Non possumus

(La Huelga General, 15/02/1902)

Llamo “revolución servil” toda revolución que se propone un objeto material, independientemente de todfo progreso moral... y así me explico la suerte que toca a todas esas empresas que, repetidas en épocas diferentes, parecen siempre la misma, de tal mido tienen un desenlace uniforme. Y es que como el pensamiento representa en ellas tan íntimo papel, la audacia es sólo aparente. Aunque suelen comenzar por asustar a las gentes, la verdad es que ellas se asustan de sí mismas, porque tienen miedo de las conquistas de la inteligencia, y por eso las de más feroz apariencia no tardan en caer en la incapacidad de mover un grano de arena.

Edgard Quinet

Cuando la gran huelga de los mecánicos de Inglaterra en 1897 conmovió al mundo proletario, que hizo los esfuerzos de solidaridad más extremados de que hasta entonces se tuviese memoria y que no han sido superados después, un amigo nuestro y buen compañero fue a Londres acompañando a un inventor que, para sus asuntos, había de tratar con un industrial, gerente de una de aquellas grandes empresas metalúrgicas de la gran ciudad.

La fábrica estaba operada, naturalmente. Situada en un barrio popular, en las calles adyacentes, como revelando el espíritu íntimo de lo que se llamaba el gran conflicto económico, es decir, de la pasividad sistemática hija de la paciencia cristiana con que se enseña a las masas a ser víctimas y cómplices de su propio mal, se veía a los trabajadores fumar y esperar, o, si se prefiere, perder el tiempo, porque aunque aquel proverbio que dice que “el tiempo es oro” sea inglés, no reza, por lo visto, más que con los burgueses. Aquello partía el corazón: figúrese el lector la palanca de Arquímedes, con su punto de apoyo y todo, tirada en un rincón y cubierta de telarañas, esa idea inspiraban aquellos miles de trabajadores que, mientras sus directores se agitaban con actividad ardillesca, parecían poseídos de pereza musulmana, como si hubiesen adoptado por lema: “las ostras han de abrirse por la persuasión”.

El burgués recibió afablemente a los españoles: estaba de vena y, contra la costumbre burguesa del país, no tenía prisa. Obsequió a nuestros amigos con champagne y puros y se espontaneó hasta por los codos.

De la huelga, dijo respondiendo a una indicación, como si tal cosa. Creen esos pobres diablos obligarnos a ceder o arruinarnos confiando en su solidaridad, y no caen en la cuenta de que los mismos principios que invocan tienen eficacia universal y nos sirven también, no diré para luchar contra ellos, porque, ya lo ven ustedes, los infelices no luchan, sino para negarnos a sus pretensiones. Nuestras compañías son ya asociaciones harto fuertes para resistirles, y a mayor abundamiento también sabemos utilizar la solidaridad. Consideren ustedes si hay quien impida que para librarnos del remotísimo peligro de ceder celebremos un pacto con toda la industria internacional de nuestro ramo para que nos destine un tanto por ciento equivalente a buena parte de lo que representarían nuestros beneficios si nuestras fábricas funcionaran, reservándose los pactantes extranjeros los que les produjera el exceso de la demanda. Porque el hecho es patente y todos pueden verrlo: todo lo que sea alterar el equilibrio económico establecido sobre la reciprocidad entre la oferta y la demanda aquí, allá, en todo el mundo, aunque sea para atender a lastimeras quejas presentadas por los obreros, es una abdicación, es nuestra muerte, es la perturbación del orden social, y nosotros obramos así, inspirados en santa intransigencia, no por egoísmo patronal, sino como verdaderos defensores del orden, como sostenedores de esta sociedad que, a pesar de sus defectos, encuadra la vida y hace posible el progreso.

Nuestro amigo le hizo notar que la opinión pública favorecía manifiestamente a los obreros, puesto que no sólo la plebe proletaria, sino la burguesía, la aristocracia y hasta individuos de la familia real se les declaraban simpáticos.

¡Sensiblería inútill inconsciencia, ignorancia. Si nosotros nos enterneciésemos y cediéramos ¡pobres de todos! Una concesión es una exigencia obligada y sucesiva, es echarse a rodar por la pendiente hasta llegar al abismo revolucionario, abismo a que se rodará un día, pero ¿no ven ustedes cuán prematuro sería entregar la dirección del mundo a la gente que fuma, bebe cerveza, padece hambre y espera que caiga, como quien se tumba para coger brevas, la escasa bonificación que solicita? ¿Puede suponérseles capacitados para utilizar su triunfo en bien de la humanidad y ni siquiera de ellos mismos, cuando, aparte de su inactividad, llevan su testarudez hasta no evitar que se malgasten esos millones que les ha proporcionado la solidaridad internacional de sus compañeros, a quienes probablemente convertián en escépticos?

Aquel hombre personificaba el régimen burgués, pero era lógico, y, como tal, su palabra era penetrante, hacia daño. Mi amigo recordaba que treinta años antes, con lógica también irrefutable, Marx declaró en la misma Londres a la ciudad y al mundo la incapacidad progresiva de la burguesía; pero en ese tiempo, sin que esa entidad haya hecho nada para destruir el antagonismo de los intereses, que en tanto que se sostenga hace irresoluble el problema social, los trabajadores se limitaban a solicitar ciertos beneficios del señor, reconociendo su existencia y su categoría y, a lo menos en aquellos huelguistas, no había germinado aún la idea de la anulación del señor, la de su expropiación, ni menos el puro concepto de la huelga general como precursora directa é inmediata de la toma de posesión de todos en el patrimonio universal.

Cinco años después, aunque en el terreno oral y literario se adelante mucho más, en el de los hechos, no diré que permanezcamos estacionarios, pero caminamos a paso de microbio, y si no, ahí están nuestros compañeros en la actual huelga de Barcelona.