El talento

(La Idea Libre, 03/06/1894)

Que no siempre ha sido patrimonio de las clases privilegiadas lo prueban los siguientes datos:

El pontífice Adriano IV fue hijo de un mendigo.

Pío V guardó cerdos en su infancia.

El emperador de Marruecos Adel Moumen fue hijo de un alfarero.

Julio Alberoni, cardenal y primer ministro de Felipe V, de un jardinero.

Andrés del Sarto, famoso pintor florentino, y el cardenal Lavaluce, favorito de Luis XV, de un sastre.

El príncipe de Neufchatel y de Wagram Alejando Berthier, de un portero.

El famoso sectario Juan Calvino, de un tonelero.

Juan Cavalier, jefe de los calvinistas, de un mozo de tahona.

Cristóbal Colón, de un cardador de lana.

Pizarro, el conquistador del Perú, era expósito.

Davy, el famoso químico inglés, hijo de un carpintero.

Demóstoles, el famoso orador de Atenas, de un herrero.

Pedro, el fabulista, de un pobre esclavo.

Fray Luis de Granada, de una familia oscura y miserable.

El papa Gregorio VII, de un carpintero toscano.

El general inglés Harrison, de un carnicero.

El poeta latino Horacio, de un liberto.

El famoso general ateniense Ifrícates, de un zapatero.

El botánico escocés Linneo, de una familia desgraciada.

El famoso actor español Máiquez fue tejedor antes de dedicarse al teatro.

Masaniello, el revolucionario de Nápoles, era pescador.

Sakespeare fue mozo de caballos.

Mentchikoff, ministro de Pedro el Grande de Rusia, fue mozo de una pastelería de Moscou.

El autor dramático Moliére fue hijo de un tapicero.

El mariscal Murat, de un posadero.

El célebre pintor sevillano Pareja, de padres esclavos

Espartaco, el inmortal caudillo de los esclavos, era descendiente de una familia desconocida de la Tracia.

Lincoln dejó el hacha de leñador para presidir los destinos de la república americana.

El filósofo griego Pitágoras fue atleta y danzaba por calles y plazas.

Proudhon, hijo de humilde familia, fue cajista y corrector de pruebas de imprenta.

Sería interminable esta lista.

Los tontos no alcanzan celebridad, y es, por tanto, imposible formar una contraria a la que dejamos transcrita; y a fe que sería útil demostrar con datos ciertos y positivos el flujo y reflujo de la sabiduría y de la ignorancia, tan mal explicada por los sabios.

Y si de las más ínfimas clases sociales han salido papas, reyes, emperadores, diplomáticos, generales, artistas, hombres de ciencia, poetas, oradores, revolucionarios y filósofos que asombran al mundo con su maravilloso talento, paréceme que la teoría de Haeckel queda malparada, y pueden llamarse a engaño los burgueses a quienes trataba de contentar con ella.

Hallado un principio viene en seguida su legítima consecuencia: si los inferiores engendraron los superiores, ¿perpetúan éstos la raza?

Sin consultar otra cosa que mis recuerdos, me atrevo a afirmar que no.

No se forman familias ni razas de sabios; antes bien, entre sus descendientes, y mejor aún, entre los descendientes de los superiores, que no son más que los detentadores de la riqueza, se cuentan los estúpidos, los viciosos y los necios; fijaos si no en esa caterva de jóvenes que pulula en los paseos, en el teatro los días de moda y a la puerta del templo a la salida de la última misa en los días festivos en las grandes ciudades, y veréis los gomosos, excrescencia social compuerta de tipos repugnantes que derrochan en el lupanar lo que su padre acumuló en su caja con el producto de la explotación y la usura; ved la historia y hallaréis al final de toda dinastía, más o menos gloriosa en sus comienzos, que acaba siempre por un tipo semejante a Carlos II el Hechizado.

Mientras los antiautoritarios agitan la candente cuestión social en la sociedad obrera, en la reunión política, en el centro librepensador y en la prensa periódica, los vástagos de las “clases superiores”, confiados en la herencia del capital que legar, aunque no honradamente, han aglomerado, se envanecen con la amistad de toreros y pelotaris, aprenden a cantar flamenco, hacen el amor a desgraciadas hijas del vicio y se afeminan de modo grosero y repugnante.

Mientras los unos renuncian a la fe que atrofia la razón e impone creencias absurdas y rechazan la obediencia pasiva y la explotación que convierte al hombre en autómata indigno, los otros afectan creer, y ni creen ni piensan; tienen su razón carcomida por el escepticismo, y solo gozan abrevándose en la crápula. Son verdaderos entes podridos que la higiene debiera separar de la sociedad para que no la corrompiesen.