Situación del obrero

(La Idea Libre, 08/07/1894)

Cuando los trabajadores, inspirados por el sentimiento de propia dignidad, afirman su personalidad y se organizan para hacer que la sociedad la reconozca, lo primero que sienten es la necesidad de inventariar su posición social; en seguida afirman su aspiración, y como consecuencia, resulta la cuestión de conducta y de medios.

Para que los empleados por los trabajadores resulten eficaces es de todo punto necesario que el inventario de su posición sea bien conocido; de otro modo se corre el riesgo de contar con fuerzas que faltan en momentos dados, o también puede suceder que dejen de reunirse fuerzas importantes, y contribuir todo esto a la esterilidad e inutilidad de larga serie de esfuerzos y sacrificios.

El conocimiento de las propias condiciones es el primer dato que los trabajadores toman para formar el inventario indicado; la agrupación de los datos individuales, formando series más o menos racionales, constituye segundo término, y la difusión de éste por la prensa obrera completa esta tan importante parte del movimiento del Proletariado moderno.

Este procedimiento es natural y sencillo, pero no el único, y como para poseer un conocimiento perfecto deben aprovecharse los datos que se ofrezcan hasta completar la materia, no podemos menos de aceptar los que nos suministra el hombre de genio e insigne pensador que puede considerarse como el precursor del despertar proletario de nuestros días, siquiera el curso del tiempo y la experiencia hayan modificado algunas de sus teorías.

Nos referimos a Proudhon, de cuya obra Creation de l'ordre dans l'humanité tomamos los siguientes párrafos:

Hay funcionarios que votan, otros que firman, otros que hablan, escuchan, pasean y vigilan. Ocupación hay apenas suficiente para uno solo que ocupa diez hombres; hay funcionario que recibe los emolumentos de diez funciones. Tenemos trabajadores expectantes que, a su pesar, reposan; otros, sobrecargados de trabajo, que no quieren que se les ayude; trabajadores máquinas al lado de otros cuya especialidad absorbería diez talentos; trabajadores jefes que echan sobre sus subalternos las consecuencias del vaivén comercial, y los hacen responsables de sus propias locuras; tenderos de comestibles que legislan, usureros que juzgan a los granujas, y oficinistas, bibliotecarios, sacerdotes y artistas que apenas servirían para cavar.

Se trabaja; pero ¡cómo! Aquí honor y alegría, suave comodidad, gran retribución; allá ejercicio monótono, repugnante; acaparamiento de un lado, carencia de ocupación de otro; por doquiera trabajo mal hecho, productos incompletos, falsificados, sofisticados, incoherencia, desorden, irresponsabilidad, sobrexcitación, embrutecimiento.

Eso no es trabajo organizado; eso es la confusión de un incendio.

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En Saint-Etienne, en Mulhouse y en todos los grandes centros de industria, la corrupción y la barbarie del pueblo son espantosas; no es extraño si se considera que, entregado a una simple maniobra, no aprende a trabajar; si la organización de la sociedad en que vive se lo prohíbe; si los que le dirigen, tan ignorantes como él y cien veces más inmundos, tienen interés en mantener este estado de cosas; si esos indignos amos son sostenidos por el poder, que ellos apoyan a su vez... ¿Merecen el nombre de trabajadores esos desgraciados de figura humana que pasan su vida en el fondo de una mina o en la infección de una fábrica, repitiendo sin fin y automáticamente la misma parte de trabajo?

En esa masa de pueblo, entre las domésticas y las obreras se recluta y propaga inevitablemente la prostitución. Sin contar lo ínfimo de los salarios, que obliga a las muchachas a trocar por un pedazo de pan y miserables vestidos el alquiler de sus encantos, ¿dónde encontrarán la instrucción que da, con la extensión de las ideas, la nobleza de los sentimientos, la dignidad, la delicadeza y el pudor? ¡Si en interés del mismo placer, los amantes de esas criaturas les enseñasen a pensar y trabajar!... Imposible; el goce que precede a la razón ahoga el germen del pensamiento; no es una mujer lo que estrecháis en vuestros brazos, ni siquiera es una hembra; una loba llamaban a eso los romanos.

En Lyon y en Saint-Etienne los sultanes acaparadores del trabajo y sus visires han perfeccionado la esclavitud de las mujeres; no las pagan, no las mantienen, no les dan nada; sólo se dignan proporcionarles trabajo. ¡Así la mujer se prostituye para trabajar, después trabaja para vivir! Vivir trabajando o morir combatiendo, pase; pero trabajar prostituyéndose... ¡eso es demasiado!

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El obrero parcelario que no tiene la inteligencia de lo que hace, que desconoce su destino y sus antecedentes; que no sabe por qué se le asigna tal lugar con preferencia a otro en la fábrica; este hombre, décimos, ¿puede ser responsable de las torpezas en que por su ignorancia incurre? Lo que forma al trabajador es la especialidad y la composición de su trabajo, el conocimiento teórico y la práctica de los métodos: ¿cómo imputar al trabajador parcelario una inferioridad que no procede de él? Tal es, sin embargo, la gran iniquidad social. Lo que hace tan calamitoso el paro de las manufacturas en Inglaterra es que aquellos obreros, en número de muchos miles, se encuentran en la imposibilidad absoluta de hacer otra cosa que el minúsculo ejercicio para que se les ha adiestrado cual si fuesen perros sabios. Son como pelusa desprendida de hermoso bordado y caída en montón de basura: ¿para qué sirven? Y no obstante su completa inocencia, esos desgraciados llevan el peso de la responsabilidad pública; ellos ayunan por los lords millonarios; ellos sufren hambre, frío y desnudez; ellos son diezmados por el hospital, la cárcel y la fuerza pública; ellos son perseguidos como alimañas cuando la propiedad y la aristocracia se creen amenazadas. ¡Ah! no temáis que esas pobres gentes revolucionen Inglaterra; saben aun poco para estrujar sus sanguijuelas. Cuando se apoderan de alguna ciudad, se emborrachan ocho días, y luego caen de rodillas a los pies de sus jueces”.

Estos datos, de carácter particular unos y general otros, presentados con tan perfecto colorido, no son para olvidados, y rogamos a aquellos de nuestros compañeros que se dedican al estudio de las cuestiones sociales, para que, en oposición a la brutal negación del derecho que suponen, puedan fundar el límite de sus aspiraciones reivindicadoras.

La importancia y utilidad de este trabajo no se limita exclusivamente a los pensadores del Proletariado militante, alcanza también, y en proporción aún mayor, a las colectividades obreras.

No olvidemos lo que somos y lo que debemos ser, y esto nos llevará a odiar la condición a que se nos tiene reducidos, y nos dará ánimos para emanciparnos.