Solemnidad universitaria

(Ciencia Social, Diciembre 1895)

Cumpliendo la promesa que hicimos en nuestro número anterior, hemos de fijar nuestra atención en la oración inaugural titulada “El obrero de la inteligencia”, que leyó su autor el doctor D. Benito Torá y Ferrer en el acto de apertura del actual curso universitario, de la que la prensa diaria tomó algunos párrafos que, juzgados en detalle, han hecho cierto efecto en la opinión, contrario al espíritu del conjunto.

He aquí algunos de sus pensamientos más culminantes :

Antes que el hombre trabajara, existía el trabajo, había trabajado un Dios, para crear al hombre y la mansión que le tenía destinada.

Luego el trabajo es una concepción divina, y como siendo divina es perfecta, cuando el hombre le practica se perfecciona y acerca a la divinidad”.

Ni religiosas ni científicas son las afirmaciones transcritas: lejos de acercarse el hombre a Dios por el trabajo se desvía de él, toda vez que, según la Biblia, fuente de verdad absoluta para el cristiano, fue instituido como un castigo impuesto a la desobediencia.

Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida;

Espinas y cardos te producirá, y comerás hierba del campo;

En el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres y al polvo serás tornado”. (Génesis, III, 17, 18 y 19)

Además, la idea de Dios, por el hecho de no estar sujeta a la investigación racional, carece de fundamento científico, y la creación es una palabra cuyo valor es puramente convencional, ya que siendo la materia increada no hay creador que de la nada (otro convencionalismo absurdo del lenguaje) haya podido dar principio a la existencia del universo.

Define luego el trabajo y dice:

Trabajar es emplear el tiempo, ocupándose en algo que directa o indirectamente pueda ser útil al individuo o a sus semejantes, por lo tanto el que trabaja cumple con el sagrado deber que le impusieron Dios, la sociedad, la familia y del cual necesita asímismo para su sostén”.

Apoyado en esta definición, exacta únicamente en su primera parte, lanza esta especie de anatema contra el holgazán :

El que no trabaja y no quiere trabajar, debería ser considerado como hijo expúreo y malvado, debiendo la sociedad rechazarle de su seno, como lo hicieron en otro tiempo los espartanos y lo han hecho otros pueblos con aquellos de sus hijos que, por desgracia, nacieron imperfectos”.

Este párrafo es al que nos hemos referido antes y que de seguro haría tan pésimo efecto entre los privilegiados de carácter oficial que asistían al acto. Pero bien mirado no hay motivo para que los holgazanes de profesión se alarmen; porque las fuertes aunque inadecuadas calificaciones a que hace referencia no dice que sean, sino que deberían ser aplicadas, y si no lo son no es culpa suya, ni parece importarle gran cosa, empeñado como se halla en dejar bien sentado que los obreros de la ciencia valen más que los de la industria, sin tener en cuenta que esta distinción es producto no de aptitudes esenciales e ingénitas del individuo, sino de las injustificadas clasificaciones sociales, contra las cuales nada dice, sin duda porque sólo conoce el efecto e ignora por completo la causa.

Más expresivo estuvo San Pablo hace ya muchos siglos cuando dirigiéndose a los tesalonicenses escribió estas palabras: “que si alguno no quisiere trabajar tampoco coma”; sentencia perfectamente inútil, toda vez que bajo los auspicios del cristianismo se ha cobijado en todos los tiempos la inmensa legión de los desocupados.

Su empeño en enaltecer los obreros de la ciencia le lleva a deprimir los obreros industriales, y escribe estas palabras: “Los esclavos de los indios, de los romanos, los siervos de Europa, lo mismo que los obreros sin instrucción de nuestros días, son meros instrumentos que en nada contribuyen al progreso humano”. Lo absoluto de esta afirmación está de lleno en contra de la verdad histórica. Hubo en Roma un Espartaco que acaudillando a 70.000 esclavos que luchaban por su libertad, y por consiguiente por el progreso humano, pusieron al borde del abismo al imperio dominador del mundo. Durante la revolución francesa la isla de Santo Domingo fue teatro de la guerra sangrienta que sostuvieron los negros, acaudillados por Ogé y Toussaint-Lauverture, en defensa de su libertad y por tanto del progreso, con cuyo motivo pronunció Barnave estas famosas palabras: “Perezcan las colonias y sálvense los principios”; y Gregoire estas otras: “Si Ogé es culpable, todos nosotros lo somos: si el que ha reclamado la libertad para sus hermanos ha perecido justamente en un cadalso, necesario será hacer subir a él a todos los franceses que se nos parecen”. Respecto de los siervos, todo el mundo sabe que ellos libraron a Europa de la odiosa tiranía del feudalismo, dando con ello fuerte impulso al progreso, y en corraboración véase esta cita histórica: “En cierta época los siervos en Francia pudieron conseguir su libertad. Esta emancipación fue poderosamente favorecida por la libertad de los municipios y por las cruzadas; pero no fue completa hasta la revolución de 1789”. Y en cuanto a los obreros de nuestros días bien patente está la constitución del proletariado militante, que con un ideal justo y perfectamente definido ha fundado la sociología y va a la transformación de la sociedad sobre fundamentos naturales, racionales e indestructibles que cierre para siempre la era de las revoluciones y dé a la humanidad la paz y el bienestar que necesita y no le dieron nunca los sabios del privilegio. A pesar de esto, nunca los obreros manuales han tenido exclusivismo de clase ni se han detenido ante limitación alguna ni siquiera de aquellas que detienen a los obcecados privilegiados, toda vez que sin distinción de color, creencia ni nacionalidad van decididamente a su emancipación y con ella a la refundición de todas las clases en una sola de productores libres.

Resulta, pues, que la Universidad de Barcelona, en el acto solemne de la apertura del actual curso académico, ha hablado de un modo que no satisface al dogma, ni a la historia ni a la ciencia, ni siquiera al idioma. Pero eso, ¿qué importa? A la Universidad no se va a aprender, sino a obtener un diploma que permita dedicarse a profesión privilegiada y disfrutar de los beneficios consiguientes, y los que después de haberle obtenido saben, es porque estudian sin necesidad de someterse a la dirección de pedantes que actúan de maestro. Sin contar que muchos de los que tal vez son capaces de confundir la charla de los sabios de real orden no han traspasado jamás los umbrales de los que llamados templos del saber no son más que ciudadelas del privilegio.