Del problema social

(Ciencia Social, Octubre 1895)

Todo problema viene a ser, antes de su solución, una especie de intuición de la verdad; lo que le falta, para mostrarse a la inteligencia con los caracteres de una verdad positiva, es la demostración lógica y racional.

Para que un problema tenga condiciones de tal han de ser racionales los datos o elementos que le constituyen, y han de hallarse en relación lógica con la solución esperada: de otro modo el problema es insoluble y falsa la aspiración que sobre la misma se hubiese fundado.

Todo el mundo sabe que una variedad de cantidades heterogéneas no puede resolverse en una suma; pero igualmente se comprende que si un propietario posee, por ejemplo, dos casas, tres viñas, una fábrica con diez máquinas, cien acciones de una compañía industrial y unos cuantos miles de duros en metálico, y tasa cada una de estas cosas expresando su valor particular por unidades monetarias, y suma todas las cantidades, hallará el resumen de lo que posee; si luego reduce a una suma total sus deudas y la resta de la cantidad anterior, tendrá conocimiento exacto de lo que constituye su capital.

Por desconocer distinción tan esencial a la par que tan sencilla, los que fundaron la igualdad en el misticismo dijeron que todos éramos hijos de Dios y herederos de su gloria; pero dejaron subsistente la heterogeneidad de todas las desigualdades del mundo pagano, sin que en el transcurso de la era cristiana haya producido efecto social el anatema evangélico contra los ricos. Del mismo modo los fundadores de la democracia creyeron hacer práctica la trilogía republicana, Libertad, Igualdad, Fraternidad, declarando que todos somos iguales ante la ley; pero al aplicar el título igualitario de ciudadano al pobre y al rico, cubrieron la injusticia con hipócrita disfraz y quedó subsistente la esclavitud y la usurpación de las sociedades de los tiempos bárbaros.

No se suman números heterogéneos: no son unidades de la misma especie para integrar una cantidad que, a semejanza de la exactitud matemática, represente la santidad de la justicia, el infeliz campesino que consume sus días en la ignorancia absoluta y en el abatimiento del trabajo, el gobernante soberbio que maneja a su antojo la vida de los que se hallan sometidos a la obediencia, el rico que se cree con privilegio exclusivo para usufructuar cuanto existe, el trabajador que carece de todo en medio de la abundancia a cuya producción contribuye.

Ni en el cristianismo ni en la democracia hay, pues, racionalidad de datos o elementos para la solución del problema social.

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Insistiendo en la tesis, décimos al cristianismo: si la caridad ha de nivelar las imperfecciones sociales, ¿por qué no se ha aplicado caritativamente la inteligencia de los legisladores y estadistas cristianos a fundar instituciones que la hiciesen eficaz, ya que, según la encíclica Resum novarum, la industria de los hombres y el derecho especial de los pueblos han de determinar el modo de ser de la propiedad? ¿por qué hay menesterosos que perecen en la frialdad de desmanteladas bohardillas, trabajadores que han de abandonar la tierra donde nacieron tras las terribles incertidumbres de la emigración, y legiones de mendigos que hacen una industria de la desgracia y un arte de la manera de impresionar al transeúnte? ¿por qué se pide al individuo que repare con la inutilidad de su óbolo lo que es una falta colectiva?

Hartos ya de oír a los apológistas y confesores de la secta, que no cesan de atribuir a los pecados de los hombres un malestar que arranca de otras causas, les negamos competencia para los asuntos sociales. Tengan entendido que así como la astronomía y la geología quitaron al Génesis todo valor científico para reducirlo a la condición de leyenda poética, la sociología no considera al Evangelio y a las declaraciones dogmáticas de la Iglesia católica más que como elucubraciones, hipótesis y teorías anuladas ante el progreso de la ciencia.

Y respecto de la democracia: la desvinculación de la autoridad que la democracia representa es de efecto nulo, porque el que manda, sea la que fuere la ficción legal de donde se origine el poder, siempre se coloca enfrente del que forzosamente ha de obedecer; resultando además falso el principio en que la autoridad se funda, toda vez que si los hombres han de ser gobernados para que la sociedad subsista, hombres son los gobernantes, y la desconfianza sobre la capacidad humana para mantener espontáneamente la armonía social tanto alcanza a unos como a otros, agravada, respecto de los poderosos, por el abuso de los medios excepcionales de que disponen.

Compréndese la autoridad como delegación positiva y directa de un ser superior a la naturaleza humana, que en el misterio de la zarza ardiendo da a Moisés la investidura de jefe de su pueblo; del mismo modo que la legislación, manifestación directa de la sabiduría y la voluntad divinas, revelada al mismo caudillo hebreo en la cumbre del Sinaí, según el Éxodo. Pero anulado el derecho divino y proclamada la democracia, ni aún en la democracia misma puede detenerse el avance, y si no se ejerce el poder en nombre de un ser superior, menos puede ejercerse en nombre de la igualdad.

Dos obstáculos poderosos existen, desde remotos tiempos, para que todos cooperen a la obra del progreso, y también para que todos beneficien equitativamente de ella, sin que las transformaciones operadas por la evolución y la revolución afecten gran cosa a su esencialidad: la autoridad y el jornal. La primera divide a los hombres en mandarines y servidores; el segundo somete el trabajador a la voluntad del detentador de los medios de producir: ambos son las firmes columnas del privilegio, hasta el punto de desafiar con su resistencia el empuje de las revoluciones y poner a prueba la sabiduría de los economistas y de los hombres de Estado, quienes, a semejanza de los sabios de la antigüedad respecto de la esclavitud, consideran indestructible el sistema de producir a jornal.

La autoridad es un hecho, pero nunca, será un derecho. Un hombre podrá tener más fuerza que otro, pero nunca tiene tanto como una nación: si en la práctica vemos dominante el poder personal, aun en las misma naciones regidas por una constitución democrática, es porque los súbditos, porque súbditos son aunque se denominen ciudadanos, abdican o se ven compelidos a abdicar de su propia fuerza para prestársela al tirano.

La autoridad es, pues, incompatible con la naturaleza, humana, porque sobre ser ineficaz para el objeto que le sirve de pretexto y hallarse en contradicción con su principio fundamental, como ya hemos indicado, sólo puede existir merced a la atrofia de las facultades morales de los sometidos, sin que por esto se salven las del tirano, que, por el hecho de serlo, se excede tanto de su ser natural en el sentido de la dominación, como los otros carecen del dominio de sí mismos.

Por lo que respecta al jornal, el valor de un producto debería de estar en relación del trabajo que cuesta su producción y también de su utilidad, y su percepción correspondería de derecho al productor; pero la producción es obra por demás compleja, ya que a la elaboración de la cosa más insignificante contribuyen todos los conocimientos de nuestra, civilización así como la casi totalidad de nuestro poder industrial, y, por tanto, la parte alícuota de cada uno de los productores es imposible de determinar aunque para ello se reuniesen en congreso y en sesión permanente todos los matemáticos clel mundo.

Esa imposibilidad no justifica en manera alguna el actual sistema de producción y de recompensa, consistente en la ganancia para el capitalista y el jornal para el trabajador, modo de solventar a ojo y a beneficio del preponderante, ni por asomo en justicia, la distribución del valor.

No podemos ni queremos apurar hoy por hoy el asunto: nos basta con lo estrictamente preciso para probar nuestra afirmación: la autoridad no es garantía de sociabilidad, sino un medio de dominación: el jornalero no es la recompensa equitativa del trabajo, sino un medio de excusar la usurpación.

En la sociedad actual se vive materialmente de lo pasado y moralmente de lo porvenir: el error se halla encarnado y concretado en instituciones y costumbres; la verdad suprema existe en deseo, en aspiración, en ideal. Lo viejo es considerado como santo, las manifestaciones precursoras de lo futuro son tenidas por locura.

Ante las reivindicaciones de los desheredados, las preocupaciones sobre que descansa el privilegio son una especie de Junta de Salamanca que invoca la tradición contra el descubrimiento de un nuevo mundo.

La idea de justicia es, como la verdad científica, resultado del saber, que a su vez lo es de la experiencia.

Antigua casi como la humanidad es la astronomía, toda vez que desde remotísima antigüedad los hombres miraban al cielo para sacar del movimiento de los astros nociones acerca del tiempo y también para fomentar sus supersticiones, y, no obstante, el conocimiento positivo de la mecánica celeste es reciente; antiquísimas son también la medicina y la cirugía, y hasta nuestros días se ha ignorado que las enfermedades constitucionales son producto de un microbio especial, y el moderno método antiséptico permite cortar y trinchar el cuerpo humano, curando por primera intención las operaciones más cruentas sin producir infección alguna; lo mismo puede decirse de otras ciencias iniciadas en los tiempos más remotos y llegadas en nuestros días al mayor agrado de apogeo en virtud de descubrimientos sorprendentes, unos por la grandiosidad de su concepción y otros por su inverosímil sencillez.

Antiquísima es la sociedad humana, y sin embargo, después de infinitas guerras y revoluciones, de males imponderables y de quejas que forman un insondable e ilimitado océano de sentimiento, de tantos mártires y pensadores, de tantas teorías y sistemas, ha sido preciso llegar a la actualidad para, si no dar con la fórmula exacta y matemática que ha de confundir en armónico acorde la sociedad de hecho con la sociedad de derecho, al menos para encauzar su marcha por la vía de la ciencia.

Es ya claro como la luz del día y reconocido, lo mismo por inteligencias superiores que por la turba multa del vulgo, que el ideal social presentido por hombres generosos de todas las razas y de diversas épocas pasadas no pudo tener demostración evidente y universal hasta el fracaso de infinidad de tanteos revolucionarios, que no otra cosa fueron esas sacudidas que agitaron las naciones en busca de una relativa mejora, y sólo con el esfuerzo intelectual de los modernos pensadores y con el advenimiento a la vida de la inteligencia, de la iniciativa y de la aspiración emancipadora de esa gran colectividad llamada el proletariado, nació la sociología, y ya la revolución no es fuerza ciega producida por el sentimiento, sino fuerza consciente que llegará a su objeto con precisión mecánica.

Poco importa que los privilegiados lo nieguen, ni que los poderes pretendan reprimir por la fuerza lo que por indestructibles fuerzas naturales se ha creado, ni que los órganos de la poderosa burguesía clamen contra lo que despreciativamente llaman la demagogia; ello es que la idea está lanzada, se abre paso, se condensa en conocimiento, se traduce en voluntad para en su día resolverse en hecho.

La evolución es esta: a un mal un remedio empírico inmediato; aplicado éste, por no ser más que un paliativo ineficaz, se reproduce nuevamente el mal, y así de teoría en teoría, de desengaño en desengaño, se ha llegado a la negación anarquista, negación saludable, criterio salvador, porque por más que digan los retóricos que con negaciones nada se hace, lo cierto es que quien niega la tiranía afirma la libertad, quien niega la explotación y el jornal afirma el derecho innato a la vida, a la participación en el patrimonio universal y al desarrollo absoluto de las propias facultades, y quien niega el dogma afirma su razón, equiparándola cuando menos a la de todos sus semejantes.

En el terreno puramente científico no cabe el oportunismo. Un descubrimiento se publica en cuanto un rayo de evidencia, movido por la observación, por el estudio y aún por la casualidad, hiere el pensamiento de un hombre, y sus efectos, a pesar de todos los fanatismos, de todas las preocupaciones y aún de todos los intereses que le sean contrarios, se hacen sentir inmediatamente en la extensión completa de su acción, como lo prueba el moderno industrialismo, nuestro sistema de comunicaciones, etc.

La sociología no ha de ser una excepción de esta regla, aunque por desgracia, así como para las otras ciencias el intrusismo y el charlatanismo se hallan desprestigiados, en ella los intrusos y los charlatanes usufructuarios del poder imponen la ley.

Las verdades sociológicas han de ser difundidas, y para ello, contra las tendencias obscurantistas de los usurpadores, estamos los anarquistas dispuestos siempre a divulgar cuanto sobre tan importante asunto se sepa, dirigiendo principalmente nuestra crítica contra ciertos evolucionistas que pretenden tasar el progreso, administrarlo a dosis mínimas, como si la inteligencia, la pasión y la necesidad de los millones de seres humanos reducidos a vil condición hubiera de acomodarse a la necia parsimonia de quienes por creerse de naturaleza superior repiten aún que hace falta un Dios para la canalla.

No hay que esperar un grado de instrucción superior en la masa popular para emancipar, manumitir pudiéramos decir, al trabajador de la tiranía gubernamental y capitalista, y esto por dos razones: primero, porque es indigno siempre abusar del débil y del ignorante; segundo porque la instrucción que se pide como condición ha de ser más bien un efecto que una causa: compárense los medios de instrucción del trabajador antes de la moderna aplicación de la mecánica a la industria con los actuales, en que el hombre es reemplazado por la mujer y el niño, y reducido a la impotencia, y se verá que el moderno progreso ha sido negativo para la instrucción del trabajador, y sino fuera por el impulso que en hora feliz dio la Internacional y por el incansable apostolado de un buen número de trabajadores, poco consumo de argucias habrían de hacer los evolucionistas servidores del privilegio para saturar el mundo de sus teorías.

Por esto es necesario el concurso de todas las inteligencias honradas y el esfuerzo de la buena voluntad.

Por esto ha venido a utilizar la prensa como medio de difusión Ciencia Social.

Por esto procuraremos evidenciar las verdades sociológicas, sin esperar la conformidad de nuestros enemigos. Harto sabemos que si la verdad fuese puesta a votación siempre votarían en contra la preocupación y el egoísmo.