La inminencia del triunfo

(La Huelga General, 25/01/1903)

Lo hemos dicho recientemente, en un escrito que vio la luz en Revista Blanca, y que, después, convertido en folleto, y llevando luz a las inteligencias obcecadas y bríos a las voluntades decaídas, se ha esparcido más que las hojas de nuestros bosques impulsadas por las brisas de noviembre: hay dos Cataluñas, la obrera y la burguesa; del mismo modo que, generalizando el concepto, con rigurosa exactitud podemos decir: hay dos humanidades, la usurpadora y la víctima de la usurpación.

Ese dualismo es antinatural y antisocial.

Es antinatural, porque, dada la unidad de nuestra especie, carece de base racional la distinción de las categorías sociales: hemos visto esclavos convertidos en reves, y emperadores esclavizados; pordioseros elevados a la cumbre de la riqueza, y millonarios tronados que expiraban en un asilo benéfico y devolvían su materia al mundo en el montón anónimo de la fosa común; de la misma manera se ve en el lecho de un hospital el enfermo pobre en que se ensaya la operación o el medicamento para curar al rico, que en el anfiteatro y en la mesa de disección el cadáver que sirve para la lección de fisiología y anatomía humanas, utilizable universalmente para todas las clases y para todas las razas.

Es antisocial, porque desconociendo la unidad esencial de la especie, que la razón abona, y rechazando la belleza armónica, hija del sentimiento que hubiese de reforzar la unión, lo sustituimos con egoísmos y odios, y en lugar de una cosecha abundante de bienandanza y felicidad, recogemos cantidad inmensa de penas y dolores en el yermo estéril de una sociedad tiránica.

Pero por antinatural y antisocial que sea, ese dualismo existe, es reconocido y debe procurarse su destrucción.

Si en negar su existencia ponen empeño los privilegiados, los que, sin creerlo, quieren hacer creer que las categorías con sus accesorios tienen razón de ser y de esa manera juzgan a salvo sus privilegios de los ataques de los desheredados, se equivocan, porque lo cierto es que, si aquellos tienen en su favor la fuerza de la costumbre, la opinión tradicional y el mecanismo de las instituciones, en cambio son, como todos los egoístas, esencialmente insolidarios; el antagonismo de los intereses interpone entre ellos murallas infranqueables, y como sentimiento sólo tienen el odio y la indiferencia; hasta la comunidad de objetivo es en ellos ineficaz, y nunca el odio y el egoísmo que prestan el material para formar el trust y el Pacto del hambre darán frutos de vida.

Por el contrario, los desheredados tienen en su contra cuanto favorece a los otros, pero por razón y por sentimiento cuentan con la solidaridad de todos los que sufren, la que se manifiesta primero como aspiración, luego, poco a poco, como práctica, con intervalos en la lucha y en la persecución, y sobre todo con la comunidad é identidad del ideal, que cuanto más se comprende y más se acerca, más vivamente se desea, con mayor intensidad se ama, más fortalece la solidaridad y más influencia ejerce sobre la marcha progresiva de hombres y mujeres hacia la perfección.

Lo que es antinatural y antisocial ha podido venir sosteniéndose, por otra fuerza, que pudiéramos llamar la artificial, que era tal fuerza en razón de la debilidad de su contraria, debilidad consistente en la ignorancia de los perjudicados; pero lo artificial, como accidental y circunstancial que es, se gasta, y lo natural por su esencialidad íntima, persiste, es imperecedero, y esa es la base de nuestro derecho como trabajadores, de nuestra esperanza de redención como víctimas de la sociedad, de nuestra fuerza como entidad pensante y activa, y aun pudiéramos añadir de la debilidad y cada vez más floja resistencia de nuestros tiranos.

Afortunadamente vivimos en el siglo XX, siglo en que la capa social más baja ha formado su enciclopedia con esa prensa obrera activa, ilustrada, fecunda, que lleva el minucioso rigorismo de su análisis y de su crítica a todas las profundidades y a todas las eminencias; siglo en que los parias, los esclavos, los siervos, tranformados en jornaleros, despojados de toda preocupación, libres de todo falso e inmerecido respeto y firmes en la convicción y en la posesión de su derecho inmanente (que existe, que queda, que permanece siempre) e inalienable (de que no puede despojarse), se cuadran ante los sacerdotes, los gobernantes y los ricos diciéndoles: vuestros ritos, vuestras leyes y vuestras usurpaciones representan la negación de la fraternidad genérica de todos y un fraude contra nuestro derecho. Por la astucia y por la fuerza habéis prolongado vuestro dominio; por la primera, llamándonos hermanos en la mentira religiosa y compatriotas y conciudadanos en la mentira nacional y política, y por la segunda, sujetándonos al rigor económico y a la amenaza de la fuerza pública. A la altura a que hemos llegado, semejante estado es insostenible; dos causas poderosas lo impiden: nuestra conciencia y voluntad, que no se somete ya a la explotación, y vuestro absurdo egoísmo, que os ha llevado a fundar el imperio absoluto del dinero, que conduce a confiuir todas las riquezas naturales y todas las creadas por la humanidad durante una larga serie de siglos en manos de un estúpido millonario. Y a tal punto llega vuestra debilidad, que, según confesión de un estadista, del actual presidente del consejo de ministros de España, “Si al venir a la vida pública las masas que hemos traído con el sufragio universal, si al regimentarse con la prensa de gran circulación, al ofrecerse como elemento y materia para partidos nuevos... todo eso hubiera coincidido con el mantenimiento de las antiguas fuerzas y con el primitivo fusil y la bolsa de pólvora y balas que bastaban para constituir un soldado a principios del siglo XIX, quizás nos encontraríamos hoy frente a frente de una revolución sangrienta; de suerte que ese maüser de que se habla con desprecio, y que ha relegado a los museos de antigüedades las barricadas de otros tiempos, ese es el que constituye la garantía de la prudencia y de la mesura de los partidos socialistas”.

Bien categórica es la declaración, no atestiguamos con el juicio de un sectario exaltado, sino con el de un estadista reaccionario que confiesa paladinamente su impotencia, reconociendo que el privilegio no está contenido ya por el temor de las penas eternas, ni por el halago de las recompensas celestiales, ni por el respeto de las altas jerarquías de la sociedad, ni por nada de aquello que temían y veneraban nuestros antepasados, sino por el maüser de Ambrosio, tan eficaz para el caso como la famosa carabina del dicho popular.

Sí, sépanlo todos; el actual régimen social no tiene ya arraigo en las conciencias, carece de la sanción popular, vive sostenido por la fuerza y durará hasta que eso que se llama las masas releguen a su vez a los museos de antigüedades esos maüsers cuyo actual poder es transitorio y fugaz ante el poder invencible de la idea de justicia.

En tal situación, lo que falta al proletariado para terminar su obra es relativamente poca cosa, lo más importante que era la fijeza en el ideal emancipador, se va consiguiendo con la rapidez que indica esa acción de protesta y de rebeldía incesante que se observa en todo el mundo civilizado; sólo falta unificar la acción, y alguna importancia tienen ya en este sentido los trabajos que vienen haciéndose para la fundación de una nueva Internacional destinada a efectuar la legitima, la positiva y también la definitiva huelga general.

Jamás tuvieron los luchadores por el progreso de la humanidad situación más ventajosa ni perspectiva más segura del triunfo.