Cariñoso recuerdo

(La Huelga General, 15/11/1901)

Años atrás tenía el proletariado barcelonés plétora de vida.

Había un círculo obrero en la calle de San Olegario, de Barcelona, que parecía una colmena.

Comités de secciones por un lado, comisiones especiales por otro, delegados de sociedades forasteras por acá, reuniones de consejos de federaciones obreras por allá, visitantes trabajadores de todas las provincias de España, extranjeros perseguidos o aventureros, animadas conversaciones en las mesas del café, conferencias, veladas artísticas, reuniones domingueras embellecidas con la asistencia de las mujeres y regocijadas con los juegos de los niños...

¡Cuánta alegría! ¡cuánta consoladora esperanza!

Era aquello un mundo de ideas, un núcleo germinador de la vida futura de justicia y de paz, una especie de oasis anarquista en medio de esa sociedad cristiano- democrático-burguesa en que los individuos son como granos de la abrasadora y estéril arena que puebla el desierto.

Yo te aseguro, lector benévolo, que en mi vida he tenido sensaciones más gratas que las experimentadas en aquellos finales de fiesta en que, reunidas en afinado unísono las voces de hombres, mujeres y niños, allá a altas horas de la noche, anunciaban el fin del mundo burgués con las vigorosas notas del himno anarquista y estas palabras unidas en un pensamiento único al parecer inconexo:

Rojo pendón,

no más sufrir,

la explotación

ha de sucumbir.

torpe burgués.

¡Atrás! ¡Atrás!

Después... vino el Estado con su pata de elefante, según frase de Carvajal, y todo lo hizo añicos. ¡Maldito sea!

***

Un día dijo uno:

¿Y si publicásemos una revista científica?

El que le escuchaba, al oír la palabra científica hizo cierto gesto como para sonreír, movido sin duda por un impulso negativo, pero un pensamiento más rápido que la electricidad más activa contuvo aquel movimiento escéplico; y por qué no científica, la ciencia la da el saber, no el diploma que vende ese Estado que tiene patas de elefante sólo para molestar y hacer daño por todas partes... y la idea cundió, y un día recibí un oficio citándome al centro de San Olegario, donde yo no había estado aún por causas que relataré otro día y que al recordarlas me conmuevo con aquella poética emoción de los más sensacionales recuerdos, y allí me encontré con otros dos compañeros que habían recibido igual invitación, y otro encargado de explicarnos el objeto de la convocatoria, que nos dijo:

Este círculo tiene unas cuantas pesetas destinadas a la propaganda del ideal, ha pensado en la posibilidad y en la utilidad de crear una revista científico-anarquista y os encomienda su redacción. ¿Aceptáis?

Por mi parte, me creí incapaz de semejante trabajo, pero confiando en la capacidad de los otros dos compañeros, acepté. Exactamente pensaron lo misino los otros, y su resultado es el volumen de XX+627 páginas titulado Acracia, que alguien que entiende en estas cosas ha calificado de monumento elevado a la Anarquía por los trabajadores de Barcelona.

Yo, uno de los tres, al tomar la pluma para escribir esta primera página de La Huelga General, saludo a mis queridos compañeros de Acracia, residentes uno en Londres y otro en Buenos Aires, donde por la torpe pata del Estado han ido a sembrar la exuberancia de vida que sacaron de Barcelona, y con el saludo cariñoso les pido una correspondencia amistosa, una frase de estímulo y sobre todo un artículo de aquellos que saben pensar y escribir, que son como piedras inconmovibles colocadas en el edificio de nuestra futura redención.

Seguro de ser leído y complacido por los aludidos compañeros, los ofrezco seguir en esta publicación las lecciones que me dieron en aquella otra donde nos unió el deber, y los lectores verán recompensado el tiempo empleado en leer la presente con el interés que les inspirarán los trabajos pedidos y esperados.