Cristalizaciones

(Ciencia Social, Febrero 1896)

Desde que Marx lanzó al mundo el “¡Trabajadores del mundo, asociaos!” —grito de guerra del proletariado militante, se ha verificado un cambio bastante notable en el lenguaje popular, que conviene dejar registrado como prueba fehaciente del arraigo que en el orden intelectual ha obtenido la doctrina niveladora del régimen social.

Basta, para nuestro objeto, observar la significación actual de ciertas palabras que antes la tenían muy diferente y aun diametralmente opuesta; la especie de degeneración sufrida por otras que, si no han caído en desuso, han perdido su sentido literal y revestido cierto aspecto ridículo como casaca de magnate en manos de ropavejero, y la creación de algunas que, llenas de vigor y energía, expresan una esperanza, un odio, una protesta o una reivindicación.

Si la palabra es representación de una idea y ésta ha de traer a la mente la noción de un objeto o de una abstracción, necesario es que aquella tenga un valor bien definido para que nuestros juicios alcancen exactitud matemática, a fin de que entre el que habla o escribe y el que escucha o lee se establezca la conformidad intelectual que constituye la finalidad del lenguaje. Lejos de esto, tienen los idiomas multitud de palabras con diferentes y aun a veces opuestos significados y que, según los casos, varían de clasificación gramatical,1 y si a la múltiple interpretación de que son susceptibles unimos el diferente grado de cultura de los interlocutores, tendremos que la expresión del pensamiento viene a ser, como la noción del valor, un resultado aproximado, una valoración a ojo, y, como tal, se halla sujeta a las oscilaciones de las circunstancias, como si dijéramos a merced de la oferta y la demanda.

En comprobación de nuestras afirmaciones examinemos la significación popular de algunas palabras que, de ideas vagas o mal definidas, han venido a consolidarse formando una especie de cristalización:

Anarquía: esta palabra tenía entre los eruditos cierto valor teórico negativo; era como una especie de complemento nominal de las variaciones que la idea cracia, autoridad, podía experimentar; lejos, por supuesto, de admitir la posibilidad de que sirviera de objetivo de ninguna colectividad humana; porque si bien algunos diputados de la Convención osaron defenderla en ese sentido, y como hecho histórico no podía ser desconocido, con suponerlo consecuencia de la locura o del apasionamiento revolucionario quedaba destruida su significación activa. Su acepción corriente era la de desorden, y con ella únicamente fue conocida por los trabajadores hasta la época de la creación de la Internacional. Desde entonces acá la palabra anarquía se ha transformado hasta el punto de significar lo contrario; es decir, no ya la nación sin gobierno, sino orden, armonía, régimen natural y sobre todo nación ordenada precisamente a causa de carecer de gobierno, porque éste se considera ya como germen constante de todo género de perturbaciones.

Anarquista, pues, no es ya el fautor de tumultos y motines, el conspirador impenitente, el demagogo tradicional, el jacobino; ese tipo, que es el radical de nuestros días y que ya hubiera desaparecido de hecho en España, a no existir, aunque degenerado, el progresista que sueña todavía con pronunciamientos y barricadas. En el concepto popular, anarquista quiere decir hombre de arraigadas convicciones igualitarias y de libertad, que tiene altruismo y energía suficiente para dedicar al servicio del ideal y al bien de los oprimidos y desheredados la actividad de su pensamiento y la fogosidad de su pasión, sacrificando su tranquilidad y su relativo bienestar con peligro de su libertad y de su vida.

Burgués: esta palabra solamente era conocida con la significación de habitante de un burgo, y, por tanto, anticuada y de escasísimo uso; pero hallándose repetidísima la voz bourgeois en los escritos franceses de propaganda socialista, se hizo en un principio absolutamente necesaria para su traducción, a falta de otra más adecuada, lo cual, sin duda, ha movido a la Academia a añadir a la acepción antes indicada esta otra: “ciudadano de la clase media”, siendo de notar que en esta acepción, que pudiéramos calificar de literaria, se usa muy poco, mientras que es popular y vulgarísima la que por burgués entiendo un ente soez, rico, egoísta, holgazán, de apetitos groseros y privado de todo noble sentimiento.

Esa nueva acepción de la palabra burgués ha creado la necesidad de consignar en el Diccionario la voz burguesía con la acepción única de “cuerpo o conjuntadle burgueses o ciudadanos de la clase media”, sin aplicación posible, ya que propiamente hablando no existe tal entidad en razón de que la llamada clase media no es una clase intermediaria entre el proletariado y la aristocracia, porque esta última, por más que existan aún nobles titulados, carece de valor social, pues no son los pergaminos sino el dinero y las propiedades los que les dan consideración personal, dándose el caso frecuente de que esos pergaminos, por medio de contratos matrimoniales, sirvan para ennoblecer usureros y sofisticadores enriquecidos, y por ese traspaso de la nobleza se libran de caer en la miseria, como se ha probado repetidas veces viendo sujetos que ostentan apellidos ilustres que por carecer de propiedades, de rentas y aun de lo más indispensable para la vida ocupan las más ínfimas categorías sociales. En prueba de ello se sabe que han sido socorridos en distintas ocasiones por la beneficencia pública, como hambrientos y desnudos, muchos infelices que tenían los apellidos más linajudos de la aristocracia española y aun europea y hasta alguno perteneciente a dinastía reinante.

Por tanto, no conjunto de ciudadanos, sino de expoliadores y tiranos es lo que la voz burguesía significa en el lenguaje popular.

Democracia: “Gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía”, su forma natural es la república, a juzgar, además de cuanto sobre el particular han dicho los expositores del sistema, por estás académicas palabras en que se le define: “Estado en que gobierna el pueblo”, pero como este gobierno es imposible a una entidad que se forma con la universalidad de los ciudadanos, a causa de que el verbo gobernar es transitivo y no habría complemento posible, es necesario que una fracción del pueblo deje de ser popular para convertirse en mandarina y gobierne al pueblo verdadero, y que en vez de ser pueblo gobernador es pueblo gobernado, echando mano de una de aquellas ficciones del gobierno representativo en “que concurre la nación, por medio de sus representantes, a la formación de las leyes”.

Todo esto bien sentido, aunque tal vez no bien comprendido, junto con el conocimiento de las prácticas políticas de todos los países regidos democráticamente, en que los escogidos por el sufragio han agravado la tiranía con la expoliación, ha hecho que el lenguaje popular tenga a la palabra democracia en el despreciativo lugar de las ideas que expresan engaños conocidos, desilusiones amargas.

Desheredados. La Academia no pone en su diccionario los participios y, por lo mismo, no considerando esta palabra como sustantivo, no se halla en él. Sin embargo, la opinión popular, que en este punto, como en otros muchos, disiente de aquella corporación sirviéndola de guía, ha inventado el sustantivo, dándole una significación muy importante. Para la Academia y los diccionarios que la siguen desheredado no puede ser más que el participio de desheredar, cuyo verbo significa solamente el acto de privar a un heredero del derecho a la herencia, y, como se ve, esto no pasa de ser individual o a lo más familiar; pero en la literatura obrera y después en el tecnicismo sociológico, convertida esta voz en sustantivo, comprende a todos los que se hallan fuera de la línea del privilegio; es decir, al proletariado universal. Todo el que no tiene participación en los bienes naturales, que en justicia no se hallan vinculados en nadie aunque las leyes de todas las naciones y los fueros regionales donde estas legislaciones tengan aún vigor los vinculen en los propietarios para que éstos los transmitan a sus herederos legales, son desheredados; también lo son todos los que se ven privados de participación en la riqueza pública que, aunque formada con la suma de inteligencia y de actividad de todas las generaciones que nos precedieron y con el esfuerzo, el sufrimiento y las privaciones de los trabajadores actuales, queda estancada en manos de los privilegiados poseedores y fuera del alcance de los que continúan la serie no interrumpida de creadores y productores de esa misma riqueza.

Emancipación: la acepción académica de esta palabra es individual, como derivada del verbo emancipar, que significa libertar o libertarse de la patria potestad; de la tutela o de la servidumbre. En sentido figurado la Academia admite que puede decirse “salir una cosa de la sujeción en que estaba”.

El lenguaje corriente apenas tiene para qué servirse de lo que sobre esta palabra escriben los académicos, y el proletariado habla con indignación de la servidumbre a que se halla sometido y con entusiasta exaltación de la emancipación que espera.

Explotar, para los que usan la palabra oficial es “extraer de las minas la riqueza que contienen y, en sentido figurado, sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio”, a lo cual añade la intención de los que sufren esa inicua acción: “a costa de la libertad, de la salud y por último de la vida de los trabajadores”. De donde se deduce que el explotador perpetra un crimen lícito o tolerado por las leyes y por las costumbres burguesas, aunque reprobado por toda conciencia recta y odiado por los explotados.

Honra: esta palabra tan estimada, a causa de las infinitas falsificaciones de que es objeto por la hipocresía ha llegado a tener cierto aspecto sarcástico, por usarse muchas veces como resumen de una conducta vil sancionada por el éxito. Por consecuencia, honradez suele ser el acomodamiento a las preocupaciones o convencionalismos sociales, y, lo que es peor aún, la explotación de esas preocupaciones.

Igualdad: dos acepciones bien expresadas tiene esa palabra en él diccionario, pero carece de referencia a la política, a pesar del uso inmoderado que de ella se ha hecho durante el último centenario transcurrido. Como palabra usada sin el propósito de darla significación verdadera y destinada únicamente a ilusionar incautos, los académicos, sin duda, le han negado todo valor y no la han admitido. En sociología y en la mente de los que sufren a consecuencia de la práctica de la idea contraria significa reciprocidad social entre los derechos y los deberes de todos los individuos.

Libertad es la “facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”. Así define esta palabra la Academia, que a su vez entiende por Ley “regla en la que se pone coto a los efectos del libre albedrío humano”.

Según los filósofos políticos, los que han tratado de política en sentido de oposición a las teorías absolutistas, la libertad, como resumen de todos los derechos individuales, es ilegislable, anterior y superior a toda ley y, por tanto, no puede supeditarse a las leyes ni a lo que las preocupaciones o las conveniencias gubernamentales puedan entender por “buenas costumbres”; además las nuevas teorías científicas niegan el libre albedrío humano; luego esa libertad académica no es tal libertad, ni esa ley puede servir de regla para nada; quedando patente únicamente la ignorancia de los maestros del lenguaje, que dogmatizan sobre lo que desconocen.

Por su parte el lenguaje popular, en vista de la tiranía capitalista y aun gubernativa existente en los países bien gobernados, alguno de los cuales disfruta de la calificación de república modelo, entiende que no es tal libertad la limitada y se inclina a confundir en una misma significación las palabras libertad y anarquía.

Liberal y liberalismo son ya palabras burguesas, desdeñadas por el elemento popular.

Orden, entre las múltiples acepciones que tiene esta palabra en los diccionarios, y de que tanto abusan los gobernantes y la generalidad de los privilegiados, sólo hay una universalmente admitida, y es la que se desprende del parte militar de un general ruso transmitido a su gobierno: “el orden reina en Varsovia”. Sumisión a la fuerza, abdicación de todo derecho, conformidad y aun degradante humillación; ese es el orden en sentido burgués, y por eso es ridiculizada esa palabra en sentido proletario.

Política: según la Academia es el “arte de gobernar y dar leyes y reglamentos para mantener la tranquilidad y seguridad públicas y conservar el orden y buenas costumbres”.

Teniendo en cuenta lo expuesto acerca de las otras palabras que tienen conexión con ésta, es inútil insistir en la crítica de la acepción académica, por lo que nos limitaremos a consignar el desdén que por la política tiene el lenguaje popular, sobre todo desde que se popularizó este conocido aforismo: “Sólo hay dos modos de gobernar a los pueblos; por la farsa y por la fuerza”. De donde se deduce que político ha de significar indefectiblemente una de estas dos cosas: embaucador o tirano.

Privilegio es una “gracia especial que se concede a alguno, exceptuándole de cargas o dispensándole lo que otros no gozan”.

Por eso es odiada esta palabra, comprendiendo en ella a la colectividad de privilegiados que disfrutan de la excepción de cargas y son monopolizadores de la riqueza social a costa del trabajo, de las privaciones y aun de la vida de los desheredados.

Proletario. “Dícese del que no tiene bienes ningunos y no es comprendido en las listas vecinales del pueblo en que habita sino por su persona y familia. Plebeyo, vulgar. En la antigua Roma ciudadano pobre que únicamente con su prole podía servir al Estado. Individuo de la clase pobre”. Eso son los trabajadores para los que definen oficialmente las palabras en vista de los hechos, después de veinte siglos de fraternidad cristiana y uno de igualdad democrática. Pero esos que no tienen bienes inscritos en las listas vecinales, los denominados plebeyos y pobres son la esperanza de la humanidad, la avanzada del progreso, por lo cual esa palabra, lejos de tener un sentido desdeñoso para aquellos a quienes se aplica, se ostenta con honor, en señal de que quien así es calificado no participa de la vileza del privilegio.

Propiedad “es el dominio o derecho que tenemos sobre una cosa que nos pertenece para usar y disponer de ella y reivindicarla libremente con exclusión de cualquiera otra persona”; tal es la definición académica, con la cual el lenguaje popular sólo está conforme cuando se aplica a las cosas que uno posée para uso propio y satisfacción de personales necesidades mientras no sean adquiridas merced a posiciones sociales privilegiadas. Fuera de esa condición precisa de legitimidad, más bien tiene la palabra en cuestión el significado de apropiación, “acción y efecto de apropiar”, que significa “hacer propio de alguno cualquier cosa”, o “tomar para sí alguna cosa, haciéndose dueño de ella, por lo común de propia autoridad”, o como más enérgicamente dice otro diccionario “hacerse uno dueño de alguna cosa que no le pertenece”. Con lo cual tenemos que los mismos lexicógrafos nos llevan de la mano al aforismo prudoniano. Y si esto hacen los que además de participar en más o menos del privilegio, excusado es entretenerse en demostrar qué piensan sobre la propiedad los que a cambio de privaciones y sufrimientos trabajan sin cesar para proveer al afán insaciable de apropiación de sus dominadores.

Teníamos apuntadas algunas palabras más, entre ellas reforma, religión, república, revolución, socialismo, sociología, trabajador y trabajo, pero el temor de incurrir en repeticiones y de hacer demasiado largo y pesado este trabajo, nos obliga a poner punto, creyendo haber demostrado que las indicadas cristalizaciones son ya un principio de emancipación por cuanto acusan desprestigio de ideas erróneas e instituciones malas y señalan una orientación de la opinión pública en sentido racional y progresivo.

1Para dar algún ejemplo de lo que dejamos afirmado, entre miles que pudieran citarse, abrimos al azar el diccionario de la Academia y hallamos las palabras:

Cabeza, parte superior o anterior del cuerpo animal...; parte superior de ella...; principio o una y otra extremidad de alguna cosa; parte superior del clavo; parte superior del corte de un libro; parte superior de una campana; cumbre más elevada de un monte o sierra; manantial, origen, principio; juicio, talento, capacidad; superior, jefe que gobierna, preside o acaudilla una comunidad, corporación o muchedumbre; capital en sentido de población más importante, etc., etc.”; prescindiendo de las frases formadas con otras palabras que le sirven de complemento o en cuya composición entran con diversos significados.

Bien, sustantivo, adverbio y conjunción, formando parte de numerosas frases, en cada de estas clasificaciones, con acepciones variadísimas.

Por eso no acaban nunca sus discusiones los teólogos jurisconsultos y filósofos, ni es posible poner de acuerdo dos de ellos que se hallen emperrados en sus respectivas interpretaciones.