El corazón de... un poeta

(La Huelga General, 05/02/1902)

Anoche tenía cita en casa con un amigo, y poco antes de la hora convenida me envió un recado excusándose y anunciándome que no podía venir, porque había determinado asistir al estreno del drama Lo cor del poble.

Me conformé, pero el título del drama atrajo mi atención de un modo particular.

Me acosté a la hora acostumbrada; pero también a la hora en que suele acometerme el mal de los viejos, el insomnio, apareció en mi entendimiento lo cor del poble, y a la fuerza tuve que atenderle.

Di muchas vueltas al asunto, parecióme haber llegado a alguna conclusión aceptable, y cansado ya de tanto trabajar en la cama, a pesar de lo intempestivo de la hora, me levanté, me abrigué bien y tomé la pluma con el propósito de ver si salía cosa de provecho.

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Tengo por muy aventurado y expuesto a errores formar juicios colectivos acerca de los sentimientos y de la inteligencia.

Por ejemplo: “el corazón del pueblo”, si con esta frase se quiere formar un juicio que exprese la calificación que en concepto del autor deba aplicarse al sentimiento popular, a la manera como el pueblo siente, se han de precisar con la exactitud posible los límites que tiene esa entidad, qué elementos la componen, cómo se forman y se desenvuelven sus individuos, qué término medio moral alcanzan, en qué condiciones viven, qué clase de relaciones mantiene la tal entidad popular con las otras clases sociales a que ya no se denomina pueblo, etc., etc. Formar una entidad por generalización cuesta poco; calificarla desde el punto de vista o si se quiere desde la preocupación en que se coloque el generalizados cuesta menos; lo difícil en este caso es ser justo.

Bien se me alcanza, y como no me duelen prendas aquí lo encajo, que como a escritor o escribidor anarquista que lleva siempre en la punta de la pluma las generalizaciones y abstracciones proletariado y burguesía, clases desheredadas y privilegio, etc., pueden oponérseme las mismas observaciones que acabo de apuntar, pero he de exponer en mi descargo que las generalizaciones y abstracciones anarquistas, las mías al menos, son bien determinadas, y cuando con ellas se forma un juicio, queda firme con el brillo de la evidencia. Así por ejemplo, si decimos: La sociedad que impone el trabajo al proletario y da la riqueza al privilegio es injusta, se ha echado mano de las generalizaciones y abstracciones sociedad, trabajo, proletario, riqueza y privilegio, todas ellas bien determinadas, formando dos oraciones harto exactas, por desgracia, ya que nadie puede negar que la sociedad impone el trabajo al proletario y da la riqueza al privilegio, y con esas dos oraciones gramaticales, formando sujeto tales como están o tomando sólo la sociedad, ya bien conocida, formamos otra en esta forma: la sociedad es injusta, afirmación que no puede ponerse en duda, y que hasta el mismo León XIII confirma en su famosa Rerum novarum cuando cree necesario decir que “el hombre es anterior al Estado y a la Sociedad civil, ya que antes de que esas dos entidades se formaran tenía por la naturaleza el derecho de proveer a sus necesidades”.

Decía, pues, que generalizar, o sea tomar individuos, formar con ellos especies y después agruparlos en géneros y hallar una calificación que convenga en justicia a individuos, especies y géneros, es una operación difícil y punto menos que imposible por lo compleja, y pocas, poquísimas, de las generalizaciones que corren por ahí y a las que todo el mundo atribuye un calificativo, formando oraciones de aquellas que los gramáticos llaman de verbo sustantivo, son exactas por el momento, y si lo son, no son permanentes ni justas.

Entendámonos. Se dice: El pueblo es bueno. ¿Qué es pueblo? Ustedes dirán: puede ser “el conjunto de todas las clases que constituyen la sociedad (un todo)”; “el estado llano, o sea las clases media e ínfima (una parte)”; “la parte general de la población, a distinción de los nobles y poderosos”, y otras varias cosas más, algunas de ellas opuestas entre sí; de modo que cuando se dice pueblo, si no se explica bien por una perífrasis lo que se quiere decir, apenas se ha dicho nada. Agreguémosle, convenientemente concordado, el verbo ser, la idea principalísima de la existencia, y, como atributo, un derivado de la abstracción llamada bondad, que cada cual entiende a su modo, y resultará una frase huera, de esas que ensartan los retóricos de la política cuando quieren persuadir ásus clientes que el gato es liebre tras la cual se chuparán los dedos de gusto. Aunque el tal juicio, por la buena determinación de la idea pueblo, pareciera exacto, para que fuera permanente no habría de cambiar el pueblo de actitud, ni de modo de ser, ni habría de progresar nunca, y para ser justo faltaría que nos entendiéramos sobre lo que es bondad, idea sobre cuya definición acabarían por andar como perros y gatos los filósofos más comedidos y prudentes si, reunidos en asamblea, los encerrasen hasta hallar una fórmula aceptada por todos, declarando por mi parte que muchas de las virtudes de la moral oficial y teologal, entre ellas la paciencia y la caridad, no sólo no las acepto, si no que las considero como encubridoras de los males más graves que se perpetran en la sociedad.

¡Oh las abstracciones! ¡las generalizaciones! son en verdad grandes recursos para la elocuencia, pero los trabajadores hemos de acogerlas con desconfianza y someterlas a examen si no queremos ser engañados. “Donde está tu tesoro allí está tu corazón”, dicen los evangelistas Lucas y Mateo que dijo Jesús, juzgando, no como quien se cree dios y da cuenta de su obra, obra que sería harto mala si aquel juicio evangélico fuese exacto, sino como filósofo que califica a los hombres y quiere corregirlos, y esa generalización, por fortuna y para honra de la humanidad es falsa; porque si bien es cierto que muchos tienen por norte de sus acciones el egoísmo, ni eso es general, ni tampoco está probado que los egoístas fuesen tan crueles como lo son en una sociedad que no estuviera basada sobre el antagonismo de los intereses; muchos, muchísimos, son los que por un amor o por una convicción sacrifican una conveniencia, una fama, una posición, una fortuna, la vida misma; la historia abunda en hechos gloriosísimos de abandono de intereses y de sacrificios heroicos, y abundan tanto, que en nuestras mismas relaciones podríamos formar con ellos una lista numerosa, y eso sin contar entre los altruistas a los que la Iglesia cuenta en el número de sus héroes, llamándolos santos y poniendo sus efigies en los altares, porque éstos, al fin, eran cucos que sacrificaban el presente a un porvenir ilusorio.

Antes que creer en esa generalización con que un falso dios se equivoca, es preferible cambiar los términos y tomar las excepciones, si lo fuesen, por regla general. Fundado en ello, por ejemplo, aun merece aplauso y admiración el actual presidente de los Estados Unidos que, en aquel país donde para colmo de maldad existen los trusts y los lobbis, y en que se castiga la más leve falta de un negro con el linchamiento, porque el negro es víctima allí del mayor desprecio, ha tenido el valor de estrechar la mano de un negro, otorgarle una distinción honorífica y convidarle a su mesa. Cuando leo en Los Girondinos la insurrección de los negros en las colonias, la matanza ejecutada en una noche en la ciudad del Cabo en Santo Domingo como una especie de movimiento de equilibrio sanguinario que los negros imponen a los blancos, y veo que sobre el sentimiento de venganza de la sangre y de la raza, brota aún el amor del fondo de la abyecta esclavitud para salvar al amo soberbio, sin desconocer ni atenuar aquella terrible justicia, porque justo es que a la tiranía desenfrenada se la enfrene de algún modo, todavía me conmueven aquellos generosos rasgos que demuestran la capacidad esencialmente bondadosa y dispuesta para el bien que existe en los hombres.

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Bueno. Y del Cor del poble, ¿qué?

Nada; que el joven dramaturgo que hizo tiempo atrás palpitar de entusiasmo el corazón de los trabajadores por su inspiración altruista y revolucionaria, mereciendo por ello censuras, consejos y advertencias de los burgueses, ha dado muestra de tener un corazón sensible, ya que reconoce aquellas censuras, acepta aquellos consejos y advertencias y deja a los trabajadores que vayan solos a buscar su emancipación.

¡Mejor! ¡ya lo sabíamos! ¡Siempre es preferible descubrirse a tiempo! Por otra parte con nosotros corría el riesgo de ganar cero, ¡y si ese cero era el de Montjuich!... los burgueses pagan bien esas cosas... ¡allá se las entienda con ellos el poeta bucólico!

¡Abur, Iglesias!

A todo esto, ni aquello es corazón, ni pueblo, ni Cristo que lo fundó.