Preocupación autoritaria

(Ciencia Social, Abril 1896)

Creen muchos y afectan creer no pocos que la sociedad humana se desorganizaría y no hubiera subsistido desde sus orígenes hasta el presente a no existir la autoridad. La política, que pretende ser el arte de mantener la tranquilidad pública y conservar las buenas costumbres, siendo no más que el pretexto y el medio de satisfacer censurables ambiciones, da vida a esa preocupación.

En los sistemas políticos, conformes todos en deprimir la personalidad humana para sostener la autoridad, se halla ésta apoyada y transmitida por el nacimiento, por la imposición y por la elección.

La herencia y el nacimiento destinados a ser fundamento de la autoridad han dado ocasión a esas dinastías que, si brillaron por algún rasgo de sus fundadores, degeneraron siempre hasta hacer depositarios del poder supremo de las naciones o, seres incapaces, supeditados por completo a intrigantes palaciegos.

La imposición como resultado de audacia afortunada es, además de una tiranía, una vergüenza, por el hecho de ver a muchos millones de individuos sometidos al despotismo de un aventurero que no tiene en su abono ni los prestigios de la tradición ni la disculpa de ser iniciador de nuevas vías progresivas.

La elección, de apariencia más racional que los otros sistemas autoritarios, tiene en su contra, junto con todas las desventajas de los demás, la circunstancia gravísima de que los que eligen abdican el inalienable derecho de la libertad individual y, por tanto, se convierten espontáneamente en víctimas y cómplices de la tiranía. En cuanto a sus resultados son deplorabilísimos, lo mismo si la elección se aplica a la fundación de una autocracia que si se efectúa con él impracticable y verdaderamente utópico propósito de crear y sostener una democracia, bajo cuyo nombre, existe siempre de hecho una oligarquía, o sea la dominación de una clase social y nunca la soberanía popular, como lo prueban con toda evidencia las repúblicas actualmente existentes, en Europa y América.

Bajo el peso de esas formas autoritarias yace aplastada la generalidad de los nacionales, vasallos o ciudadanos, nombres diferentes que se aplican según el tecnicismo de la tiranía política dominante, pero que no afectan lo más mínimo a la esencialidad de la injusticia a que todos se hallan supeditados: la única diferencia que puede separarlos es social, sale ya de la esfera de influencia de la política, puesto que se refiere a la condición de privilegiados o de desheredados a que por suposición y por efecto de las instituciones sociales pueden ocupar en la sociedad, y si los primeros con tiranía y todo pueden ir pasando, por aquello de que los duelos con pan son menos, los segundos siempre les toca cargar con la universalidad del daño.

No puede asegurarse que las naciones hayan tenido paz por hallarse esta garantida por la existencia de la autoridad, como no sea que se llame paz a esas treguas más o menos largas en que germinando los odios, contenidas las pasiones y esperando oportunidad favorable, han podido las naciones o sus gobiernos y las facciones preparar la lucha en condiciones favorables; lo que si puede asegurarse es que, con todo su poder, la autoridad ha sido impotente para suprimir las energías revolucionarias y cerrar la vía progresiva que, aunque cubierta de punzantes espinas, viene recorriendo la humanidad en su larga peregrinación hacia el ideal de la perfección y de la justificación absolutas.

Los políticos, atentos a la conservación del prestigio del oficio, ensalzan las excelencias del sistema autoritario de su predilección sobre los demás, pero, descontando la buena fe de sus lucubraciones, ya que tan difícil es hallar honradez de opiniones en un político de profesión como sinceridad en un curandero que explota las supersticiones de los ignorantes, ofrecen todos el espectáculo de haber coincidido en estos últimos tiempos en un objetivo común, cual es persuadir que con su sistema se garantiza la práctica de las verdades sociológicas.

Este hecho por si solo tiene gran significación: es como un cambio de orientación, porque así como anteriormente se consideraban las naciones como un producto extrahumano, sea obra de una voluntad divina, sea resultado de causas naturales superiores a la voluntad de los hombres, y a este principio subordinaban los gobernantes su acción, siendo por esto mismo retroactiva toda política; hoy, por el contrario, se pretende dejar expedito el paso al planteamiento de las novedades científicas, lo cual, si de buena fe se sustentara, aun pudiera ser excusado por cándido, a causa de que resulta absolutamente irrealizable el sostenimiento de la autoridad con las demostraciones perfectamente liberales de la sociología.

Por importancia que pueda tener el hecho apuntado en el orden intelectual, en el material e inmediatamente práctico es casi nulo: ahí está la autoridad con todo el mecanismo necesario para doblegar la voluntad de los más a la par que para favorecer la soberbia de los privilegiados, continuando el impulso recibido desde su origen y labrando la desdicha de todos.

Y ocurre, para valernos de una analogía que aclare bien el pensamiento, que así como las preocupaciones dominantes y los intereses creados buscan en su apoyo el prestigio del poder divino y quieren harmonizar la religión, que es un a priori inconsciente, con la ciencia, que es un a posteriori consciente y reflexivo, la política quiere supeditar a la sociología, convertirla en su cómplice, y sería capaz de pedirle una bendición si hubiera un papa sociológico, que, como el papa místico Pío VII, por ejemplo, para dar una cita histórica concreta, tuviese la complacencia de dejar el Vaticano para bendecir en París la coronación de un aventurero corso.

Al hacer esta afirmación sentimos espontánea alegría, porque lo cierto es que ello representa una concesión de los privilegiados y un homenaje tributado a las doctrinas contenidas en las reclamaciones del proletariado militante. Es más; es, por parte de nuestros enemigos, una renuncia de sus propios principios y un reconocimiento de los nuestros, y harto sabido es que tales cambios de orientación racional van siempre seguidos, en plazo más o menos largo, poco importa la cuestión de tiempo, de trascendentales direcciones en el curso de los hechos, lo que nos autoriza a considerar como una garantía ofrecida al triunfo del ideal.

Si la burguesía en su revolución destruyó el derecho divino de los reyes, sustituyendo al autócrata con el dominio de las clases directoras, el proletariado ha desvanecido la vieja teoría del origen sobrenatural o extrahumano de la sociedad, señalándola como razón y condición de su existencia la reciprocidad del derecho y del deber entre todos los miembros sociales.

En la etapa autoritaria popular o democrática en que nos encontramos, porque esencialmente democrática es toda nación en que existe el sufragio universal, aunque tenga como representación del poder una corona, se exhiben todos los errores de los diferentes sistemas autoritarios, y delante de la urna electoral se presentan los que ansían un gobierno bendito y los que piden un gobierno barato; los que quieren protección para la industria, aunque sea a expensas del comercio y de la agricultura, como los que reclaman excepciones para estos en contra de aquella; tanto los que suspiran por el antiguo esplendor de las clases elevadas, como ese partido obrero, degeneración de aquel audaz socialismo que años atrás interrumpió por un momento los goces de la burguesía y ha venido a ser como el proteccionismo para los pobres.

Por supuesto, que todos han de guardar sus ideales en aquel fondo íntimo en que se conservan los deseos no satisfechos, y las ilusiones perdidas, porque la autoridad, así como en la práctica nunca responde a la teoría que le sirve de fundamento, tampoco se excusa por la existencia de una necesidad temporal o permanente, ni puede satisfacer a los que, creyendo en ella, han de quedar reducidos a obedecer y no se hallan nunca en condiciones de mandar.

Los autoritarios de convicción son incapaces de ver que la autoridad, si pretende justificarse teóricamente por una idea moral, los que la ejercen carecen de la noción elemental y esencialísima de toda moral social, cual es el sentimiento de la igualdad y de la justicia, por cuanto el que aspira a mandar no es el filósofo que se sacrifica para labrar la felicidad de sus semejantes, sino el aventurero que busca honores, distinciones y riquezas con que sobreponerse a todos; el que manda es el orgulloso que desde las alturas de su vanidad satisfecha considera a todos inferiores y obligados a rendirle homenaje; el que ha mandado es el escéptico que, habiendo visto a todos sumidos en la abyección de la obediencia, y teniendo al propio tiempo, por los desengaños y las desilusiones consiguientes a la vejez, conciencia del escaso valer y di la vileza de las intenciones, se desprecia a sí mismo, desprecia a la humanidad y está incapacitado de creer en la virtud de los individuos lo mismo que en aquellos ideales colectivos que siempre han servido de norte en la vía del progreso.

No ve, no puede ver, el ciego autoritario que el mal social es resultado del desequilibrio de la injusticia, sino que siempre insistirá en pedir más autoridad a medida que los infinitos detalles de la iniquidad se ofrezcan a su vista y a su consideración: si de la alianza de la miseria y del vicio se produce un hombre que vive fuera de los medios en que pueden proporcionarse educación, higiene e instrucción y resulta un ente en pugna con la moral o contra los convencionalismos que pasan por moral, el autoritario le declarará criminal nato, le infligirá un castigo y pedirá leyes severas para reducir a la impotencia a esa clase de criminales; si en vista de que el dinero franquea el paso a los palacios de la felicidad, hay quien lo busca por todos los medios, y unos fracasan y otros obtienen éxito lisonjero, para los primeros, como delincuentes y perturbadores, pedirá la severidad autoritaria, y para los otros el respeto y el amparo de la autoridad; si hay abusos, falsías y males de todo género, el autoritario posee el secreto y el remedio de todo: la maldad ingénita en el hombre y la represión fuerte por el momento, y para lo sucesivo leyes previsoras y crueles; he ahí su sistema, que aplicaría sin compasión ni contemplaciones, con fanática crueldad, persuadido de que al hacerlo así nada puede reprochársele, porque obra a semejanza de un cirujano que practicara una amputación necesaria en el cuerpo social.

Una circunstancia especial se observa en el autoritario: la coerción y la severidad son necesarias para todo el género humano, a excepción de sí mismo, y muchas veces también exceptúa a su interlocutor. Es frecuente oírle decir: —¡Si todos fueran como usted!...— con lo cual da derecho a un amigo para formar por si sólo género aparte dentro de la universalidad humana y él se reserva la no escasa importancia de gran dispensador del más sublime de todos los privilegios.

Con todo y ser tan vana esa necedad de los autoritarios, por ella, como por el punto débil de una fortaleza, se abre brecha la verdad anarquista. Lo que el autoritario quiere para sí y niega a los demás no es otra cosa que el derecho individual, aquel del cual dijeron los apóstoles de la democracia que era inalienable, imprescriptible y anterior y superior a toda ley, (cuya doctrina han abandonado estos por la suciedad del encasillado político), y que hoy sostienen los anarquistas como únicos depositarios, no ya sólo de la verdad, sino también y muy principalmente de la honradez del pensamiento, mancillado, cuando no por la preocupación y la rutina, por otra cosa peor, por el utilitarismo, por esa vergüenza humana denominada gráficamente “pensar con el estómago”.

En resumen: la autoridad ha sido y es un hecho; no puede prometerse nadie que lo sea para el porvenir, porque para impedirlo está la justicia que, respecto de las relaciones sociales, se manifiesta principalmente en la igualdad; luego la sociología con sus constantes y no interrumpidas demostraciones, y, por último, la revolución que, a la postre ha de arrojar por la fuerza a los obcecados privilegiados, que serán incapaces da rendirse a la evidencia.

Y si la autoridad nunca fue un derecho y sí únicamente un hecho brutal fundado en la astuta maldad de sus usufructuarios y en la ignorancia de los que a ella han vivido sujetos, y todo con el fin de mantener en constante ejercicio la injusticia e impedir el avance progresivo de la justificación de la sociedad, bien podemos señalar como el principal causante de tanto mal a esa malhadada preocupación autoritaria cuyo abandono ha de ser fecundo en toda suerte de bienes y felicidades en la sociedad humana.