Solsticio, no Navidad

(La Huelga General, 25/12/1901)

Solsticio.- Cada uno de los puntos en que la eclíptica dista más del ecuador, y el tiempo durante el cual el sol se halla en ellos; o más bien, el día más larga y la noche más larga del año.

Eclíptica.- Círculo máximo de la esfera, que corta oblicuamente al ecuador y señala el curso del sol durante un año.

Ecuador.- Círculo máximo de la esfera que dista 90 grados de los polos.

Navidad.- Época del año en que la cristiandad celebra el nacimiento del Señor.

Cristiandad.- El conjunto de los países en que se profesa la fe de Cristo.

Señor.- Dios y Jesucristo, por antonomasia.

 

Dicen que ha dicho un filósofo: “La canalla necesita un Dios”, expresión desdeñosa que parece confirmarse por esta otra atribuida a un sabio del siglo XIX: “Dios es una hipótesis de que no he necesitado nunca”.

El abismo que separa a los que creen en Dios por necesidad de los que pueden permitirse el lujo de prescindir de él, no diré que es inmenso, para no repetir un lugar común, cursi y fastidioso, pero sí lo dejo a que el lector lo mida con toda la extensión que pueda dar a su pensamiento, con el temor de que, por mucho que pueda ser ésta, aun corre el riesgo de quedarse corto, porque el hombre que cree en Dios, que le atribuye la omnisciencia y el poder infinito es, respecto del desarrollo intelectual, como el salvaje de las generaciones primitivas, o el de esas hordas antiprogresivas y atrasadas que aún vegetan en varias comarcas del mundo, que, ignorando la explicación racional de los más insignificantes fenómenos naturales, creen que todo el Universo está lleno de genios buenos y malos, según que aquéllos les beneficien o les perjudiquen, los cuales, tirando de una cuerdecita, producen las cosas útiles o las dañosas, mientras que el que se halla en posesión plena de la relación de causa a efecto, tiene concepto racional y científico de cuanto concierne a la vida, conservación y movimiento de los grandes cuerpos que pueblan el espacio, apenas asequibles a los más potentes telescopios, como de aquellos otros tan diminutos e imperceptibles, que sólo pueden verse mediante microscopios de no menor potencia aumentativa, y además, por inducción racional del calculo descubren causas donde la evidencia material no es posible.

Sí, abismo de degradación, de ignorancia, de miseria y desigualdad entre seres que han de ser igualmente dignos, proporcionalmenle instruidos y esencialmente iguales.

Sólo así se comprende, que un genio justiciero como Proudhon, nada amigo de las adulaciones y falsedades corrientes en el medio burgués con que los mixtificadores de la revolución francesa sustituyeron al señorial, su antecesor, pudiera exclamar con arrogante, con sublime audacia: “¡Dios es el mal!”

Por eso en este día, fiesta tradicional de siglos innumerables, destinada a conmemorar el nacimiento de un dios, cuando vemos tantos miles de pobres trabajadores, prosternarse adorando la cadena que les esclaviza, no podemos menos de exclamar:

¡Compañeros! ¡hermanos nuestros! ¡Arriba! Eso que adoráis como dios, hijo de un dios padre y engendrado por otro dios espíritu en el seno de una virgen, es el mito del sol que muchos siglos antes de los veinte que cuenta nuestra era, fue adorado bajo los nombres de Agni en la India, de Mithra en lrán, de Osiris en Egipto, de Thammur, de Adonis, de Baco, de Apolo en Siria, en Fenicia y en Grecia; Manú y Budha tienen el mismo carácter; todos nacen el 25 de Diciembre, en el solsticio de invierno, de una virgen, en una gruta o en un establo entre animales; todos curan enfermos, resucitan muertos, y todos mueren y resucitan, porque el sol, vencido periódicamente por la noche y por el invierno, reaparece cada mañana y a cada primavera.

Sí, compañeros; pensad que, no inventada por los sacerdotes de la antigüedad, pero sí aprovechada por todos sus sucesores, la hipótesis divina hija de la ignorancia primitiva que intenta por ella darse cuenta de la existencia o de la creación del Universo, ha tomado cuerpo después de la destrucción de cada pueblo en la ignorancia de sus sucesores, y los privilegiados, los expoliadores, los detentadores de la riqueza social han encontrado muy cómodo continuar y fomentar esas fiestas supersticiosas y todo ese sistema de imposturas que perpetuaba y arraigaba la iniquidad social.

Leed, instruíos, aprended a leer, enseñad el que sepa al que no sepa, apartaos de la iglesia y de la taberna y deletread esos libros en que una juventud entusiasta mientras conserva los nobles arranques juveniles y no se embrutece por el egoísmo burgués, comparte con nosotros los frutos de la enseñanza privilegiada, demostrando la filiación y la historia de la mentira religiosa, madre de todas las demás mentiras sociales y por tanto encubridora cuando no causante de tantos y tan formidables males como se cobijan en la actual sociedad.

Sí, lo repito, en este día no se conmemora el nacimiento de un dios; lo que puede decirse que nace es el año, porque la tierra en su revolución anual alrededor del sol, llegada al punto que se considera como término de su carrera, comienza otra nueva, y este efecto, físico, sencillo, natural, nada adorable aunque digno de ser conocido por todos, es lo que sirve de pretexto a un crimen social de gravedad incalculable, pero tan burdo en su modo de ser, que si no fuese por esa gravedad apenas merecería ser calificado con el despreciativo nombre de timo.

Hoy, al cabo de tantos siglos, aunque desvirtuado por la misma ignorancia de los exitistas y debilitado por los efectos del progreso de la instrucción, quiere mantenerse en vigor con fuerza dogmática la doctrina esotérica, que convertía en símbolos, mitos y fábulas para el vulgo la verdad científica, reservándose para los iniciados tras repetidas y difíciles pruebas la verdad pura despojada de todo velo, o sea la doctrina esotérica.

Distinción tan absurda, injusticia tan manifiesta, crimen tan detestable es insostenible hoy. Muchos y formidables muros interpusieron entre la verdad y la mentira, en todas las épocas, los que de la existencia del error forman la esencia de su vida, pero todos fueron derribados por el tiempo, por la critica y por la revolución; y para no referirme más que a uno de los de más tenebroso prestigio diré: si el Santo Oficio, con todo su poder, fue vencido por la debilidad con que se ejercía en su tiempo la facultad de pensar libremente, ¿qué será hoy, en que ante el poder del proletariado militante y descontando la inercia escéptica y pesimista de los mismos privilegiados, apenas cuenta el privilegio con más defensa que con la guardia civil?