Libertario

(La Huelga General, 05/12/1901)

Un ideal puede ser una previsión de la realidad; será utópico si su base es ilusoria y ficticia; pero es tan positivo como la realidad misma si se halla comprendido en la concepción de una ley natural y deducido lógicamente del estudio del hombre y del conocimiento de la historia.

El absurdo político, la intuición revolucionaria y el conocimiento sociológico, tres maneras distintas de saber: 1º, por imposibilidad de continuar sosteniéndose un régimen determinado, 2º, por aspiración de justicia, 3º, por inducción científica, se hallan conformes en esta afirmación:

La Humanidad llegará a organizarse racionalmente y a vivir sin autoridad”.

Tal es el ideal anarquista, propio del que combate un mal, tiene fe absoluta en el triunfo y, sin embargo, no descansa si a la exposición de su aspiración redentora no añade la negación como un oprobio lanzado al rostro del enemigo.

Bien está el ideal así formulado: él es como la revelación de lo porvenir alcanzada por el genio del hombre, a la vez que un castigo infligido a los que han explotado la supuesta revelación divina inventada por los teólogos.

Mejor aún que esa manera de formular el ideal es la puramente libertaria, la cual, despojada de todo sentimentalismo, le expone sin resabios de enemistad, sencillo, idílico, sublime, del siguiente modo:

La sociedad humana, organizada racionalmente, vivirá libre y feliz en el curso perdurable de los siglos”.

Entre la fórmula del ideal anarquista y la del libertario, ambas de valor racional perfectamente idéntico, existe diferencia apreciable: es la primera característica del combatiente, y participa del carácter del triunfo propio y del recuerdo de la derrota del enemigo; se resiente de la violencia y lleva el sello de la imposición revolucionaria; en tanto que la segunda es la concepción de la ciencia y de la razón, a la vez que la única que nos anticipa el goce supremo de la consideración de aquella humanidad futura que vivirá dando sin interrupción al individuo la ciencia, la conciencia, la posesión de sí mismo y la perfecta reciprocidad entre los deberes y los derechos sociales.

A pesar de esa diferencia, no existe antagonismo entre el anarquista y el libertario, ambos van al mismo fin, se completan y casi siempre pueden concurrir en una misma persona ambas denominaciones: el primero es producto de la época, es un luchador que aún tiene ante sí las falanges poderosas de sus enemigos, el privilegio y la autoridad, y siente los impulsos pasionales que produce el espectáculo de la injusticia; el segundo es el pensador, y aun si se quiere el poeta, que, embellecida con las galas del arte, prevé la realización de sus juicios acerca del hombre y de la sociedad, y difunde su conocimiento por el concepto que tiene formado del cumplimiento de su deber, a la vez que impulsado por su amor a la verdad, por su admiración de la belleza, por su respeto a la justicia. El anarquista a secas puede sufrir los desfallecimientos consiguientes a las vicisitudes humanas, mucho más si se tiene en cuenta que el término de la lucha es más lejano que la duración ordinaria de la vida del individuo; pero el libertario, si lo es de veras, anticipa los tiempos que han de venir, desprecia cuanto existe contrario a su ideal y vive intelectualmente en la sociedad futura.

Conviene observar ahora que la voz libertario, dado el modo de formarse los adjetivos derivados del sustantivo original en los idiomas latinos, es la única que corresponde a los que quieren un régimen de libertad absoluta, así como se llama autoritarios a los partidarios de la autoridad; mientras que la denominación de liberal, adoptada por los políticos que quieren pasar por amantes de la libertad, no tiene razón de ser, por derivarse de liberalidad, virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensas, y que tan poco profesada se halla por los llamados liberales, que, no sólo desconocen el significado de la denominación que adoptan, sino que se meten a políticos precisamente para practicar lo contrario de lo que la palabra liberal significa.

La palabra libertario es nueva: hace poco tiempo que la emplea la prensa obrera y revolucionaria en Francia, España y repúblicas hispano-americanas. Muchos la usan por su novedad en lugar de anarquista, y hay quien cree que su empleo es una especie de subterfugio para evitar el choque de frente contra la ley excepcional de represión del anarquismo o contra las preocupaciones de burgueses, políticos o indiferentes, que siempre miraron con malos ojos lo que tiende a negar los privilegios, la autoridad o los errores hondamente arraigados. Por mi parte me felicito de la novedad de tal denominación, y la acepto con gusto, sin desdeñar la antigua, que por su historia tiene derecho al respeto de las generaciones, que siempre verán en ella la sinceridad y la ciencia con que meritísimos anarquistas expusieron sus doctrinas, a la vez que el recuerdo glorioso de muchos mártires que en todos los países dieron su vida por la idea, descollando entre ellos los anarquistas que en Chicago fueron sacrificados al bárbaro furor de la burguesía yanqui.

Juzgo conveniente apoyar esta manifestación, exponiendo que si bien la razón me impone hoy la denominación de libertario para defender el ideal de toda mi vida, no rechazo la de anarquista, la cual afirmé con sereno orgullo delante del teniente Portas en ocasión solemne y asaz peligrosa.

Al llegar aquí me entero por un artículo de mi respetable y excelente amiga Soledad Gustavo, de que Clarín encuentra de mal gusto la palabra libertario.1 Si para ello se funda en que tal palabra no se halla incluida en el Diccionario de la Academia, olvida el dómine de Oviedo que aquella corporación no inventa las palabras sino que va a remolque de todo el mundo, incluso el vulgo, y acepta las palabras que consagra el uso, y si alguna vez se permite tal cual libertad en eso de admitir o rechazar palabras, suele incurrir en faltas que han merecido censuras de los inteligentes y hasta reproches de quienes estiman tanto la rectitud como la pureza de lenguaje. Por otra parte, ¿qué le importa a Clarín que quienes tienen pensamientos que dar al público usen las palabras que juzguen más adecuadas? ¿Tiene más que no hacer caso de las palabras que repugnan a su gusto de retórico y de las ideas que no penetran en su entendimiento de burgués? Los libertarios cometemos ciertamente algunas faltas de lenguaje; pero nos proponemos la realización de la justicia en la sociedad, y lo grande de nuestros propósitos nos absuelve de la pequeñez de la falta. No tiene la misma excusa el retórico que lleva el dedillo la moda de las palabras y comete, como lo ha cometido Clarín, el disparate de reunir las aspiraciones generales del proletariado moderno bajo la denominación de ebionismo.

Somos, pues, libertarios, pese a los que rechazan el ideal y a los que repugnen la denominación, y cuando el progreso nos dé la sanción práctica con el triunfo, los libertarios de aquella época futura, que será toda la generación existente, tendrán un recuerdo para los que trabajaron para allanarles el camino; y ¿qué quedará de los obstáculos que opusieron tiranos y retóricos escépticos?

 

1Como se comprende, cuando se escribió y publicó por primera vez este artículo en La Revista Blanca, aún vivía aquel descontentadizo censor. Al reproducirle hoy, no hemos querido despojarle de este interesante pasaje.- N. de la R.