De la patria

(La Huelga General, 20/04/1903)

...En el momento de atravesar (el quinto) la hermosa puerta de la gloria, cuyos umbrales están formados por la espada del jefe que recibe el juramento y por el lienzo recogido sobre el asta, un sacudimiento moral transforma su ser, y lo convierte en soldado; es decir, en hombre perfecto, en ciudadano benemérito.

Ni un solo ciudadano dejó de descubrirse al desfilar la enseña; ni uno solo dejó de enviarle su saludo con la noble efusión de las almas patriotas.

Ambiente de patriotismo, de patriotismo leal, hondo, se respiraba esta mañana en el paseo de San Juan.

(De un diario burgués acerca de la jura de la bandera.)

Hablemos de la patria: es esta una idea muy manoseada; progresistas, estacionarios y regresivos, es decir, los que van adelante, los parados y los que vuelven atrás, tienen de la patria muy diversos conceptos; y por si acaso falta algo para embrollar la cosa, hasta los indiferentes, los neutros, los pancistas se mezclan, como queriendo dar a entender que se puede tener o dejar de tener opinión sobre asuntos importantes de la vida, del universo o de la muerte, pero la patria es intangible y que sobre este asunto no cabe más que ser patriotas: ¡alto aquí! lo primero que requiere el entendimiento para poder dar su fallo sobre un asumo es que las ideas que integran un juicio estén bien definidas y sean bien comprendidas; lo contrario es absurdo y ridículo: supongamos que dos trabajadores, por ejemplo, uno carpintero y otro de otro oficio cualquiera, han de juzgar una herramienta de carpintería, y el carpintero, que tiene experiencia y conocimientos suficientes, la califica de buena, y el otro, incompetente, encuentra mala; todo el mundo convendrá en que el juicio del primero puede ser valedero, y el del segundo ha de ser esencialmente malo; ¿por qué? porque el primero tiene o puede tener idea clara y positiva de la herramienta y de la bondad que le aplica, mientras que el segundo, si bien sabe que lo bueno es, en materia de herramientas, lo útil, lo duradero, lo económico, etc., carece, respecto de la herramienta en cuestión, de las nociones suficientes para saber si le acompañan debidamente aquellos calificativos, a lo menos no tiene el conocimiento técnico y práctico.

Pues en materia de patria sucede que no está bien definida, que entre las definiciones corrientes que de ella dan nuestros sabios de profesión, los que, porque tienen dinero extraído de nuestra explotación, compran ciencia en esos bazares científicos llamados universidades, las hay llenas de suposiciones, falsedades y contradicciones.

Para ahorrarme trabajo y expresar claramente mi pensamiento, nada mejor que la siguiente cita sintética del clérigo Coyer, instructor de un príncipe francés:

Inspirado por el celo que me anima en busca de la verdad, he reunido en diversos países a hombres de distintas categorías, y les he preguntado: ciudadanos, ¿conocéis la patria? ante esa pregunta el magistrado fruncía el entrecejo, el militar juraba, el cortesano sonreía burlona y maliciosamente, el capitalista indagaba si era cuestión de algún nuevo negocio, el trabajador lloraba...”

Analice bien el lector esa síntesis, y verá que para cada clase superior la patria significa la tolerancia de un privilegio y la práctica de una maldad; mientras que para el infeliz colocado en la situación inferior, representa el sufrimiento de la tolerancia de todos los abusos y de la práctica de todas las maldades sociales: “¡el trabajador lloraba!...”

En la vida de la humanidad, la patria es una institución pasajera, obra transitoria de la evolución progresiva, albergue de una noche que se abandona al día siguiente para continuar la marcha hacia el ideal.

No tienen razón los llamados patriotas; y lo menos malo que puedo decir de ellos es que se dan ese título por rutina, sometidos a una sugestión inconsciente; y si se atreven a replicarme que tienen certeza en su sentimiento y en su pensamiento patrióticos, diré con Spies, aquel gran anarquista a quien honró la horca republicana de Chicago elevándolo a la categoría de mártir de la humanidad: “¡El patriotismo es el último refugio de los infames!” Y esto lo dijo a propósito de que Grinnel, representante del poder judicial, ya excitaba el celo de aquel ignominioso jurado que le sentenció invocando el patriotismo para que matara injustamente, a sabiendas, bosquejando un pensamiento que para mengua de España en español se formuló en las alturas de Montjuich con estas palabras: “Es preciso cerrar los ojos a la razón”.

Según los lexicógrafos, patria y patrimonio, la una país donde se nace, y el otro bienes que proceden de los padres, son ideas que tienen por origen etimológico la palabra padre. Por tanto, a lo menos en el pensamiento de los inventores de la palabra, respecto de la patria todos los que en ella nos cobijamos somos hijos, y respecto del patrimonio somos hermanos.

Así quieren hacernos creer que es los que la definen cuando se trata del cumplimiento de deberes, o sea las obligaciones que como tales deberes quieren imponérsenos. Si yo tuviera el propósito de aumentar el catálogo de las mentiras convencionales de nuestra civilización, haciendo interminable el ya harto largo que nos presentó Max Nordau, podría hacerlo recogiendo recortes de las frases tan ampulosas como embusteras con que hace poco tiempo se llenaban los diarios como eco de los discursos, de las arengas, de las pastorales, de los brindis y de los artículos con que nuestra privilegiada burguesía de frac, de uniforme, de toga, de sotana o de levita se desbocaba con motivo de la guerra que libró a Cuba, Puerto Rico y Filipinas de la dominación de la burguesía española para someter las colonias, que llevan ya consigo la explotación de sus propios burgueses contra sus mismos proletarios, a la de la burguesía republicana federal yanqui. No lo haré; hasta juzgo que, por desgracia, no es necesario, y digo por desgracia, porque a fuerza de tanta fraseología para lo falso y lo malo y tan corta expresión de lo esencialmente bueno y racional, todo el mundo está impregnado de “honor nacional”, “gloria de nuestros antepasados”, “instituciones venerandas”, “bandera roja y gualda” y mil y mil frases vanas, huecas, retumbantes y necias que constituyen la monserga nacional, y cuando menos lo pensamos nos revenimos como el que ha comido ácido, y así a veces hasta en el anarquista hay atavismo patriótico.

Sólo diré que de padre, hijos y hermanos, en esto de la patria, bien lo sabes lector o debes saberlo, tenerlo presente y no olvidarlo jamás mientras vivamos bajo el régimen de la actual sociedad, no queda más que el nombre, y sobre la interpretación que de ella den los charlatanes del patriotismo y sobre la interpretación que tú mismo quieras darle cuando la procupación patriótica te empuje a dar sentido común a lo que esencialmente carece de él, no queda de positivo más que esta interpretación: la patria es la propiedad, y el único que tiene el deber de ser patriota, porque es el mayorazgo o el hereu social, es el propietario.

Siendo así la patria, y así es por el error tradicional que consagran las leyes y las instituciones que se contienen en esa triple caja que se llama Nación, Patria, Estado, por el poder coercitivo que el Estado da a lo erróneo y a lo injusto, queda el patrimonio nacional como un lote de rapiña en estado de usufructo para los unos y de herencia para los otros, mientras nosotros los trabajadores nos hallamos despojados y desheredados, el propietario resulta único patriota de hecho, y es también el único que racionalmente puede envanecerse con el título de ciudadano. Yo, por mi parte, compañero lector, renuncio a él, no le quiero y le rechazo si alguno me le aplica por rutina y contra mi voluntad: todos los derechos políticos que pudiera, no otorgarme, sino reconocerme, porque mis derechos son parte integrante de mi personalidad, están anulados por ese registro de la policía que tiene mi libertad a merced de un funcionario burdo, sin instrucción, de los que el Estado paga a más bajo precio sin duda en relación de la clase de servicio que de él espera y que ya dos veces me ha arrancado de mi lecho, me ha separado brutalmente de mi familia y me ha encerrado en un calabozo. Yo no sé si tú querrás pasar o no por ciudadano, yo no te lo llamaré, antes daré ese ya deshonrado título al burgués que nos explota, al casero que nos planta en la calle, al comerciante que nos sisa, al polizonte que nos encierra, al político que procura embabiecarnos y hasta al cura que saca su ración con la cuchara del presupuesto o bendice por dinero al que reclama sus servicios.

No lo he inventado yo, ni tampoco he de citar en mi apoyo pensamientos de demagogos insolventes: “El hombre es anterior y superior al ciudadano, y a eso me atengo”. Por lo pronto ahí queda ese pensamiento de Renán. Ahora va este otro de Marmontel, célebre literato francés anterior a la revolución: “En la boca de los opresores del pueblo y de tiranos ambiciosos es donde principalmente retumba la palabra patria”. Y el famoso Mirabeau escribió: “La patria, para aquel que nada posee, no es nada, porque los deberes son recíprocos”.

Y todo eso es claro como la luz del día, porque como dice Détré en L'Humanite Nouvelle, en resumen, “para aquellos que, masones o jesuítas, nobles o burgueses, poseen, gobiernan, mandan o aspiran a mandar conservando las instituciones actuales, la patria es su interés particular, el interés de su clase o de su casta, sus bienes, sus dignidades, sus títulos, sus empleos y la moneda de cien perras. Por eso se comprende que el general Savary en 1814, en vez de correr contra el extranjero invasor, haya podido exclamar: “Más temo yo a los cosacos de nuestros barrios bajos que a los cosacos del Don, y que después de la rendición de París, el general Ducrot haya osado decir ante la asamblea de Burdeos: Si me batí en retirada en Champigny, fue porque temí un movimiento demagógico en París, y quise reprimirle”.

¡Patria, patria; tierra de los padresl ¡Qué burla más sangrienta para el hombre despojado de tierra, de casa, de ciencia; privado de higiene; falto de educación; reducido al salario, y forzado aún a ser defensor y sayón de sus dominadores!

Concretándome ahora, acerca de la idea patria, a lo que ésta sea respecto de la península que habitamos, he de hacer observar que la patria es elástica según las vicisitudes históricas; se estira o se encoge a compás de las peripecias que ocurren a sus dominadores: unas veces un rey débil que tiene por vecino otro rey que quiere ganar faina de pincho real o de conquistador glorioso, ve sus fronteras atropelladas, y firma la paz dejando entre las uñas de su primo, sabido es que todos los reyes se llaman primos entre sí, aunque los primos seamos los que los aguantamos, dos o tres provincias, si no le despoja por completo del reino, importándole tres cominos el derecho divino del despojado y el patriotismo de los vasallos que cambian de amo; otras veces se recorta un cacho de patria, como si esta operación se practicara con unas tijeras sobre un mapa, y se lo da en dote a una princesa fea que no encontraría novio sin esa ganga, y así van tierras y habitantes a la real alcoba a soportar esa cabronada patriótica; ha habido ocasiones en que la patria era tan pequeña que cabía en una cueva de las montañas de Asturias, necesitando la historia, para explicar el hecho, inventar el milagro-camama de Covadonga; en cambio ha habido otras en que el sol no se ponía en los dominios de un hombre taciturno y de mal corazón llamado Felipe II, y entonces fue necesario glorificar las sangrientas usurpaciones de criminales aventureros como Pizarro, Hernán Cortés, etc.; según en qué épocas, todos los que hoy se llaman españoles eran recíprocamente compatriotas o extranjeros, y podrían encontrarse luchando como compañeros de armas en el mismo campo o en otros diametralmente opuestos, porque aquí las patrias han cambiado de modo asombroso; de tal manera que si en un mapa de España hubieran de trazarse todas las fronteras que han existido, parecería un pliego de patrón de modas en que para aprovechar el papel se trazan todas las piezas de un vestido complicado, formando tal enredo de líneas que apenas se entiende la modista. Hemos sido todo lo que hay que ser: celtas, celtíberos, cartagineses, romanos, godos, visigodos, vándalos, suevos, alanos, hunos, árabes, según nuestros dominadores antiguos; y según las regiones, nos hemos considerado nacionales, catalanes, aragoneses, navarros, castellanos, valencianos, andaluces, de no se cuantos reinos; respecto de religión, aquí se ha adorado todo, siendo por turno paganos, mahometanos, arríanos, cristianos católicos o protestantes; es decir, enemigos siempre, según el gusto del mandarín de época o de lugar. Excusado es decir que si tales enemistades han existido entre los que antiguamente formaban el personal de los que hoy somos teóricamente hermanos por hallarnos, no diré cobijados, sino encerrados en las actuales fronteras, enemigos eran nuestros antecesores con todas las patrias del mundo.

Refiriéndome ahora a lo que las patrias anteriores han dado de sí y a lo que de los españoles ha hecho la patria actual, creo oportunas las consideraciones siguiente:

Si España en lo pasado ganó o se le concedieron brillantes calificativos, en lo actual a todos ellos ha de anteponer un ex que indica que los antiguos merecimientos se hundieron en el abismo de la decadencia.

De noble, leal, generosa, emprendedora, heroica, inteligente, artística, etc.; califican a esta nación historiadores nacionales y extranjeros, y el nombre español va unido a grandes acontecimientos y a importantes progresos de la humanidad, pero en los tiempos que corremos he aquí el juicio que nuestra situación inspira a un escritor francés, que viene a ser como el eco de la opinión de Europa y América:

La única salvación para España consiste en la inmigración de una raza superior, habituada a los grandes negocios mercantiles e industriales y apta para beneficiar los productos del suelo y del subsuelo”.

Por si esta opinión pareciese exagerada, véase lo que escribe un médico barcelonés.

...Las tristes desgracias de nuestra desventurada patria, vencida, no humillada por una nación fuerte y poderosa, han despertado generosas iniciativas de regeneración, pero..., el pero es siempre dubitativo, tememos que las tales iniciativas no germinarán en nuestra España, porque este pueblo español es un pueblo enfermizo, débil, enclenque, estenuado por su pésima administración pública, que le priva de lo más indispensable a su vida, le priva del amparo de la higiene. El pueblo español come poco y mal. En las grandes ciudades habita lugares insanos en habitaciones pequeñas en inverosímil hacinamiento. La ciencia sanitaria en lamentable olvido, es causa, no solamente de la excesiva mortalidad que se observa en la mayoría de las ciudades de España, sino que es causa también de una espantosa morbilidad, hasta tal punto evidente que el tipo español es un tipo enfermizo caracterizado por el color pálido de sus tegumentos, su poca estatura y sus menguadas fuerzas físicas”.

La degeneración está, pues, en la masa de nuestra sangre; sangre de cura, de fraile, de mendigo, de torero, de rufián, de burgués, de explotado; que es a lo que el privilegio ha reducido la de los héroes, los sabios y los artistas españoles; considerando además, de acuerdo con españoles inteligentes de los pocos que aun restan, según queda patentizado, que todos los propósitos regeneradores que se lanzan a la publicidad, por buenos que parezcan, serán letra muerta si no se abandona de una vez el laberinto de preocupaciones en que nos enredamos, y si no conseguimos que del fondo de ignorante pesimismo en que yace la desmayada voluntad, se yerga enérgica y entusiasta la dignidad humana que aspire a la realización del ideal.

Digámoslo francamente: el régimen nacionalista es incompatible con la libertad, y en él la aplicación de cuantas iniciativas surjan de la ciencia serán impedidas por el maüser de Silvela o por el tiro limpio de Aforet, que son los polos sobre que gira la sociología de la restauración monárquica española.

Hay que desengañarse: una nación ha de estar siempre bajo el poder de un Poncio, ora pretenda ser representante de un supuesto ser supremo que tiene por trono panteista el universo sin fin donde le colocó la cándida imaginación de los místicos, o bien se atribuya la representación de ese pueblo soberano que es una infinidad de moléculas sin solidaridad ni cohesión, y por tanto sin personalidad positiva, por donde se va a parar a que no hay tal representación, y lo que se denomina tal no es más que una farsa manifiesta, llegando a caerse en la cuenta de que derecho divino y derecho democrático son dos fases de una misma falsedad, la llamada mentira política, y en este concepto, realista, absolutista o republicano federal, tanto monta; para mí como si fueran correligionarios; podrá separarlos la aspiración a la mayor o menor cantidad de autoridad, pero ambos me niegan mi libertad absoluta, ambos desconfían de mi suficiencia moral, ambos son continuadores y como sucesores directos de aquel primer legislador de maldita memoria que mandó que un trozo de tierra que limita por Norte, Sur, Este y Oeste, con tales otros trozos, es propiedad exclusiva de Fulano de Tal, y de aquel pedazo de mundo que es suyo, puede arrojarme a la fuerza y sólo me permitirá pisarle para trabajarle mediante un jornal, hoy que dicen que soy ciudadano de una nación libre, y mediante la pitanza a mis antepasados, cuando eran siervos o esclavos; ¡maldita pitanza, maldito jornal, maldita propiedad y no menos abominable la ley y el régimen nacionalista que sostiene la causa de tantas maldiciones! Sí; correligionarios son todos los políticos, correligionarios aún esos tránsfugas de la causa de la emancipación obrera, esos socialistas que quieren un Estado obrero que llevará consigo todas las abominaciones que son esenciales al Estado, y que van hoy a los comicios, esperando llegar a los ministerios, desde donde impondrán el credo oportunista a los hambrientos, y así mientras habra ex obreros hartos y lustrosos que hagan apuntar el maüser-garantía contra sus hermanos, irá rodando la bola como la rueda de la jaula de la ardilla, que voltea en pura pérdida sin moverse del punto donde está sujeto su eje.

Resulta, pues, que si la abstracción paternal con que quiere encubrirse la idea patria no distribuye equitativamente sus beneficios; si ante la posesión del patrimonio nacional no somos todos hijos ni hermanos; si el título de ciudadano y el calificativo de patriota han de comprender sin diferencia de ninguna clase a los que se hallan tan gravemente diferenciados, como que los unos son herederos favorecidos del mundo y viven en las alturas de la vida, a expensas de las privaciones y de los sufrimientos de los otros pobres desheredados que se arrastran por los abismos de la miseria, y si la revolución social que venimos efectuando deja rezagados a todos los políticos del mundo, empeñados en el absurdo de echar vino nuevo en odres viejos, no queda más recurso qne derribar las cuatro paredes que sirven de frontera a las naciones, abandonar el albergue de una noche, despabilarse revolucionariamente, y caminar.