Constitución y regeneración de España

(La Huelga General, 15/01/1902)

Preguntónos El Liberal, de Barcelona, como a otros muchos individuos y periódicos, “¿Qué caminos debe seguir España el año que hoy comienza?”, a cuya pregunta respondimos:

Que la burguesía, incapacitada para el progreso por su apego al privilegio y por su hipócrita adhesión a las trasnochadas ideas religiosas, jurídicas, políticas y económicas que le sirven de fundamento, haga de grado lo que un día ha de hacer por la fuerza revolucionaria: cesar en su sistemática usurpación de la riqueza social.

Por la redacción de La Huelga General, Anselmo Lorenzo”.

La concisión, circunstancia exigida por el preguntante, de la respuesta es ocasionada a dudas en aquellos lectores que aun pudieran hallarse distantes de nuestro criterio, y para aclararla, reproducimos este artículo que con el mismo título apareció en otra publicación hace ya algún tiempo.

Libre, feliz e independiente era España, según cuentan las crónicas, hasta la venida de los cartagineses.

Es dudoso, sin embargo, que los celtas, egipcios y griegos, invasores anteriores, fuesen tan comedidos y prudentes que no tuvieran puntos de semejanza con sus sucesores los romanos, suevos, alanos, vándalos, godos, visigodos y árabes, que pasaron a sangre y fuego la Península o parte de ella, cada cual a su vez, no dejando entre todos vestigio de la gente autóctona, y formando al final una raza de mezcla, no por selección natural, sino producto de la violencia y del azar, hasta el punto de que, teniendo en cuenta los cruzamientos ocurridos en el país y los consiguientes a las expansiones conquistadoras que aquí surgieron luego hacia todo el mundo, puede afirmarse que la sangre española es un compendio de casi todas las razas humanas.

En España, por la imposición de cada conquistador, han debido hablarse todos los idiomas antiguos, y si no se generalizaron los de los países donde nuestros ascendientes dominaron, es por el desprecio que siente siempre el vencedor contra el vencido, quedando, no obstante, restos de todos en el romance, jerga derivada del latín, que sirvió de armazón a las lenguas que actualmente, se hablan en la Península, sobre todo en la oficial, con excepción tal vez del vasco o basco.

Del mismo modo se adoraron todos los dioses de los concjuistadores, y si, por excepción, algunos pueblos invasores aceptaron el cristianismo, aquí ya imperante, fue porque toscos y nómadas guerreros, libres de prejuicios místicos, al fijarse en el territorio para hacer vida sedentaria sedujo su imaginación el ideal de la eterna bienaventuranza, llegando al cabo de tiempo y a fuerza de concilios a formarse una unidad religiosa sostenida sobre la base de la ignorancia y de las crueldades inquisitoriales.

La legislación española debió de ser un caos, siendo de ello buena prueba la coexistencia en la actualidad de varias legislaciones forales y la imposibilidad de llegar a la unidad legal, a pesar de múltiples conatos de codificación, ateniéndonos al fin a una especie de modus vivendi absurdo, en que, respecto a cosas tan importantes como la propiedad, la herencia, el matrimonio, los hijos, etc., hay contradicciones chocantes entre el código general y los regionales, resultando que aquella igualdad ante la ley, frase altisonante, que por lo hueca y vacía es digna de la fraseología política, es una verdadera utopia en España, porque primero sería necesario que la ley fuera igual a sí misma, es decir, una, y eso no lo será jamás, a pesar de todos los intentos centralistas, porque antes que el acuerdo entre las diversas legislaciones forales es posible la revolución social, que las derogará todas para siempre.

Respecto a límites, España ha sido lo más clástica que pueda concebirse: desde hallarse reducida al fondo de una cueva y a las escabrosidades de unas breñas inaccesibles de Asturias en tiempo de Pelayo, hasta poder decir con Felipe II, de maldita memoria, “el sol no se pone en mis dominios”, ha pasado por todas las dimensiones y tamaños, y reciente tenemos ahora el enorme tijeretazo que desde Cavité y Santiago nos ha dado la soberbia ambición yanqui.

Hemos estado sometidos a todas las cracías: desde el absolutismo más personal y caprichoso hasta la democracia más bullanguera, pudiéndose culpar a todas de nuestros males; y para remachar el clavo, aparte del gran número de indiferentes, aun hay partidos que en cada una de esas culpables eradas fundan esperanzas de salvación.

Sólo en el pasado siglo, entre revoluciones, guerras civiles, pronunciamientos fracasados y represiones sangrientas, hemos elaborado doce constituciones, que nada firme han constituido, hallándonos en fin de cuentas gobernados por unos aventureros sin principios, sin ideales, sin talento, cuyos recursos de gobierno dejan atrás a los ridículos propuestos tiempo atrás por los arbitristas.

De modo que España estuvo siempre en período constituyente; jamás pudo considerarse como definitivamente constituida, y nunca pudo decirse de ella lo que escribió el historiador poeta: Libre España, feliz e independiente...

Es posible que después de cada crisis y a raíz de cada gran desastre hayan surgido propósitos de regeneración, como sucede en el día. Desde el punto de vista político-liberal, achácanse todos los males a la monarquía, y especialmente a la restauración; y, por lo que a las aspiraciones de los trabajadores se refiere, ofrécesenos la República como una universal panacea, pero téngase presente que una República que hace poco tiempo se nos presentaba como modelo, fue la que, por un acto de bandidaje, despojó a España de las colonias que por actos de idéntico valor moral poseía; que Repúblicas hay en el mundo donde la situación de los trabajadores recuerda la de los antiguos ilotas, y que, según la frase del jefe más prestigioso del republicanismo español que acaba de bajar a la tumba, “la República es aún opresión y tiranía”, y mal puede producir saludables efectos lo que lleva en sí el germen de todos los males.

Por tanto, en vista de que España ni se regenera ni alcanzará una constitución estable y definitiva, como ninguna otra de las naciones chicas o grandes en que por desgracia se divide el género humano, hasta que por la transformación revolucionaria que se viene operando se destruya el privilegio con todas las instituciones que le defienden y perpetúan, y se universalice la participación del patrimonio universal, y nadie quede privado de la riqueza natural y social, yo me complaceré en repetir con el difunto Pi y Margall: “No sólo no dejaría en pie la Monarquía; no dejaría en pie ni la República”.