El puente

(La Huelga General, 15/02/1902)

Pasaron los entusiasmos postreros de los banquetes republicanos del 11 de Febrero, no ya porque sean los últimos, sino por ser de los postres.

En ellos se ha hecho consumo de los fiambres oratorios reservados para tales casos, y como no podía por menos, aquí y allí, lo mismo donde hacían pinitos los imberbes, que donde exhibían su prestigiosa persona los veteranos, se han tirado indirectas a la cuestión social y se ha hablado de aquel famoso puente que, desde las áridas riberas del privilegio, ha de permitirnos el paso a los trabajadores a aquellas otras floridas y hermosas donde moran como hadas de la paz y de la bienandanza la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Aquellos de mis lectores que no hayan tenido que bregar con las preocupaciones republicanas de algunos de sus compañeros, o con las de algún burgués, redentor a ratos perdidos de los mismos a quienes explota, no tendrán noticia del indicado puente; pero los que se encuentran en el caso contrario, y éstos son numerosos, están ya de puente hasta la coronilla.

Los propagandistas republicanos, faltos en general de conocimientos sociológicos, porque si los tuvieran (y, por añadidura, de buena fe) ya no serían republicanos, suelen hablar del ideal libertario de los trabajadores como de un país situado al otro lado de un abismo profundo, más o menos ancho, según las circunstancias de lógica, de pasión y aun de paciencia de los trabajadores que les escuchan o con quienes discuten, y una vez que la suposición ha tomado cuerpo como si fuera la realidad, vienen y, ¿qué hacen? cogen y echan un puente, y en seguida desaparece el abismo y los trabajadores se hallan a las puertas de Jauja. Ahora ya habréis caído en la cuenta: el puente es la República.

Lo menos treinta puentes de esos, entre chicos y grandes, nuevos y viejos, hay repartidos por el mundo; pero lejos de haber pasado por ellos los trabajadores de los respectivos países, dejando atrás la miserable carga de la tiranía y la explotación para entrar en el edén donde se atan los perros con longaniza, el capitalismo impera con inaudito empuje en alguno de ellos, formando esos trusts o compañías monopolizadoras que con sangre y sudor de los trabajadores acumulan millones en cantidades asombrosas y nunca vistas, y los restantes no envidian en eso de explotar, a cualquier monarquía de las que ruedan por esos mundos.

Y si en todos esos países donde hace tiempo que se echó el puente están peor que estaban, ¿puede suponerse que en España tendrá mejor éxito? Recordemos que en el año 73, bien lo saben los que acaban de festejar el 11 de Febrero, se echó aquí también una miajita de puente, y uno de los republicanos más respetado y el más respetable, ya difunto, y cuyo puesto se ha declarado irreemplazable a perpetuidad, expuso algún tiempo después este juicio acerca de sus amigos políticos.

Por cada hombre leal, he encontrado diez traidores; por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriota, ciento que no buscaban en la política sino la satisfacción de sus apetitos”.

Conque conste, y ojalá no hubiera necesidad de repetirlo: la cuestión social no la resuelve la República, sino que la agrava; lo del puente es una engañifa retórica sin pies ni cabeza; los redentores no redimen a nadie por más promesas que hagan, y en cuanto a la redención verdad, aquella que ponga la riqueza pública y todas sus consecuencias a la disposición de todos y de todas, sólo pueden traerla los mismos necesitados de redimise, y para ello no necesitan puentes ni camándulas republicanas.