta, aun puede añadirse: la Bondad humana.

El Progreso conduce a la humanidad por la perfección relativa a la perfección absoluta; la Ciencia lleva sus luces al conocimiento, y por consecuencia al aniquilamiento de todas las causas del mal, y la Bondad humana que ha salvado los límites de las bárbaras sociedades primitivas, que no pereció en el régimen de las castas, ni en el trastorno de las conquistas y de las irrupciones de la Antigüedad, ni en la dominación teocrática de la Edad Medio, seguirá su marcha incesante, y con la Sociología hallara teóricamente la sociedad justa, y con la Revolución destruirá todos los privilegios, y contra la previsión y la voluntad de Dios establecerá la libertad, la igualdad y la fraternidad, y acabarán los pobres entre nosotros.