La vejez de los anarquistas

(La Huelga General, 05/12/1901)

He leído y he oído repetir muchas veces, muchas más de lo que se necesita para que la palabra deje de ser expresión del pensamiento para convertirse en eco de la rutina, que la juventud malgasta la vida en ilusiones, sin alcanzar jamás la sensación de la estabilidad en el medio acomodado y deseado, y que la vejez procura alargarla con los recuerdos, echando de menos las ocasiones perdidas, asustada ante la proximidad de la muerte.

No; no es verdad eso en absoluto. Tal pensamiento, si no es rutinario, sólo puede ser producto de uno de esos viejos prematuros que nunca fueron jóvenes de verdad, que tuvieron arrugas en la adolescencia, canas y calva en la juventud y que andan encorvados y caducos en la que debiera ser edad viril.

Esa concepción de la vida es como si ésta no fuese más que un paréntesis entre la nada antegenesiaca y la eternidad cristiana, o bien aquella imaginada escala por artistas y teólogos de la Edad Media, en que el hombre sube engañado por los espejismos que forma el deseo, y baja no menos engañado por los terrores que inspira la superstición.

Y digo que así rutinariamente se juzga al hombre, porque así le ha forjado el cristianismo en el molde de sus dogmas, y la autoridad en los sofismas inventados para justificar su existencia.

Claro está que si el dogma y el sofisma, inspirados en el propósito de engañar a sus discípulos, han sido los maestros de las generaciones, es natural que cuantos carecen de iniciativa intelectual y llenan su inteligencia de pensamientos de confección, que siempre fueron los más, queden formados, no a imagen y semejanza de quien ios formó, sino tal como sus autores quisieron formarlos.

Aquellos que por la fuerza del pensamiento propio o porque hayan tenido contacto con alguno de elíos discurren naturalmente, con aquella lógica que no es producto de ninguna escuela ni de ningún interés, sino con la sencillez ingenua llamada sentido común, saben que en la juventud hay alegría porque hay salud y exuberancia vital, y en la vejez hay tristeza a causa de hallarse la vitalidad limitada por los achaques y por la proximidad de su lin fisiológico.

Pero los que en la juventud tuvieron la dicha de recibir la doctrina anarquista, viendo en un momento de intuición la ruina del error por el derrumbamiento de todas las instituciones, de todas las falsías, de todas las iniquidades en él cimentadas; la percepción de la verdad por la creación de nuevas instituciones fundadas en la reciprocidad del derecho y del deber, y el triunfo del ideal por la refundición de las razas; de las castas, de las claes y de los sexos en una colectividad única denominada la fraternidad humana; los que disfrutaron la alegría inmensa de vivir en un medio de justicia al que en conciencia (¡y es mucho decir!) no faltaron jamás, aunque sólo dejaran de ser puritanos por la fuerza de arrastrar su existencia en un medio esencialmente injusto donde el puritanismo absoluto equivaldría al suicidio, en el que los buenos de verdad no piensan como no lleguen al extremo que llegó Luis Ling, en cuyo caso el suicidio es una gloria; los que rechazan, los que abominan de una justicia supletoria en otra supuesta vida ultraterrena, porque llevan su justificación en lo íntimo de su ser consciente; los que gozan del placer inefable de ver floreciente su ejemplo y su palabra hablada y escrita en una juventud que practica con valor heroico, propaga con fe inalterable, progresa con marcha segura y acorrala al privilegio en la arbitrariedad sanguinaria que es su última defensa, esos, a pesar del dolor físico, tienen inefables consuelos que no pueden compararse con la insulsa gloria que imaginó el catolicismo, consistente en contemplar la cara de Dios y escuchar la música celestial por toda una eternidad, que no puede ser tal gloria ni tal alegría para personas decentes que comparasen aquel bienestar con las penas infernales que acaso por culpa de ellas mismas sufran los que amaron en vida y muchos otros a quienes pudieron inducir al pecado.

Sí, vivir en el presente considerándose reproducido necesariamente en el porvenir, siendo como un centro, como un patriarca, como un generador de los que han de disfrutar de aquella vida en que la justicia, que ahora se mira como un atributo de la divinidad intangible, sea cosa tan comprensible y hacedera como la más sencilla noción de economía, esos no envejecen nunca; esos mueren jóvenes aunque lleguen a centenarios.

Una vejez así, y así sólo pueden tenerla los anarquistas, es la vida equilibrada; es mejor que el sueño irrealizable de juventud perpetua, porque sin reproche de la conciencia, antes al contrario, con la consideración de cuantos por el que la disfruta fueron inducidos al bien, llegan al término de su carrera, no sólo con sus deberes cumplidos sino además ennoblecidos con el cumplimiento de gran parte del de los que fueron sus contemporáneos.

Y ahora que vengan los católicos con aquella necia pregunta que formuló uno de sus doctores, no recuerdo cuál, ni ganas, que creyendo aplastar a los incrédulos, dijo: ¿Qué dáis al pobre en sustitución de la creencia en la vida eterna, que le arrebatáis?

Respondan por mí esos ancianos, honra del proletariado anarquista español, muchos en número y de los que cito los nombres que recuerdo al correr de la pluma: Miguel Rubio desde la cárcel de Sevilla. Fermín Salvochea, Ernesto Alvarez, José López Montenegro, Francisco Abayá, Juan Mor, Agustín Serra, Manuel Montaner, Francisco Vilarrubias, Rafael Miralles, Francisco Tomás, Vicente Daza, Juliver, Ciutat, Ferrando, Rosés y otros muchos cuyos nombre no retengo en la memoria o ignoro, seguro de que todos unánimemente responderán: A ese pobre que vosotros reducisteis a la condición de esclavo y de mendigo, atribuyéndoos la administración de la riqueza social que usurpáis y ayudáis a usurpar, le hemos dado conocimiento de su derecho, el deseo de conquistarlo y un ideal de paz y de justicia cual corresponde al hombre libre, consciente y honrado.

Y satisfecho de poder dar esa respuesta, y, como viejo anarquista, de considerarme unido a tan brillante grupo, y mucho más satisfecho aún por haber contribuido al nacimiento de una generación que da anarquistas desde la cuna, llego al término de mis días sosegado y tranquilo como si viviese en el ideal, porque el ideal vive en mí y ha sido el único estímulo de mi vida.