La Imprenta

(La Idea Libre, 28/05/1894)

Vivía el mundo en profundas tinieblas morales y materiales.

Lo pasado explicábase por la tradición, lo porvenir se cerraba para cada individuo en el fin que la religión señalaba al bueno o al malo en la eternidad de recompensas o castigos.

La teología era el único objetivo ofrecido a la inteligencia, y esta, sublime resultado del organismo humano, atrofiada por el dogma, sólo se manifestaba por la fe.

Entonces no se sabía, no se creía más, porque la fe sólo puede tener existencia por el verbo creer, indigna palabra que sintetiza el vilipendio sufrido por la especie humana en la larga serie de siglos que cuenta de existencia, y lo que es más doloroso aún, significaba además el arraigo de ignorancia, preocupaciones e intereses creados que se opone a la práctica de la justicia social, que aun sufrirá eclipses dolorosos antes de su definitivo triunfo.

Sólo conocían los hombres la solidaridad para el dolor, porque la Iglesia, maestra universal entonces, aunque maestra de la mentira había dicho: “Este mundo es un valle de lágrimas”.

La única norma moral para juzgar a los individuos era la ostentación pública de sus creencias y la práctica asidua de las ceremonias religiosas; un asesino podía ser un héroe si clavaba su puñal en el pecho de un enemigo de la fe dominante, por más que fuera creyente de otra comunión; un ladrón podía despojar impunemente al prójimo del fruto de su trabajo si pertenecía a la raza abominada de los judíos. Lo intolerable, lo que constituía una mancha indeleble era el calificativo de hereje.

Las supersticiones más absurdas determinaban cada uno de los actos y la conducta general de los individuos: los duendes, fantasmas y aparecidos poblaban el mundo, según la imaginación calenturienta de las desgraciadas generaciones que vivieron en la época histórica a que nos referimos.

La muerte era un ser real que, con su típica guadaña, secaba existencias lanzando estridentes carcajadas. El diablo reclutaba almas para el infierno, excitando los deseos, avivando las concupiscencias y haciendo de la época más creyente de la humanidad a la par la más inmoral y abyecta.

Era aquello un sendero interrumpido por un obstáculo insuperable: la humanidad se hallaba atascada en un callejón sin salida.

La misma fuerza impulsora del Renacimiento habría resultado estéril. El brillo de nuevas concepciones artísticas y la potencia de nuevas teorías científicas hubiera sido dominado miserablemente por el apagaluces clerical.

¡No había remedio!

El desconsuelo y la desesperación del corto número de pensadores entonces existente sería incomprensible para los más ardientes reformadores de nuestro siglo, que al fin no pueden perder ya la esperanza en el progreso.

Todo era ignorancia, superstición, inmoralidad.

Tan mísero estado inspiró a un hombre, que concibió una idea, tan sencilla, que parece imposible no la hubiera tenido ya muchos siglos antes cualquiera entre los más duros de mollera, y tan transcendental que ninguna otra puede serlo más, por mucho que la humanidad viva y piense.

El hombre se llamaba Gutenberg.

La Idea, la Imprenta.

Los primeros crujidos de los toscos maderos que formaban la embrionaria prensa debieron parecer a los tipógrafos que la hacían funcionar como blasfemias lanzadas por Satanás, porque su primer trabajo fue un ataque al dogma formulado por la Iglesia; fue el primer material ofrecido al pueblo para que levantara el sublime edificio del libre examen; fue la Biblia, libre de las acomodaticias interpretaciones de los concilios.

Desde entonces cuantas ideas han germinado en el cerebro humano han alcanzado publicidad y conservación. Todos los ramos del saber se han metodizado y extendido, y aquel invento ha venido a ser el generador de todos los inventos: porque todo cuanto después han sabido y sabrán los hombres, sólo por la Imprenta se sabe y puede saberse.

La Imprenta es el punto de apoyo que buscaba Arquímides, una de las poderosas palancas que han de remover el mundo. Seamos dignos descendientes del tipógrafo de Maguncia; y así como él buscó el medio de dar a luz su inmortal invento, trabajemos todos con ardor y fe incansables para alcanzar la dignidad, la emancipación y la vida del derecho que indudablemente él soñaría para la humanidad entera como consecuencia de su poderosísimo descubrimiento.