Una consideración

(Ciencia Social, Noviembre 1895)

La prensa, esa industria de la noticia fresca, que, tanto contribuye, con su irreflexión y frivolidad, al escepticismo dominante, acusa de exageradas las manifestaciones socialistas de toda especie; sin querer profundizar nunca las causas, ni menos elevarse a la consideración de los ideales, cosas que tiene por cursis y dignas solamente de fanáticos incultos, toma inestable presente como una eternidad, se burla del que aspira a reformas sociales en consonancia con las más elementales nociones de la economía, y procura no disgustar al suscriptor, ya que este, como es natural, pertenece a la clase de los que tienen que perder.

Por esas manifestaciones socialistas se justifican por la grandeza misma de su causa: se trata de exponer quejas fundadas en la expoliación sistemática, perpetrada, durante siglos y siglos, por las clases dominantes; de miles y miles de vidas segadas en flor, en la época de su madurez y siempre antes del término natural de la vida. Y si la crueldad de un Herodes, la San Bartolomé, la época del Terror o la matanza de los frailes, por ejemplo, horrorizan cuando su recuerdo se presenta a nuestra imaginación, y la historia ha agotado los negros calificativos y los recursos de la retórica para impresionar de una manera dolorosa y repulsiva al lector, justo es que los socialistas de los diferentes matices apelen al mismo recurso para presentar el despojo constante, la matanza diaria, que al amparo de la ley, de las instituciones sociales, políticas y religiosas y con el beneplácito y la indeferencia de tantos, verdugos y aun víctimas de las mismas, se realiza en nuestra sociedad.

Para apoyar nuestra tesis, reproduciremos aquí algunos de los datos que tenemos recogidos, procedentes de estadísticas más o menos oficiales.

Una investigación hecha en Londres sobre el estado de los niños que concurren a las escuelas de instrucción primaria, demuestra una degeneración física espantosa. De 5.500 niños examinados, resultaron enfermos la mitad: padecían insomnio, sonambulismo, neuralgia, caries dentaria, escrofulismo, etc., a causa de alimentación insuficiente, aire insano y miseria de toda clase.

Allí la pobreza, con todos sus horrores, anida cerca de la más ostentosa opulencia. En el barrio East-End se halla demostrado que hay constantemente cerca de un millón de hombres, mujeres y niños para quienes la vida de cada día es un problema de casi imposible solución. Mezclados en repugnantes tabucos viven ladrones, asesinos, muchachas y obreros con sus familias, en medio de todas las promiscuidades de la más vil inmoralidad. No hay virtud humana, ni aun la de aquellos héroes de la abnegación y del altruismo santificados por las religiones, que pueda soportar la prueba a que allí se halla sometida la honradez.

Hay en París 200.000 indigentes que viven de la caridad pública y que habitan lejos del centro brillante de la gran capital, en Belleville o en las pendientes del valle de Bievre, donde se cuentan 3.735 habitaciones desprovistas de todo medio de calefacción, en un país de largos inviernos en que el termómetro desciende corrientemente a 12º, 14º y más bajo cero; 6.894 tugurios que sólo reciben luz por un agujero, y 3.192 que carecen absolutamente de luz. En esas habitaciones hay piezas con cuatro o cinco camas donde duermen dos o tres personas. Hay, además, una gran masa de población que pasa la noche en inmundas, y repugnantes casas de dormir, y muchos individuos que duermen en los lanchones carboneros del Sena o en los bancos de los paseos públicos.

En ese medio se procrea, se reproduce la especie, se vegeta en la ignorancia y el vicio; y en el centro de esa población a que se ha dado el nombre de capital de Europa y cerebro del universo viven los salvajes de la civilización, mucho peores que los de las selvas africanas, oceánicas o americanas, porque en estos hay la posibilidad de ascender en la escala de la dignidad humana, pero los salvajes de París yacen en el abismo de la degradación por la miseria, por la corrupción, por el desprecio de sí mismos.

Se calcula que la miseria mata el 90 por 100 de los pobres, antes de los cincuenta años. Según los cálculos de Deparcieux, de cada 1.000 nacidos ricos, 235 llegan a la edad de setenta años; mientras que de cada 1.000 nacidos pobres sólo llegan a la misma edad 117. En París, en los distritos ricos, la mortalidad anual es de 13 a 16 por 1.000, mientras que en los barrios pobres es de 25 a 31 por 1.000. La misma proporción ha sido demostrada por Villermé, en Mulhouse, y por Marmisse, en Burdeos. La diferencia es todavía más notable en Nueva York, donde, en los distritos ricos, la mortalidad es de 28,79 por 1.000, y de 150 a 196 por 1.000 en los distritos pobres.

En Madrid muere mucha más gente de la que moriría si la población estuviese sometida a reglas racionales de higiene y de economía. En el año 1890 hubo allí una mortalidad de 44 por 1.000, y si, ya que esa tremenda proporción no se detalla por insuficiencia de la estadística oficial, suponemos una proporción análoga a la que vemos en los anteriores datos de Nueva York existente entre pobres y ricos, no parecerá exagerado suponer que aquellos pagan el doble del citado contingente.

Para apoyar esta suposición, véase el dato siguiente en toda su elocuente y aterradora sencillez:

El cálculo del término medio de la vida (descontando a los niños, que pagan a la mortalidad entre los obreros un contingente odiosamente superior al de las clases privilegiadas), es, para los patronos, de 43 años; y para los obreros, de 15.

Entre las causas de la mortalidad obrera cuéntanse las enfermedades profesionales.

La inhalación de polvos da lugar a numerosas enfermedades de los órganos respiratorios, conocidas genéricamente con el nombre de puneumoconiosis, y que constituyen una predisposición a la tisis tuberculosa. Entre los trabajadoras cuya profesión produce polvos metálicos, se mencionan 21 grupos, entre los cuales dan la mayor proporción de tísicos los afiladores de agujas, 69,6 por 100, y la menor los latoneros, 6. Entre los trabajadores que aspiran polvos minerales se citan 8 grupos, de los que el mayor contingente de tísicos lo suministran los que trabajan el sílex, 80 por 100, y el menor los diamantistas, 9. De los trabajadores cuyas industrias producen polvos vegetales dan el mayor contingente de tísicos los cigarreros, 36,9 por 100, y el menor los mineros, 0,8. Entre los obreros de industrias que producen polvos animales, los fabricantes de cepillos dan un contingente de tísicos de 49,1 por 100, y los pañeros, 10. Por último, en ocho profesiones no clasificadas entre las anteriores, los vidrieros pagan el mayor tributo a la tisis, 35 por 100, y los carniceros 7,9.

A dicha enfermedad han de añadirse las que produce la larga exposición a los vapores sulfurosos y nitrosos, al cloro, al ácido clorhidrico y las intoxicaciones profesionales, producidas por el cobre, mercurio, arsénico, fósforo, bencina, nitrobencina, fuschina, anilina, sulfuro de carbono, etc., etc., cuyo catálogo es grande, y no estaría de más agregar las muertes ocurridas por accidentes previstos y fáciles de evitar, pero que no se evitan por no disminuir los dividendos activos. De donde se deduce que la industria se alimenta de carne humana, y a los capitalistas, que sobre ella y sobre la propiedad fundan su ganancia legal se les pueden aplicar estas severas palabras de Rafael Salillas:

Todo lo que se detenta de la vida de nuestros semejantes es antropofagia, porque es nutrirse desnutriendo a los demás, es enriquecer la parte empobreciendo el todo, y es el absurdo la representación morbosa de una industria robusta con obreros flacos, y de un Estado pletórico en una nación anémica”.

Queda, pues, demostrado que no hay tal exageración en las manifestaciones socialistas, y que a los pulcros periodistas que por 25 o 30 duros al mes sirven la causa del privilegio con la esperanza de ser diputados o ministros, después de hacer constar que venden a sus hermanos los asalariados en general, se les puede decir:

No hay para qué hacer aspavientos, ante la verdad, porque, como dijo el poeta:

Arrojar la cara importa

que el espejo no hay por qué.