La masa

(La Huelga General, 20/05/1903)

Vuelve a la realidad, trabajador; despréndete de la masa; avergüénzate de haber obrado por el arrebato inconsciente de la multitud; de haberte desprendido por un momento de tu juicio propio para seguir el impulso avasallador de una masa movida por un entusiasmo pasajero.

Ni para las cosas que juzgues buenas es buena la colaboración de la masa.

Por mi parte, te lo digo con franqueza, tanto me repugna ver la masa aclamando a un vencedor, como ovacionando a un candidato que por medio de la retórica produce el fermento ovacionista de la masa.

Tú que comprendes más de lo que sabes explicar, que sientes más, mucho más de lo que manifiestas; que en tu relativa incultura tienes una noción del universo, de la humanidad, de la agrupación social, y cuando piensas y hablas de estas cosas llegas a veces a forjarte el pensamiento de que todos los males que ves y que deploras se arreglarían si tuvieses poder para ello, no puedes sumarte a esa masa que, abdicando en mucha parte de los pensamientos y de los sentimientos propios, de la gran soberanía individual, se liquida, se confunde, se amasa hasta prorrumpir en un ¡Viva Fulanoooo!

Considera que en aquel momento tú y todos los tús, en número de cientos y miles, que lanzan aquella aclamación, dejan cada uno por sí de ser su yo; es decir, se amasan, se convierten en masa, y toda aquella masa junta vale menos que el Fulano a cuya voluntad se someten, cuyo Fulano, por bueno y por sabio que sea, tiene sus maldades y sus ignorancias, y que en un cerebro y en un corazón donde se albergue bueno y malo, sabiduría e ignorancia, no siempre la pasión y la voluntad se inspiran en lo puro y verdadero.

Cuando ovacionas, cuando vitoreas, pierdes tu cualidad de hombre libre, retrocedes muchos siglos y te hallas inferior, muy inferior, a aquellos aristócratas castellanos de la Edad Media que, para imponer a su rey mediante juramento el acatamiento a sus privilegios, osaban decirle: “Nos, que cada uno valemos tanto como vos, y todos juntos más que vos...”

Trabajador barcelonés, átomo de esa masa neutra que acaba de concurrir a los comicios para nombrar sus representantes en el Concilio burgués llamado Congreso de los diputados, ahora que recobras tu personalidad de pobre, de trabajador, de explotado, de expoliado, de tiranizado; ahora que has de continuar la lucha con tu patrón, con tu mayordomo, con tu casero, con tu proveedor, con tu prestamista, con el de la cédula, con el polizonte que vigila si coaccionas, con el civil que te apunta el maüser, con tu mujer que te pide para ir a la plaza, con tu hijo que te enséña los deditos de los pies por las roturas de su viejo calzado y que además te pide pan, piensa que en aquel Concilio limitan tu vida, racionan tu libertad, te quintan o quintan a tu hijo, te imponen la cuota con que has de contribuir al esplendor nacional y te dejan apto no más para servir de masa, nunca para que seas tu soberano, tu universo, tu dios, según la sublime expresión de Pi y Margall.

Ten en cuenta, además, lo que ha dicho Salmerón, tu elegido recientemente: “No hay, no puede haber justicia en los limites que el Estado imponga a los derechos fundamentales del hombre”.

Recuerda también que “todo hombre que extiende la mano sobre otro hombre, es un tirano; es más, es un sacrílego”, como añadió Pi y Margall, quizá en previsión de que un día saldrían paladines obreros en defensa de aquellos que reciben la soberanía de que ellos se habían previamente despojado en el colegio electoral.

Y si con todo eso te dejas amasar aún; si todavía prestas oídos a las argucias del “puente republicano” de “comenzar la edificación de la casa por el terrado”, del “yo voy todavía más lejos” y de la “necesidad de renunciar a las utopias”, triste es, pero habrá que esperar a que mueras y venga otra generación de hombres que se sostengan siendo hombres y no se amasen jamás.

Entretanto, los fuertes, los luchadores, los precursores del ideal, van adelante, dejando atrás a los amasados, que, a la postre, encerrados en el callejón sin salida del desengaño, acaban por morir, como se dice en catalán, de cara a la paret.

(De la Tribuna libre de El Liberal.)