Snobs y superhombres

(La Huelga General, 25/01/1902)

Un joven superhombre que no tardará muchos años en perder el derecho a la primera denominación, amigo mío y de muchos porque tiene la gracia de no crearse enemigos, me ha calificado de sectario.

El hecho en sí no tiene importancia, y al lector le ha de tener sin cuidado; mucho más cuando no he de ser más explícito sobre el particular, ni vale la pena, y aun dudo si el interesado se dará por aludido; pero me sirve de asunto para un artículo, y le aprovecho.

En la burguesía juvenil de nuestros tiempos hay algunos individuos que valen y descuellan con personalidad propia, para éstos nuestro respeto y nuestro aplauso; pero abundan los imitadores que tienen convicciones a medias: saben y no practican, piensan y no resuelven, no pudiendo querer se atascan en el desear; son como esas mezclas de claro-obscuro, de figuras pálidas, de líneas indeterminadas, que se ven en los dibujos del llamado modernismo. A estos principalmente me dirijo, exponiéndolos a la vergüenza.

Claro es que quienes viven de esa manera casi incoercible han de sentir aversión y desprecio hacia todo lo que acusa vigor y energía, y por eso aplican el nombre de sectario al hombre lógico que de un principio positivo deduce todas las consecuencias racionales.

Ni creyente ni ateo, ni político declarado ni indiferente, ni pesimista ni optimista, ni blanco ni negro; pero en posesión de una enciclopedia que atesta los archivos de la memoria, deja casi intactos los centros de la inteligencia y completamente inactivos los resortes de la voluntad; así ha de ser el burgués, comm'il faut; sólo así se consigue el codiciado título de superhombre o se sienta plaza de snob a la moda. Por eso se le ve salir de su trastienda, de su escritorio, de su despacho, de su estudio o de su bufete, o como se llame el rincón desde donde acecha el dinero del prójimo para redondear su propio peculio, y discutir en sus tertulias llevando casi siempre la contraria a quien quiera que se atreva a hacer afirmaciones en su presencia.

No importa, entre paréntesis, que las palabras secta y sectario tengan una significación precisa y resulten casi siempre inadecuadas cuando esos tales las emplean, basta para su objeto el tono despreciativo con que las aplican, y el lustre que creen darse al quedar rodeados de las afirmaciones sin tocarlas, como el zancarrón de Mahoma, que es fama que no toca al suelo, ni al techo, ni a las paredes.

Para estos nuevos caballeros de la Tabla Redonda, y los designo así porque han llegado a constituir escuela y entidad solidaria, lo esencial es vivir aparentando que no viven: les gustan las monedas, las comodidades, la comida sabrosa y abundante y hasta las buenas mozas, y de todo ello se ocupan en la emboscada desde donde luchan por la existencia, en su casa, en el boudoir de la horizontal el que se puede permitir ese lujo y en los demás rincones secretos donde atienden a las exigencias de la carne; pero reunidos en conventículo, ni pensarlo; allí reina el snobismo y la superhombría, es decir, la pose, la afectación ridicula, la fatuidad, la exageración.

Ser joven; tener salud; recibir puras y directas las influencias interiores y exteriores de la naturaleza; conocer la historia; haber recibido la iniciación científica; tener sanas y libres las facultades que hacen a uno sentir, pensar y querer; tener delante de sí esas sublimes concepciones que se llaman el universo y el absoluto, que son como poderoso estímulo que impulsan a rayar más alto, a señalar un más allá a los límites que hasta el presente han alcanzado estas tres abstracciones la justicia, la verdad y la belleza, y renunciar a todo por seguir un convencionalismo a la moda, es triste, es torpe, es suicida. Los ascetas cristianos de la Tebaida ayunaban, se azotaban, usaban cilicios, se sometían a todo género de privaciones, y eran lógicos; los infelices se hallaban poseídos del error, de acuerdo con el Evangelio, de creer que vivir era pecar, y el pecado se castigaba con un sufrimiento sin fin, y como aspiraban a la vida eterna que sólo podía conseguirse con una virtud tan extremada, eran, para valerme de un símil conocido, como aquellos mancebos de barbería o dependientes de farmacia que trabajan y estudian ganando a duras penas la sopa diaria, para alcanzar luego el grado de doctor y disfrutar en grande de la vida; pero esos tipos que vemos por las calles de nuestras ciudades con traje afectadamente descuidado, el ala del sombrero doblada hacia adelante, los pantalones remangados, fumando en pipa y usando melenas a imitación de Fulano o de Mengano, que en secreto son sibaritas, si pueden, y en público lo contrario de todo el mundo, y por ser menos que hombres quieren pasar por superhombres, es pura y simplemente necio, teniendo en cuenta que la necedad es peor que la ignorancia, ya que el necio, siendo un burro, quiere pasar por sabio.

Ser mal calificados por esos botarates casi es un honor; por eso los trabajadores que tenemos formado juicio exacto de la vida y de la libertad, es decir, de nuestro objeto y de nuestro medio, importándonos tres cominos las palabras que se nos dedican que no tienen arraigo en el juicio, pasamos adelante, seguimos nuestra vía, renovamos la sociedad, impulsamos la ciencia, depuramos el arte, destruimos el falso equilibrio establecido por los estadistas, y hacemos tanto, que, esclavos ayer, jornaleros hoy, somos ya los luchadores que tratan de potencia a potencia con el privilegio y los futuros vencedores en la próxima Revolución Social.

Ya hace años que quedamos en que la burguesía se había inutilizado para progresar, que el progreso, vida de la humanidad, no podía detenerse sin un cataclismo que deshiciera nuestro planeta, y como es necesario que haya entidad conscientemente progresiva que guíe hacia donde es necesario caminar, aquí está el proletariado que, pisoteando diferencias etnológicas, tradiciones míticas, constituciones jurídicas y políticas y todo el conjunto de obstáculos que contra la solidaridad humana inventó el privilegio, libre de toda carga, fundará la sociedad nueva, haciendo, cuando menos lo piensen esos pobres desequilibrados que de tan ridículo modo pierden el tiempo, el tumulto caótico tras el cual aparecerá con indestructible firmeza, con brillantísima hermosura, con inefable bondad la Icaria, la Utopía, la Ciudad del Sol, mejor aún, la ciudad racionalmente sociológica.

Mandones, curas, burgueses, snobs y superhombres encanijados, ¿lo dudáis?

¡Y a mí qué!...

Sin vuestro consentimiento ni vuestro permiso van los trabajadores minando el terreno al privilegio, burlándose de vosotros y hacinando los materiales para realizar su gran obra. Peor para vosotros y para vuestros papás y protectores si no allanáis las dificultades y no acudís a nuestro lado para honraros y ganar el dictado de compañeros nuestros. Repeor si, por persistir en esa majadería que llamáis saber cuando sólo es preocupación, que tenéis por belleza cuando no es más que raquitismo, quedáis confundidos en el gran día entre el montón de ruinas y detritus despreciables é infectos que apartará de sí la Revolución.

Por compasión os aviso, por lástima os ofrezco fraternidad; abrid los ojos, mirad a vuestro rededor y veréis que los diques que pueden oponerse a la invasión proletario-revolucionaria que avanza son insuficientes, y pronto semejaréis aquellas figurillas que dibujó Gustavo Doré intentando trepar a las más empinadas cumbres, huyendo del diluvio universal.