Dos gritos principio de siglo

(La Huelga General, 20/04/1903)

A principios del siglo pasado hubo hombres que gritaron ¡vivan las cadenas! y el mundo se escandalizó tomándolo como exageración de cínico fanatismo.

En la actualidad, principio también de siglo, hay trabajadores que gritan ¡viva la república! y hay quien cree que el tal grito es signo de cultura.

He aquí dos preocupaciones que conviene desvanecer.

El escaso número de españoles en quienes halló eco el movimiento enciclopedista y revolucionario de Francia de fines del siglo XVIII, se mostró activo y entusiasta; a través de la pesadumbre abrumadora de los errores religiosos, patrióticos y realistas dominantes, entrevió el ideal del progreso y sintió los felicísimos transportes del amor a la humanidad, del más sublime altruismo, a nada comparables, y por nada, ni aún por los más vehementísimos del amor carnal satisfecho superados.

Entre los españoles estacionarios y regresivos de una parte, y los progresistas de otra, se levantó la natural pasión, y en la imposibilidad de convencerse unos a otros se entabló una lucha, primero de calificativos injuriosos, precursora de la guerra civil que más tarde tanta sangre y ruinas costó a la nación.

Contestando a las infamantes denominaciones sugeridas a la multitud ignorante por los llamados apostólicos contra los liberales, éstos replicaron llamándoles serviles, esclavos, y los calificados de tal manera, fuertes en su fanatismo, que para ellos significaba su convicción honrada, porque su carencia absoluta de ilustración no daba para más, respondieron: ¡A mucha honra! ¡serviles, esclavos... pero de Dios, de la Patria y del Rey! ¡Vivan las cadenas! (las caenas en su inculto lenguaje).

Ni más ni menos han hecho antes y después los que aceptaron como denominación honrosa los denigrantes calificativos de gueux, pillo o mendigo; sans-culotte, descamisado; canaille, canalla; trimardeur, algo semejante a ganapán; proletario, cuyo verdadero y primitivo significado no va más allá de proveedor de prole para el servicio de los señores, lo que, tratándole de hombres, es ponerlos al nivel de los burros que merecen el título de garañones.

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A mediados del siglo anterior reflorecieron las grandes concepciones de los pensadores de la Convención en la inteligencia de Proudhon, en Francia, y se condensaron las doctrinas de la escuela alemana, en forma asequible a la capacidad popular, en la inteligencia de Pi y Margall, en España.

Ambos pensadores se declararon anarquistas, pero el segundo escribió estas palabras que debieran plantarse en la espalda de todo candidato republicano, y, como cartel de vilipendio, a la puerta de todo centro o club democrático: “La República es aún opresión y tiranía”.

Vino después la Internacional, agrupando a los trabajadores de todas las razas, de todas las religiones, de todos los idiomas, de todas las naciones, encaminándolos a su emancipación, porque bajo todas esas distintas agrupaciones eran esclavos; a su impulso y por la fuerza de las circunstancias se proclamó la Commune, y, no hay que olvidarlo, una república sacrificó ante el altar del privilegio y rindiendo pleito homenaje a la burguesía dominante, treinta mil trabajadores, en París, en Satory, en Nueva Caledonia.

El juicio de Pi y Margall fue, más que confirmado, excedido, sobrepujado de una manera sangrienta. A la opresión y a la tiranía, entrevistas por el filósofo, la burguesía añadió y escribió la historia la matanza.

Eso hemos recordado constantemente los anarquistas a nuestros compañeros de trabajo en la fábrica, en el campo, en el taller, en el mitin, en el periódico, desde la cárcel, desde el presidio; eso significa el grito ¡Viva la Anarquía! ¡Germinal! lanzado delante de los verdugos.

Y tú, obrero republicano, lo sabes: no tienes disculpa como tu abuelo.

¡Vivan las caenas! significaba viva mi conciencia, viva mi creencia, viva mi libertad.

¡Viva la república! significa... lo que tú quieras; engáñate a tu gusto; complace al candidato que cuando sea diputado votará leyes de defensa del orden social exclusivamente dirigidas contra ti; sométete al yugo; ponte debajo de la albarda democrática; retrasa con tu desvío un poco más lo que tanto urge que avance; distrae tu hambre fabricando ovaciones; lee, si sabes, las entusiastas reseñas de tantas ovaciones a tu mujer, que no tiene un céntimo para ir a la plaza, y a tus hijos, que te piden pan y a quienes sólo puedes darles democracia; pero sufre estas verdades:

Allá en tiempos antiguos hubo proletarios que pedían: Panem et circenses; los españoles del siglo anterior querían: Pan y toros; hoy tenemos carpinteros en huelga hace muchas semanas que han agotado todos los recursos, que han vendido o empeñado hasta los clavos, que viven de la ración societaria de judías o patatas y que suspenden un mitin propio por ir a la plaza de toros para escuchar a Lerroux; es decir, se dan más barato que sus antepasados: ni pan ni toros. ¡Hambrientos, dan ovaciones a cambio de charlatanismo!